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Martin Heidegger: «Como cuando en día de fiesta...»

Traducción de José María Valverde, en HEIDEGGER, M., Interpretaciones sobre la poesía de Hölderlin, Barcelona, Ariel, 1983, pp. 69-96.

Hölderlin

WIE WENN AM FEIERTAGE...

Wie wenn am Feiertage, das Feld zu sehn
Ein Landmann geht, des Morgens, wenn
Aus heisser Nacht die kühlenden Blize fielen
Die ganze Zeit und fern noch tönet der Donner,
In sein Gestade wieder tritt der Strom,
Und frisch der Boden grünt
Und von des Himmels erfreuendem Reegen
Der Weinstok trauft und glänzend
In stiller Sonne stehn die Bäume des Haines

So stehn sic unter günstiger Witterung
Sie die kein Meister allein, die wunderbar
Allgegenwärtig erziehet in leichtem Umfangen
Die mächtige, die göttlichschöne Natur.
Drum wenn zu schlafen sie scheint zu Zeiten des Jahrs
Am Himmel oder unter den Pflanzen oder den Völkern,
So trauert der Dichter Angesicht auch,
Sie scheinen allein zu seyn, doch ahnen sie immer.
Denn ahnend ruhet sie selbst auch.

Jezt aber tagts! Ich harrt und sah es kommen,
Und was ich sah, das Heilige se¡ mein Wort.

Denn sie, sie selbst, die älter denn die Zeiten

Und über die Götter des Abends und Orients ist,
Die Natur ist jezt mit Waffenklang erwacht,
Und hoch vom Äther bis zum Abgrund nieder
Nach vestem Geseze, wie einst, aus heiligem Chaos gezeugt,
Fühtl neu die Begeisterung sich,
Die Allerschaffende wieder.

Und wie im Aug' ein Feuer dem Manne glänzt,
Wenn hohes er entwarf: so ist
Von neuem an den Zeichen, den Thaten der Welt jezt
Ein Feuer angezündet in Seelen der Dichter.
Und was zuvor geschah, doch kaum gefiihlt,
Ist offenbar erst jezt,
Und die uns lächelnd den Aker gebauet,
In Knechtsgestalt, sie sind bekannt, die
Die Allebendigen, die Kräfte der Götter.

Erfrägst du sie? im Liede wehet ihr Geist,
Wenn es von der Sonne des Tags und warmer Erd
Entwacht, und Wettern, die in der Luft, und andern
Die vorbereiteter in Tiefen der Zeit
Und deutungsvoller, und vernehmlicher uns
Hinwandeln zwischen Himmel und Erd und unter den Völkern.
Des gemeinsament Geistes Gedanken sind,
Still endend in der Seele des Dichters.

Dass schnellbetroffen sie, Unendlichem
Bekannt seit langer Zeit, von Erinnerung
Erbebt, und ihr, von heilgem Stral entzündet,
Die Frucht in Liebe geboren, der Götter und Menschen Werk
Der Gesang, damit er beiden zeuge, glükt.
So fiel, wie Dichter sagen, da sie sichtbar
Den Gott zu sehen begehrte, sein Bliz auf Semeles Haus
Und Asche tödtlich getroffne gebahr,
Die Frucht des Gewitters, den heiligen Bacchus.

Und daher trinken himmlisches Feuer jezt

Die Erdensöhne ohne Gefahr.

Doch uns gebührt es, unter Gottes Gewittern,
Ihr Dichter! mit entblösstem Haupte zu stehen,
Des Vaters Stral, ihn selbst, mit eigner Hand
Zu fassen und dem Volk ins Lied Gehüllt die himmlische Gaabe zu reichen,
Denn sind nur reinen Herzens
Wie Kinder, wir, sind schuldlos unsere Hände.

Des Vaters Stral, der reine versengt es nicht
Und tieferschüttert, eines Gottes Leiden
Mitleidend, bleibt das ewige Herz doch fest.

COMO CUANDO EN DÍA DE FIESTA...

Como cuando en día de fiesta, a ver el campo
va un labrador, por la mañana, después
que en la noche tibia los rayos helados cayeron
sin cesar, y a lo lejos aún suena el trueno,
entra el río de nuevo en sus márgenes,
y fresco el suelo verdea,
y de la lluvia alegre del cielo
gotea la viña, y brillando
en el tranquilo sol se alzan los árboles del bosque

así estáis bajo un propicio tempero
vosotros, los que no educa ningún maestro, sino,
maravillosamente omnipresente, en leve abrazo,
la potente Naturaleza de hermosura divina.
Por eso cuando ella parece dormir, en ciertos tiempos del año,
allá en el cielo o entre las plantas o los pueblos,
también se entristece el rostro de los poetas;
parecen estar solos, pero la presienten siempre.
Pues presintiéndose reposa ella misma.

Pero ahora amanece! Yo esperé y lo vi venir,
y sea mi palabra lo que vi, lo sagrado.
Pues ella, ella misma, que, más antigua que los tiempos,
está por encima de los dioses del occidente y del oriente,
ella, la Naturaleza, ha despertado ahora con ruido de armas,
y desde lo sumo del éter hasta lo hondo del abismo,
según firmes leyes, como otrora, engendrada en el sagrado Caos,
se siente de nuevo la animación,
de nuevo, la creadora de todo.

Y como en los ojos le brilla un fuego al hombre
cuando proyecta lo elevado, así
de nuevo, ante los signos y los hechos del mundo,
ahora se ha encendido un fuego en las almas de los poetas.
Y lo que ocurrió antes, pero apenas fue sentido,
ahora por primera vez se hace manifiesto,
y los que nos labraban sonriendo el campo,
en apariencia de siervos, son reconocidos,
los vivificadores, las fuerzas de los dioses.

¿Les preguntas? En la canción sopla su espíritu,
si con el sol del día y la cálida tierra
despierta, y las tormentas que van por el aire y otras
que, más preparadas en las honduras del tiempo,
y más henchidas de numen, y más significativas para nosotros,
marchan entre cielo y tierra y por entre los pueblos.
Del Espíritu común pensamientos son,
que terminan en silencio en el alma del poeta.

Para que súbitamente tocada ésta, conocedora
de lo infinito ha largo tiempo, sacudida
por el recuerdo e inflamada por sagrado rayo,
se logre el fruto nacido en el amor, la obra de los dioses y los hombres,
el cántico, que de ambos dé testimonio.
Así cayó según cuentan los poetas, su rayo en la casa
de Semele cuando ella anheló ver realmente al dios,
y, ceniza mortalmente tocada, parió
al fruto de la tormenta, al sagrado Baco.

Y por eso ahora beben fuego celestial
sin peligro los hijos de la tierra.
Pero a nosotros nos toca, bajo las tempestades de Dios,
¡oh poetas!, permanecer con la cabeza descubierta,
captar el rayo del Padre, a él mismo, con nuestra propia mano,
y entregar al pueblo, velados
en la canción, los celestes dones.
Porque sólo nosotros somos de corazón limpio
como los niños, y nuestras manos, son inocentes.

El puro rayo del Padre no lo consume
y sacudido en lo más hondo, compartiendo las penas
de un dios, sin embargo, el corazón eterno permanece firme

Este poema surgió el año 1800. Sólo ciento diez años después lo conocieron los alemanes. Norbert von Hellingrath fue el primero en dar una forma al poema partiendo de los esbozos manuscritos, y lo publicó en 1910. Desde entonces ha vuelto a pasar una edad de hombre. En estas décadas ha empezado la abierta subversión de la historia universal moderna. Su transcurso obliga a tomar decisiones sobre el futuro acuñamiento de la soberanía del hombre, que ha llegado a ser incondicionada, sometiendo en su totalidad el globo terráqueo. Pero el poema de Hölderlin aguarda todavía la interpretación.

El texto aquí presentado descansa, una vez examinado de nuevo según los esbozos en los primeros manuscritos, en el siguiente intento de interpretación.

Al poema le falta el título. El conjunto se divide en siete estrofas. Cada estancia, con excepción de la quinta y la séptima, consiste en nueve versos. En la quinta estrofa falta el verso noveno. La séptima estrofa, según la edición de Von Hellingrath, comprende doce versos. La edición Zinkernagel añade fragmentos de un esbozo anterior como octava estrofa.

La primera estrofa nos sitúa ante la presencia de un campesino que sale a las tierras en la mañana del día de fiesta. Entonces descansa el trabajo. Y el dios está más cerca de los hombres. El campesino verá cómo están los frutos después de la tormenta que, surgiendo de una cálida noche, ha amenazado la cosecha. Todavía el trueno que se aleja recuerda el susto. Pero el campo no está amenazado por ninguna inundación. La viña se alegra en la bendición de la bebida celeste. El bosque está bajo la tranquila luz del sol. El labrador sabe la constante amenaza a su hacienda por parte del tiempo, y sin embargo encuentra en todas partes la paz de lo gozoso. Confiadamente aguarda el futuro don del campo y de la viña. Los frutos y el hombre están resguardados en la merced que penetra tierra y cielo con su poder y conserva lo duradero.

Eso es lo que nombra la primera estrofa, casi como quisiera describir una imagen. Su último verso, ciertamente, termina con dos puntos. La primera estrofa se abre a la segunda. Al «como cuando...» del principio de la primera estrofa corresponde el «así...» con que arranca la segunda. El «como cuando...» «así...» alude a una comparación que, como un abrazo, mantiene en unidad la estrofa inicial con la segunda e incluso con todas las siguientes.

Como un campesino en su marcha, alegre por la preservación de su mundo, demorado en la linde del campo, «así están bajo un propicio tempero» ... los poetas. ¿Y qué favor les concede presentir lo favorable? El favor de ser aquellos que

...no educa ningún maestro, sino,
maravillosamente omnipresente, en leve abrazo,
la potente Naturaleza de hermosura divina.

El movimiento interior de estos tres versos se esfuerza hacia la palabra «la Naturaleza» y toma impulso desde ella. Lo que llama aquí Hölderlin todavía «Naturaleza» determina el poema entero hasta su última palabra. La Naturaleza «educa» a los poetas. La maestría y la enseñanza pueden sólo «aportar» algo. Por sí solas no son capaces de nada. Otra cosa debe educar de otro modo que el celo humano para un hacer humano. La Naturaleza «educa» «maravillosamente omnipresente». Está presente en todo lo real. La Naturaleza consiste en obra humana y destino de pueblos, en las constelaciones y los dioses, pero también en las piedras, plantas y animales, pero también en los ríos y en las nubes y tormentas. «Maravillosa» es la omnipresencia de la Naturaleza. Nuca se deja tocar en ninguna parte dentro de lo real como algo real individualizado. Lo omnipresente nunca es el resultado de la yuxtaposición de lo real aislado. Esto escapa a toda explicación por lo real. Lo omnipresente no se deja tampoco indicar a través de algo real. Ya presente impide inadvertidamente todo acceso diferenciado a ello. Cuando la iniciativa humana emprende eso o el obrar divino se ordena a ello, no hacen sino destruir lo sencillo de lo prodigioso. Esto escapa a todo manejo y sin embargo penetra todo con su presencia. Por eso la Naturaleza educa «en leve abrazo». Lo omnipresente no conoce la unilateralidad y la pesadez de lo meramente real, que al hombre unas veces le encadena, otras veces le empuja adelante, otras veces sólo le deja quieto, pero en todo caso le abandona en lo forzado de todo lo azaroso. El «leve abrazo» de la Naturaleza, sin embargo, no alude a una incapacidad de lo débil. La «omnipresente» significa, en efecto, «la poderosa». Pero ¿de dónde saca el poder, si ella es, ante todo, lo presente en todo? La Naturaleza no ha recibido todavía de ninguna parte un poder en herencia. Ella misma es lo que da poderes. La esencia del poder se determina a partir de la omnipresencia de la Naturaleza, que Hölderlin llama «la potente ... de hermosura divina». Poderosa es la Naturaleza, porque es divinamente hermosa. Así ¿se parece la Naturaleza a un dios o a una diosa? Si así fuera, entonces «la Naturaleza» -a pesar de que está presente en todo, incluso en los dioses- llegaría a medirse otra vez y todavía en lo «divino» y ya no sería la «Naturaleza». Ésta se llama la «hermosa» por ser la «maravillosamente omnipresente». La totalidad de su presencia no quiere decir el completo abarcar en muchedumbre todo lo real, sino el modo de regir penetrando precisamente también lo real, que parece excluir lo que según su índole es contrario. La omnipresencia mantiene enfrentadas las extremas contraposiciones del cielo más alto y del abismo más hondo. De ese modo permanece en tensión de oposiciones lo que se mantiene en relación mutua dentro de su contrariedad. Sólo así puede emerger lo contrario en la extrema agudeza de su otredad. Lo que aparece de tal modo hasta el extremo es lo que más aparece. Lo que así aparece es lo que encanta. Pero a la vez las contraposiciones se escapan a la mirada por la omnipresencia en la unidad de su copertenencia. Esa unidad no las deja extinguirse en el incoloro igualamiento, sino que las retoma para esa calma que irradia como tranquilo fulgor del fuego de la lucha, para que lo Uno sitúe a lo otro ahí fuera en la presencia. Esa unidad de la omnipresencia es lo que encanta. La Naturaleza omnipresente encanta y escapa a la mirada. Pero el «sobre-todo» del encantamiento y el escapar a la mirada es la esencia de lo bello. La belleza hace presente lo contrario en lo contrario, su relación enfrentada, en su unidad, y deja así también estar presente todo en todo a partir de la solidez de lo bien distinto. La belleza es la omnipresencia. Y «divinamente hermosa» se llama la Naturaleza porque un dios o una diosa siguen despertando sobre todo en su aparecer la apariencia del encantamiento y el escapar a la mirada. Pero en verdad no dominan sin embargo lo puramente bello; pues su aparecer por separado sigue siendo una aparición, porque el mero encantamiento («epifanía») parece escape a la mirada y el mero escape a la mirada (en la sumersión mística) se da como encantamiento. Pero el dios es capaz de la suprema apariencia de lo bello y por eso se acerca al máximo al puro aparecer de la omnipresencia.

La Naturaleza, poderosa por divinamente hermosa, por maravillosamente omnipresente, circunda a los poetas. Están insertos en ese abrazo en torno. Esa inserción sitúa a los poetas en el rasgo básico de su esencia. Tal situación es la educación. Ésta acuña del destino de los poetas:

Por eso cuando ella parece dormir,
en ciertos tiempos del año, allá en el cielo o entre las plantas o los pueblos,
también se entristece el rostro de los poetas;
parecen estar solos, pero la presienten siempre.

Dormir es un modo de estar aparte, de ausencia. Pero ¿cómo podría «la Naturaleza» tomar el aspecto de lo ausente, si no se hiciera presente en los celestiales, en la tierra y su vegetación, en los pueblos y su historia? «En ciertos tiempos del año» parece dormir la omnipresente. «El año» quiere decir aquí a la vez el año de «los tiempos del año» y «los años de los pueblos, las edades del mundo. La Naturaleza parece dormir pero no duerme. Está despierta, pero despierta en el modo de la tristeza. Ésta se retrotrae de todo hacia la conmemoración de lo uno. Pero la rememoración de la tristeza queda cercana de lo que se le ha quitado y parece estar lejos. La tristeza no se hunde en el arrebato hacia lo meramente perdido. Deja volver una vez y otra a lo ausente. Por eso sólo parece que los poetas tristes estuvieran limitados en su individualización y encerrados en ella. No están «solos». En verdad «presienten siempre». El presentimiento piensa adelantándose hacia lo lejano, que no se aleja, sino que está viniendo. Pero como lo mismo que viene todavía descansa y se queda atrás en su inicialidad, el presentir lo que viene es sobre todo un pensar hacia delante y hacia atrás. Presintiendo así persisten los poetas en la pertenencia a la «Naturaleza»:

Pues presintiéndose reposa ella misma.

La Naturaleza descansa. Su descanso no significa de ningún modo el cese del movimiento. Descanso es el concentrarse en el comienzo presente en todo movimiento y en su venir. Por eso también la Naturaleza descansa también presintiendo. Está en sí, en cuanto piensa por adelantado en su venir. Su venir es en lo que llega a ser la omnipresencia y por tanto la esencia de la «omnipresente».

Sólo en cuanto hay quienes presienten, hay también quienes pertenecen y corresponden a la Naturaleza. Los que corresponden a la maravillosamente omnipresente, a lo poderoso, a lo divinamente hermoso, son «los poetas». ¿Qué poetas quiere decir Hölderlin? Aquellos que están bajo un propicio tempero. Sólo ellos persisten en corresponder a la Naturaleza que descansa presintiendo. A partir de esa correspondencia se decide como por primera vez el ser del poeta. «Los poetas» no son todos los poetas en general, ni tampoco cualquiera arbitrariamente. «Los poetas» son los que han de venir, cuyo ser se mide según su adecuación al ser de la «Naturaleza». Y lo que indica aquí esa palabra hace tanto tiempo conocida y luego desgastada en la equivocidad, «Naturaleza», sólo se debe determinar por este único poema.

Por lo demás, se encuentra «la Naturaleza» en las distinciones corrientes de «Naturaleza y arte», «Naturaleza y espíritu», «Naturaleza e historia», «Naturaleza y sobrenaturalidad». Así «Naturaleza» significa en cada caso un dominio separado de lo que es. Pero si se quisiera suponer «idéntica» la «Naturaleza» nombrada en este poema, con el «espíritu» en sentido de la «identidad» que por aquella misma época pensaba Schelling, el amigo de Hölderlin, entonces también se la malinterpretaría. Incluso lo que el mismo Hölderlin dice hasta este himno, incluso en el Hyperion y en los primeros esbozos de Empédocles, con la palabra «Naturaleza», se queda detrás de lo que ahora se nombra así como lo «maravillosamente omnipresente». A la vez, «Naturaleza» se hace ahora una palabra inadecuada en referencia a lo que viene, que ella debe nombrar. Que esta palabra «Naturaleza» sin embargo se haya dejado como palabra conductora de este poema, es a lo que hay que agradecer al resón de una fuerza legendaria, cuyo origen se remonta muy atrás.

Naturaleza, natura, se dice en griego fæsiw. Esta palabra es la palabra básica de los pensadores en el comienzo del pensamiento occidental. Pero ya la traducción de fæsiw por natura traslada algo posterior a lo inicial y pone algo enajenado en lugar de lo que sólo es propio del origen.

Fæsiw, fæein significa el crecer. Pero ¿cómo entienden los griegos el crecer? No como adición en masa, tampoco como «desarrollo», tampoco como el sucederse de un «devenir». Fæsiw es el brotar y surgir, el abrirse, que al abrirse, al mismo tiempo, retrocede en el brotar y por tanto se encierra en lo que da en cada ocasión a algo presente su presencia. Fæsiw, pensada como palabra básica, significa el brotar en lo abierto, el encender esa iluminación dentro de la cual es como algo puede ocurrir en absoluto, situarse en su perfil, mostrarse en su «aspecto» (eädow, äd¡a) por tanto estar presente en esto o en aquello. Fæsiw es el entrar dentro de sí abriéndose, y nombra la presencia de aquello que demora en un amanecer tan esenciador, como lo abierto. La iluminación de lo abierto, sin embargo, es perceptible del modo más puro en el pasaje de la transparencia de la claridad, en la «luz». Fæsiw es el surgir de la iluminación de la luz y por tanto el hogar y la morada de la luz. El brillar de la «luz» corresponde al fuego, es el fuego. Éste es sobre todo la claridad y el ardor. La claridad alumbra y es lo que da a todo aparecer lo abierto y a todo lo que aparece su perceptibilidad. El ardor luce e inflama en el encenderse de todo lo que surge a su aparecer. Así es el fuego lo abierto en cuanto «luz» iluminadora y ardiente, lo que por adelantado ya desde antes está existiendo en todo lo que surge y desaparece dentro de lo abierto. La fæsiw es lo presente en todo. Pero ¿debe entonces «la Naturaleza», si es fæsiw, no ser a la vez la «omnipresente», la omniinflamadora? Hölderlin llama por eso a «la Naturaleza» en su poema también la «omnicreadora» y la «omnivitalizadora».

La palabra de Hölderlin «la Naturaleza» poetiza [y concreta = dichtet] su esencia, en esta poesía, según la escondida verdad de la palabra básica fæsiw. Pero Hölderlin no conoció la fuerza soportadora, aun hoy apenas medida, de la palabra básica inicial fæsiw. Igualmente, Hölderlin, con lo que llama «Naturaleza», no quiere limitarse a volver hacer vivir lo que se experimentó en la antigua época griega. Hölderlin concreta [poetiza = dichtet] en la palabra «la Naturaleza» otra cosa que está ciertamente en una relación oculta con aquello que antaño se llamó fæsiw.

La Naturaleza que, «en leve abrazo», sostiene todo en su apertura e iluminación, parece dormir en algunas épocas. Entonces la luz, con tristeza, ha vuelto a entrar en sí. La tristeza que se cierra es impenetrable y aparece como lo oscuro. Pero no es esa tristeza una mera tiniebla cualquiera, sino un descanso que presiente. Lo oscuro es la noche. La noche es el presentimiento en descanso del día.

Pero ahora amanece! Yo esperé y lo vi venir,
y sea mi palabra lo que vi, lo sagrado.

La invocación que comienza con la tercera estrofa, nombra el brotar de la claridad inflamadora. El hacerse de día es la llegada de la Naturaleza que antes descansaba presintiendo. El alborear es la Naturaleza misma en la llegada. La exclamación «¡Pero ahora amanece!» resuena como una apelación de la Naturaleza. Sólo que la llamada llama en efecto a algo que llega. La palabra del poeta es el puro llamar de lo que esos poetas siempre presentidores aguardan y conjeturan. El nombrar poético dice lo que lo llamado mismo, por su esencia, obliga al poeta a decir. Así obligado, llama Hölderlin a la Naturaleza «lo sagrado». En el himno creado sólo poco después, A la fuente del Danubio, dice Hölderlin:

Te nombramos, sagradamente obligados, te nombramos
a ti ¡Naturaleza!, y nueva, como del baño surge
de ti lo divinamente nacido.

Pero incluso esos versos el poeta los tachó pronto en una corrección a lápiz, a lo que Von Hellingrath (IV2, p. 337 ss.) alude con la observación de que Hölderlin ya no se satisface con el nombre «Naturaleza». Sólo que el nombre «Naturaleza» ya está superado como palabra básica en el himno Como cuando en día de fiesta ... Esa superación es la consecuencia y el signo de un decir que arranca más al comienzo.

Hölderlin nombra el amanecer como el hacerse luminoso de esa iluminación presente en todo. El despertar de la luz iluminadora, sin embargo, es el más silencioso de todos los acontecimientos. Pero como se nombra, más aún, como incluso exige la denominación, el despertar de «la Naturaleza» viene en el resonar de la palabra poetizadora. En la palabra se desvela el ser de lo nombrado. Pues la palabra, en cuanto que nombra lo esencial, separa la esencia de la no-esencia. Y al separarlas, la palabra decide su lucha. La palabra es arma. Por eso Hölderlin habla en el mismo himno A la fuente del Danubio de las «armas de la palabra» como los «sagrarios» que preservan lo sagrado.

Porque ahora lo único que hay que decir ha llegado a ser lo que amanece, lo que abraza ligeramente y maravillosamente omnipresente, y por estar en la palabra, «ella, la Naturaleza, ha despertado ahora con ruido de armas», la Naturaleza... Pero ¿por qué debe «lo sagrado» ser la palabra del poeta? Porque el que está «bajo un propicio tempero» sólo tiene, para nombrar, a aquella a la que presta oído con presentimiento: la Naturaleza. Ella, al despertar, desvela su propio ser como lo sagrado.

Pues ella, ella misma, que, más antigua que los tiempos
está por encima de los dioses del occidente y el oriente,
ella, la Naturaleza, ha despertado ahora con ruido de armas...

La Naturaleza es más antigua que aquellos tiempos concedidos a los hombres y los pueblos y las cosas. Pero no es la Naturaleza más antigua que «el tiempo». ¿Cómo iba a ser la Naturaleza más antigua también que «el tiempo»? En tanto sigue siendo «más antigua que los tiempos», es, ciertamente, «más antigua», es decir, anterior, es decir, más a tiempo, es decir, precisamente, más con tiempo que «los tiempos» con que calculan los hijos de la tierra. «La Naturaleza» está más a tiempo que «los tiempos», porque, como la maravillosamente omnipresente, ya otorga a todo lo real la iluminación, entrando en cuya apertura es como todo puede aparecer, todo lo que es algo real. Antes que todo lo real y todo obrar está la Naturaleza, incluso antes que los dioses. Pues ella, «más antigua que los tiempos», está también «por encima de los dioses del occidente y del oriente». La Naturaleza no está, quizá, por encima de «los» dioses como una esfera separada de lo real «por encima» de ellos. La Naturaleza está sobre «los» dioses. Ella, «la poderosa», es capaz de algo diferente que los dioses: en ella, como la iluminación, es donde todo puede empezar a estar presente. A la Naturaleza llama Hölderlin lo sagrado, porque es «más antigua que los tiempos» y «está por encima de los dioses». Así, la «sacralidad» no es en absoluto la propiedad tomada en préstamo de un dios ya establecido en firme. Lo sagrado no es sagrado por ser divino, sino que lo divino es divino porque a su modo es «sagrado»; pues «sagrado» llama Hölderlin también en esta estrofa al «Caos». Lo sagrado es la esencia de la Naturaleza. Ésta, en cuanto lo que amanece, desvela su esencia en el despertar.

... y desde lo sumo del éter hasta lo hondo del abismo,
según firmes leyes, como otrora, engendrada en el sagrado Caos,
se siente de nuevo la animación,
de nuevo, la creadora de todo.

Ese «y», que sigue a «despertada», no desvía llevando hacia otra cosa, lo que tiene lugar fuera del despertar, quizá sólo como su consecuencia. El «y» introduce el desvelamiento esencial de lo que es la Naturaleza en cuanto la que despierta. En el despertar llega a sí misma. La animación se vuelve a sentir como nueva, «la creadora de todo». Así se llama ahora la Naturaleza omnipresente. Lo claro deja surgir todo en su aparecer y refulgir, en que todo lo real, encendido de sí mismo, se yergue en su propio perfil y medida. De tal forma diferenciado en su propia esencia, todo lo que se aparece está traspasado de la irradiación del espíritu: espiritualizado. La Naturaleza espiritualiza todo como la omnipresente y la creadora de todo. Ella misma es la «animación». Puede animar sólo porque es «ánimo», «espíritu». El espíritu tiene vigencia como la sobria pero osada contraposición, que establece todo lo consistente en las bien separadas fronteras y coyunturas de su consistencia. Tal contraponer es el pensamiento esencial. Lo más propio «del espíritu» son los «pensamiento», por lo que todo se copertenece al estar contrapuesto. El espíritu es la unidad unificadora. Hace aparecer la unión de todo lo real en su conjunción. El espíritu, por eso, es esencialmente en sus «pensamientos» el «espíritu común». Es el espíritu en la manera de la animación que incorpora todo lo que se manifiesta en la unidad de lo omnipresente. Esta misma tiene en la animación la índole de su consistencia, que es el surgir y despertar. En el despertar, la naturaleza, viniendo hacia sí misma, está traspasada por su propia determinación. Como la Naturaleza es lo inicial por delante de todo, cuando se vuelve a sentir, sólo puede sentir de modo inicial, esto es, como «nueva».

Lo abierto, en que todo tiene su consistencia y perduración, traspasa y descuella por delante del ámbito de todos los círculos. Por eso el despertar domina «desde lo sumo del éter hasta lo hondo del abismo». «Éter» es el nombre dado al Padre de la Luz y del claro aire que todo lo vivifica. «Abismo» significa lo que lo encierra todo, lo que es sustentado por «la Madre Tierra». «Éter» y «abismo» designan sobre todo los ámbitos extremos de lo real, pero también las supremas divinidades. Ambos están animados por la animación. Ésta no yerra como un ciego vértigo en la arbitrariedad. Es

según firmes leyes, como otrora, engendrada en el sagrado Caos.

La Naturaleza dispone todo lo real en los rasgos de su ser. Los rasgos básicos del todo se despliegan al aparecer el «Espíritu» en lo real y reflejarse lo espiritual en lo espiritual. Para eso deben encontrarse los inmortales y los mortales, y unos y otros, cada cual a su manera, relacionarse con lo real. Todo lo real individualizado en todas sus referencias sólo es posible si la Naturaleza otorga a todo por adelantado lo Abierto, en que se pueden encontrar los inmortales y mortales y cada cosa. Lo Abierto es mediador en las relaciones entre todo lo real. Esto se establece sólo a partir de tal mediación y es por ello algo mediado. Lo así mediable es sólo merced a la mediabilidad. Por tanto la mediabilidad debe estar presente en todo. Sin embargo lo Abierto mismo, que es lo que da a toda correlación y correspondencia el ámbito en que se pertenecen, no surgen de ninguna mediación. Lo Abierto mismo es lo inmediable, lo inmediato. Nada mediato, sea un dios o un hombre, puede por tanto alcanzar inmediatamente lo inmediato. Mirando en esa hondura esencial del todo, reconoce Hölderlin, a partir de su pensar, el significado de un fragmento de Píndaro (Schröder n. 169)

nñmow õ p‹ntvn basileçw
ynatÇn
te xai Žyan‹tvn
gei
dixaiÇn biaiñtaton
êpert‹ta
xeirÛ . . .

En la traducción de Hölderlin (V2, 276):

Das Gesez,
Von allem der König, Sterblichen und
Unsterblichen; das führt eben
Darum gewaltig
Das gerechteste Recht mit allerhöchster Hand.

(La ley,
rey de todos, mortales e
inmortales, es lo que rige,
pues, enérgicamente
el derecho más justo con mano suprema.)

Hölderlin titula este fragmento con la palabra Lo Supremo. En su propia meditación dice sobre él:

Tomado estrictamente lo inmediato, es imposible para los mortales como para los inmortales; el dios debe distinguir diversos mundos, conforme a su propia naturaleza, porque la bondad celeste, en atención a sí misma, debe ser sagrada, sin mezcla. Por eso lo inmediato, tomado estrictamente, es imposible para los mortales, como para los inmortales.

Pero la fuerte mediabilidad es la ley.

Lo presente por adelantado en todo congrega todo lo aislado en la única presencia y da medios a todo para su aparecer. La inmediata omnipresencia es la mediadora para todo lo mediatizado, esto es, para lo mediato. Lo inmediato mismo nunca es algo mediable; por el contrario, lo inmediato, estrictamente tomado, es la mediación, esto es, la mediabilidad de lo mediato, porque lo hace posible en su ser. La «Naturaleza» es la mediabilidad que todo lo mediatiza, es «la ley». Como la Naturaleza, por delante de todo, permanece siendo lo inicial, lo originalmente inconmovible, es la «firme ley». En cuanto que la Naturaleza despierta a sí misma, surge conforme a su esencia: «según firme ley».

Sólo que la Naturaleza, a su vez, está «engendrada en el sagrado Caos». ¿Cómo van juntos «Caos» y «Nomos» (ley)? «Caos» significa para nosotros, sin embargo, lo que no tiene ley, lo confuso. El mismo Hölderlin dice: «Y echa raíces, preparando mucho, la sagrada selva» (Los Titanes IV2, 208); habla de las «sagradas selvas» (IV2, 250, 341), también de la «selva sin amparo» (IV2, 216) y de la «confusión prístina» (El Rhin, IV2, 180). Pero x‹ow; significa ante todo lo que se entreabre, el abismo abierto, lo abierto que se abre en primer lugar, en que todo queda devorado. El abismo rehúsa toda base para algo diferenciado y fundamentado. Y por eso el Caos, para toda experiencia que conoce sólo lo mediato, parece lo que no tiene distinciones, siendo así lo meramente confuso. Lo «caótico» en tal sentido es, sin embargo, sólo el desvío de lo que quiere decir «Caos». Pensado a partir de la «Naturaleza» (fæsiw) , el Caos permanece siendo ese abrirse abismal, desde lo que se abre lo abierto, para deparar a todo lo diferenciado su presencia delimitada. Por eso Hölderlin llama el «sagrado» al «Caos» y a la «confusión». El Caos es lo sagrado mismo. Nada real va por delante de esa apertura, sino que siempre entra en ella. Todo lo que aparece ya está en cada ocasión dejado atrás por ella. La Naturaleza va por delante y por encima de todo «como otrora». Es la de otrora en un doble sentido. Es lo más antiguo respecto a todo lo anterior y lo más reciente respecto a lo posterior. Al despertar la Naturaleza, su llegada viene como más futuro desde lo que ha sido más antiguo, lo que nunca envejece, porque en cada ocasión es lo más reciente.

Lo que siempre es de otrora es lo sagrado; pues, como lo inicial, permanece en sí incólume y «sagrado». Pero lo originalmente salvo otorga por su omnipresencia a todo lo real la salvación de su demora. Pero lo sacro y lo que pone en sagrado encierra en sí como lo inmediato toda plenitud y toda coyuntura y así es precisamente inaproximable para todo lo individuado, sea un dios o una persona. Lo sagrado, como lo inaproximable, hace vano todo apremio inmediato de lo mediable. Lo sagrado expulsa toda experiencia fuera de su morada y le quita así su lugar de presencia. Así, desplazando (ent-setzend) es lo sagrado lo espantoso (Entsetzliche) mismo. Pero su espantosidad queda oculta en la suavidad de su leve abrazar. Sin embargo, como ésta educa a los poetas futuros, éstos saben lo Sagrado en cuanto incorporados a él. Su saber es el presentir. El presentir vale para lo que viene y surge, esto es, para el alborear. «¡Pero ahora amanece! » ¿Qué hay ahora, si viene lo Sagrado mismo?

Y como en los ojos le brilla un fuego al hombre
cuando proyecta lo elevado, así
de nuevo, ante los signos y los hechos del mundo,
ahora se ha encendido un fuego en las almas de los poetas.

Así como el alto proyecto del hombre que medita se refleja en su mirada, así resplandece, al desvelarse lo Sagrado viniendo, una luz «en las almas de los poetas». Una claridad se difunde a las almas aisladas de esos poetas que, abrazados por lo Sagrado, le pertenecen. Por entristecerse con la Naturaleza que presiente, deben también llegar a la luz en el despertar de la Naturaleza y ser ellos mismos una claridad. Esos poetas están entonces ellos mismos abiertos en lo Abierto, que se ilumina «desde lo sumo del éter hasta lo hondo del abismo». La apertura de lo Abierto se conecta con lo que llamamos «un mundo». Por eso sólo entran en una luz para estos poetas los signos y los hechos del mundo; pues los poetas no están sin mundo. Por más que los poetas según su esencia pertenezcan a lo Sagrado y, pensando la realidad de todo lo real, eso es, «el espíritu», sean esencialmente «espirituales», sin embargo, deben también permanecer entregados y captados en lo real.

Los poetas deben también
ser los espirituales mundanamente.

(El único, primera versión.)

Por eso los signos y los hechos del mundo deben llegar a ser una ocasión en que se encienda el lucir de la claridad que surge. Una ocasión sólo son las «sensaciones», «efectos» y «resultados» del «mundo»; pues en ningún momento puede algo mundano lograr por sí que llegue lo sagrado. También sólo los que ya ven venir lo que viene son los que pueden indicar en el mundo algo como signo de lo que llega y valorarlo como acción para lo que llega. Pero nunca son plenamente los signos y hechos del mundo lo que propiamente ha de surgir a lo Abierto. En la apertura, y por tanto también en el ámbito del percibir humano, llega sólo y «ahora por primera vez» lo que «ocurrió antes, pero apenas fue sentido ...». «Antes» significa aquí, por delante de todo lo demás real, aquél más antiguo de los tiempos, que previamente sólo se hizo perceptible en un primer fulgor: el prístino brotar de lo que en todo está presente desde entonces, pero también desde entonces revierte a la inversión y aun al olvido, la «Naturaleza» (fæsiw). Pero ¿cómo regía eso inicial antes del despertar y dar a conocerse que ahora se inicia «de nuevo»?

Y los que nos labraban sonriendo el campo,
en apariencia de siervos, son reconocidos,
los vivificadores, las fuerzas de los dioses

La «omnipresente» y la «omnicreadora» ahora se llama la Naturaleza «vivificadora de todo». Verdad es que esta palabra se dice sobre las fuerzas de los dioses. Y esas fuerzas con también aquello por lo que los dioses son capaces de lo suyo, y así son ellos mismos lo que son. Pero las fuerzas no proceden de los dioses, sino que los dioses son en virtud de esas fuerzas, que «vivificando» todo, mantienen todo en «vida», incluso a los dioses. La Naturaleza, «antes», ha labrado el campo de los hombres «sonriendo». La palabra «el campo» representa aquí, con una efímera ojeada atrás a la primera estrofa, todo aquello en que y de que viven los hombres. «Sonriendo» estaba antes lo sacro de lo sagrado presente en todo, sin esfuerzo y amistoso, y por tanto sin afectarse porque los hombres «apenas sintieran» lo que ahí ocurría. Los hombres han tomado esto, de lo otorgado por la Naturaleza divinamente hermosa, con apresuramiento hacia lo captable sólo para su utilidad y a su servicio, y así han hundido a la omnipresente en figura de sierva. Pero ella lo ha consentido «sonriendo» en la placidez del inicio y sobreponiéndose a todo resultado, y ha concedido a los hombres el desconocimiento de lo Sagrado. En tal desconocimiento de la «Naturaleza», «es» entonces cada cosa sólo lo que realiza, mientras que en verdad sólo realiza lo que es. Pero cada cosa, incluso cada entidad humana, «es» sólo según la «manera» como la Naturaleza que se establece por sí, lo Sagrado, permanece presente en ella.

Pero, si sólo los poetas están levemente abrazados por la Naturaleza omnipresente, ¿cómo va jamás «el pueblo» a situarse en la presencia de lo Sagrado? ¿Cómo «los hijos de la tierra» van a percibir las «fuerzas que todo lo vivifican», si el fuego queda sólo encerrado «en las almas» de los poetas? Incluso el poeta nunca puede alcanzar lo Sagrado por su propio pensar ni aun extraer su esencia y obligarla a llegar a él mediante preguntas.

¿Les preguntas? En la canción sopla su espíritu.

A partir del «cántico», y sólo en él se acomoda el «espíritu» a la ordenación memorable de lo Sagrado. Pero no en todo «cantar» sopla el espíritu. Esto tiene lugar sólo en la canción

si con el sol del día y la cálida tierra despierta ...

En la versión primitiva se encuentra inequívocamente entwatcht (despierta), no entwächst (crece, brota), como leen las ediciones hasta hoy. La canción debe proceder del despertar de la Naturaleza «desde lo sumo del éter hasta lo hondo del abismo». Si despierta así juntamente con la «animación en despertar», sopla en ella el aliento de la llegada de lo sagrado. De otro modo que antaño es ahora el origen de la canción. Su despertar tiene lugar en las «tormentas» que «marchan entre cielo y tierra y por entre los pueblos». Es necesario el levantamiento de todo ese dominio en que antes parecía dormir la Naturaleza. Ese levantamiento del todo pone en marcha unas sacudidas, las «preparadas en las honduras del tiempo». El despertar se retrotrae al tiempo más antiguo, desde el cual ya está preparado todo lo que viene. Por eso también son las sacudidas del todo «más significativas para nosotros» - esto es, para los poetas que despiertan con ella. La riqueza de lo inicial otorga a su palabra el rebose de la significación que apenas cabe decir. Por eso se les pone en los hombros «una carga de leños». Por eso también para ellos hay «mucho que conservar» («Maduros están ...» IV2, 71) y «Mucho hay que decir» (IV2, 219, 221) «pues aún hay mucho que cantar» (A la fuente del Danubio, IV2, 161). Pero por provenir las sacudidas de las más antiguas profundidades de la Naturaleza que despierta, y estar sin embargo los poetas levemente abrazados por ella, también debe la animación estar más presente y por tanto «más perceptible».

Del Espíritu común pensamientos son,
que terminan en silencio en el alma del poeta.

Con deliberación ha puesto Hölderlin una coma después de «son». Como un invisible golpe de cincel del escultor concede a la imagen otro cariz, así esa coma pone un peso propio en el «son». La «naturaleza que despierta», la «animación» está presente. La índole de su presencia es el llegar. Lo Sagrado lo contiene todo junto reunido en la intacta inmediatez de su «firme ley». Contraponiéndolo todo permanece el «Espíritu», penetrándolo todo de estructura al pensar, cerrado a todo. En cuanto «el Espíritu», es siempre «espíritu común». ¿Y de qué índole es la presencia de la animación del Espíritu que todo lo penetra rigiéndolo y lo sustenta en unidad? «Terminan en silencio en el alma del poeta.» Aquélla no «termina» en el sentido de que desaparezca y cese. Al contrario: la animación es admitida y preservada, y por cierto «en silencio». La sacudida queda calmada y conservada en la suavización. Lo trastornador de lo Sagrado descansa en la suavidad del alma «del poeta». Lo Sagrado está tranquilamente presente como viniendo. Por eso no es tampoco nunca representado y captado como un objeto. Por todas partes, en el resto de este poema, habla Hölderlin en plural de los poetas (vv. 10/11, 16/17, 31, 56). Pero aquí se refiere a un poeta único, aquel que dice: «Yo esperé y lo vi venir». De su saber procede la certidumbre de la palabra: «Del Espíritu común pensamientos son, / que terminan en silencio en el alma del poeta».

En la quinta estrofa falta, según la cifra, un verso. Así hay que intercalar también algún pensamiento intermedio, para mantener un tránsito claro a la siguiente estrofa.

Ahora que amanece está también despierto «el poeta». Invadido por el estado de ánimo de la animación que despierta, ahora está atemperado un «espiritual» para ser el poeta único. Pues debe haber un poeta para que pueda llegar a haber una palabra de la canción. El único poeta cobija la calmada agitación de lo sagrado en la calma de su silencio. Puesto que un resón de la auténtica palabra sólo puede brotar del silencio, ahora está todo preparado:

Para que súbitamente tocada ésta, conocedora
de lo infinito ha largo tiempo, sacudida
por el recuerdo e inflamada por sagrado rayo,
se logre el fruto nacido en el amor, la obra de los dioses y los hombres,
el cántico, que de ambos dé testimonio.

La estructura pindárica de estos versos está atravesada en tensión por el único pensamiento: Por estar cobijado en calma lo Sagrado en el alma del poeta, tiene la suerte de que le salga bien el cántico, esto es, ahora, la palabra que sólo debe decir lo Sagrado. Pero esta suerte no consiste sólo en lograr una canción, sino en que a «ella», el alma del poeta, le sea benigna la suerte, en cuanto que no se le malogre el devenir de la obra. Esa expresión acentuada, que tenga la suerte de que le salga el cántico, quiere decir: Queda superada la amenaza de una desdicha esencial. Pero ¿desde dónde va a amenazar aquí una desdicha? ¿Desde dónde sino desde la posible falta de sustentación de la suerte? De la suerte, esto es, de esa concesión de suerte que es necesaria para el nacimiento de la canción. Pues por más que el alma del poeta cobije en sí la presencia de lo que viene, el poeta no es capaz de nombrar directamente lo Sagrado por sí mismo. El ardor de lo luminoso, abrigado en calma en el alma del poeta, requiere ser encendido .Sólo tiene fuerza para ello un rayo de luz, que a su vez es enviado por lo Sagrado mismo. Por eso debe haber alguien más alto, que esté más cerca de lo Sagrado y en cierto modo todavía siempre bajo él, un dios, para lanzar el rayo del encendimiento en el alma del poeta. Con eso el dios toma sobre sí aquello que está «por encima» de él, lo Sagrado, y lo lleva reunido en una sola acuidad y en el único golpe del único rayo, por el que es «encomendado» al hombre para obsequiarle.

Como ni los hombres ni los dioses pueden jamás cumplir la relación directa con lo Sagrado, los hombres necesitan a los dioses y los celestes necesitan a los mortales:

No lo pueden
todo los celestes. Pues lo alcanzan
los mortales antes, el abismo. (Mnemosyne)

Sólo así, porque los dioses deben ser dioses y los hombres, hombres, y por tanto no pueden estar nunca los unos sin los otros, hay amor entre ellos. Por la mediación de ese amor, sin embargo, no se pertenecen precisamente a sí mismos, sino a lo Sagrado, que para ellos es la «fuerte mediabilidad», «la ley». Entonces el sagrado rayo alcanza súbitamente al poeta. En un instante le llega la suerte de la plenitud divina. Así «alcanzado», querría él atreverse a seguir esa dicha y a perderse en la única posesión del dios. Pero eso sería la desdicha, porque eso significaría la pérdida de la esencia poética; pues la situación esencial del poeta no se basa en la recepción del dios, sino en el estar abrazado por lo Sagrado.

Sólo el poeta está ahora bajo el propicio tempero, de modo que permanece confiado a lo que ya previamente existe en todo lo finito, a lo «infinito». Y como la Naturaleza omnipresente es «más antigua que los tiempos», existe también la pertenencia a ella «desde hace mucho tiempo». Cuando ahora el rayo sagrado alcanza al poeta, éste no es arrebatado en el ardor del rayo, sino plenamente retornado a lo Sagrado. El alma del poeta, ciertamente, «tiembla» y se deja despertar en la agitación calmada; pero tiembla de recuerdo, esto es, por la expectación de lo que ocurrió antes; esto es el abrirse de lo Sagrado. El temblor rompe la tranquilidad del callar. La palabra llega a ser. La obra de palabra que así surge hace aparecer la copertenencia del dios y del hombre. La canción da testimonio del fundamento de su copertenencia, atestigua lo sagrado. «Sólo ahora», cuando los pensamientos del espíritu común están ya patentes, el alma del poeta tiene la suerte de que le salga el cántico. Pero no siempre que se logra una obra hay también suerte.

Así cayó, según cuentan los poetas, su rayo
en la casa de Semele cuando ella anheló ver realmente al dios,
y, ceniza mortalmente tocada, parió
al fruto de la tormenta, al sagrado Baco.

La avidez por ver al dios bajo índole humana, arrebató a Semele en el ardor único del rayo desencadenado. La que concebía olvidó lo Sagrado. Cierto que nació el fruto, Baco, el dios de la «vid», que

da testimonio de tierra y cielo, cuando, abrevada
del alto sol, surge del oscuro suelo ...

(último esbozo del Empédocles.)

Pero el fruto no le nació a ella, la que lo paría, que al surgir el fruto ardió en cenizas. El destino de Semele habla de la contraposición, revela cómo sólo la presencia de lo Sagrado permite que el cántico verdaderamente tenga la suerte de salir bien. El recuerdo del destino de Semele, contado por Eurípides (Bacantes) y por Ovidio (Metam. 111, 293), está incorporado en el poema sólo como contraste. Por eso también el comienzo de la siguiente estrofa (séptima) no arranca del final de la estrofa sexta, sino que asume su mitad:

Y por eso ahora beben fuego celestial
sin peligro los hijos de la tierra.
Pero a nosotros nos toca, bajo las tempestades de Dios,
¡ oh poetas!, permanecer con la cabeza descubierta.

Cierto que recuerda el «beber» al dios de la viña, pero se refiere a la aceptación del otro fruto, la percepción del espíritu que sopla en la canción que ha recibido la dicha, sopla a través de los hombres. Lo que perciben éstos en la canción es la animación que despierta, la claridad que enciende: «fuego celestial». Esta expresión, que retorna más adelante en los himnos (El Rhin, v. 100; Los Titanes, v. 271) no se refiere al rayo, sino a ese «fuego» que antes del nacimiento del cántico «ahora se ha encendido en las almas de los poetas», lo Sagrado. «Celestial» se llama ese fuego, porque está mediado por un «celeste». «Ahora», cuando «amanece», «ahora», cuando «la Naturaleza despierta con estrépito de armas», «ahora» cuando «se hace manifiesto lo que ocurrió antes», «ahora», lo Sagrado ha perdido la peligrosidad para los hijos de la tierra. La agitación del Caos, que no ofrece ningún apoyo, el espanto de lo inmediato, que malogra todo impulso, lo Sagrado, queda transformado en la benignidad de la palabra mediata y mediadora, a través de la calma del poeta puesto en cobijo.

Como el cántico ha salido bien por la venida de lo Sagrado, «los hijos de la tierra» y «los poetas» sobre todo, quedan trasladados a un nuevo modo de ser, pero de tal manera que el grado de ser de los hijos de la tierra y el de los poetas que se distancian aún más que antes. Mientras que ahora para los hijos de la tierra lo que ha perdido el peligro es sencillamente lo que les cae en suerte («Y por eso beben ...»), los poetas venideros («Pero a nosotros nos toca ...») quedan situados en el peligro más extremo. Ahora deben quedarse allí, donde se abre lo Sagrado mismo, más preparados y más empezando. Los poetas deben dejar su inmediatez a lo inmediato y sin embargo al mismo tiempo asumir su mediación como lo único. Por eso encuentran su dignidad y su deber en permanecer en relación con los más altos mediadores. Ahora que amanece, no disminuye la «carga de leños», sino que se aumenta hasta ser apenas soportable. Aunque tampoco lo inmediato ha de ser perceptible nunca como inmediato, sin embargo, cabe «captar con la propia mano» el rayo mediador y permanecer en la lluvia de lo inicial que surge. En la toma de conciencia de lo que les corresponde están en común los poetas. «Nosotros los poetas» - son esos únicos, venideros, el primero de los cuales el mismo Hölderlin, pre-dice todo lo que se ha de decir. Lo que les está encomendado a esos poetas, serán capaces de hacerlo si el agarrar y alcanzar de sus manos está traspasado por la vibración del «corazón puro». «Corazón» significa aquello en que se reúne el ser más propio de esos poetas: la calma de la copertenencia en el abrazo de los Sagrado. «Puro» dice para Hölderlin siempre tanto como «original», permaneciendo decisivamente en la determinación inicial. Esto es propio de los niños. El «corazón puro» no se dice aquí en sentido «moral». Esta palabra designa el modo de referencia y el modo de correspondencia a la Naturaleza «omnipresente». Si los poetas permanecen dentro de la omnipresencia de la «Naturaleza» poderosamente hermosa, se elimina toda posibilidad de insistir sólo en lo propio y de equivocarse en medir lo que es la ley. Sus manos son «inocentes». Su suprema decisión, el decir poetizador, parece entonces «la más inocente de todas las ocupaciones».

Con el verso 62 se cierra la séptima estrofa por lo que toca al contenido, pero también conforme al número de versos elegidos para las otras estrofas. La coma puesta por Hellingrath y Zinkernagel al final del verso 62, después de «manos», no está en el manuscrito original. Con el verso 63 empieza un pensamiento que regresa a decir lo Sagrado y que introduce el completamiento de la poesía. Por eso en el texto que tenemos aquí se puso un punto al final del verso 62, que en Hölderlin había quedado sin signo de puntuación. La séptima estrofa trata de algo doble: El don de la canción, transmitida por un «celeste», es alcanzado por los poetas a los hijos de la tierra; pero los poetas mismos están situados bajo «las tempestades de Dios». Con la designación de los hijos, de la tierra y de los poetas, sin embargo, esta poesía no puede cerrarse en su totalidad. Pues lo que le está encomendado propiamente a esta poesía para decir, y por tanto, a su completamiento, lo dice ella misma en la tercera estrofa, que todo lo sustenta:

¡Pero ahora amanece! Yo esperé y lo vi venir,
y sea mi palabra lo que vi, lo sagrado.

A lo Sagrado debe volver la palabra conclusiva de esta poesía. De los poetas y del don de la canción dice también el poema, sólo porque lo Sagrado es el espanto del sacudimiento de todo y lo inmediato. Por eso los hijos de la tierra necesitan de la mediación de lo Sagrado en el don del cántico sin peligro. Sólo que precisamente esto, que lo Sagrado esté confiado a una mediación por el dios y los poetas, y que nazca en el cántico, amenaza transformar la esencia de lo sagrado en su contrario. Lo inmediato se hace así algo mediato. Como el cántico sólo despierta con el despertar de lo Sagrado, surge lo mediato de lo inmediato mismo. Ese origen del cántico, el «estrépito de armas», con que despierta la Naturaleza, es, con eso, el sacudimiento que desciende hasta alcanzar la propia hondura esencial de lo Sagrado. Al hacerse Palabra lo Sagrado, su íntimo ser llega a vacilar. La ley que queda amenazada. Lo sagrado amenaza hacerse poco firme. Sólo que

El puro rayo del Padre no lo consume
y sacudido en lo más hondo, compartiendo las penas
de un dios, sin embargo, el corazón eterno permanece firme.

La palabra «el corazón eterno» aparece una sola vez en toda la poesía de Hölderlin. Lo que significa esta palabra se dice también sólo en esta única poesía.

Lo Sagrado es en su origen la «firme ley», esa «estricta mediación», en que están mediadas todas las referencias de todo lo real. Todo es sólo porque está congregado en la omnipresencia de lo inviolable, compenetrado en éste:

Todo es entrañable.

Así empieza un esbozo posterior (IV2, 381). Todo es sólo en cuanto que sale a la luz desde la entrañabilidad de lo omnipresente. Lo Sagrado es la entrañabilidad misma, es ... «el corazón».

Pero lo sagrado, «por encima de los dioses» y los hombres, es «más antiguo que los tiempos». Lo que ocurrió antaño, lo primero por delante de todo y lo último después de todo, es lo que precede a todo y lo que conserva todo en sí: lo inicial y como tal, lo que permanece. Su permanecer es la eternidad de lo eterno. Lo Sagrado es la entrañabilidad de una vez para todas, es «el corazón eterno». Ese permanecer de lo Sagrado, sin embargo, está amenazado por la mediación, que surge de él mismo y es exigida por su venida, mediante la palabra del cántico. Sólo que no ante todo la palabra humana, sino más bien aún y ya más arrebatador amenaza el «rayo sagrado» del Padre, que, enviado en el encendimiento y génesis de la palabra, amenaza arrebatar a lo sagrado su inmediatez y abandonarlo por el traslado a lo mediato de la aniquilación del ser. Pues también en el «rayo del Padre» está lo Sagrado ya exteriorizado en lo mediato, si es que incluso los inmortales sólo son mediaciones a lo Sagrado. Pero

El puro rayo del Padre no lo consume;

«lo», el corazón eterno. «Quemar» (versengen) significa aquí lo que en la expresión sengen und brennen, tanto como «aniquilar»: en vez de «no lo quema» Hölderlin empezó por escribir «no lo mata». Con duros y excitados rasgos de escritura se encuentra la siguiente observación en el margen interior de los versos finales:

La / esfera / que está / más alta que /
la del hombre / ésa es la del dios.

La sugerencia que quiere establecer para sí el poeta en estas palabras, viene a decir en este lugar: las esferas más altas, el rayo sagrado, amenaza incluso a lo Sagrado, aún más hondo, con la pérdida de su ser. Pero esta esfera es sólo «más alta», no «lo más alto». Así lo originado del origen no puede nada contra el origen. Y por eso entonces permanece «el corazón eterno», aunque «hondamente sacudido», sin embargo, «firme». El sacudimiento, ciertamente, ,se funda en esa profundidad a partir de la cual lo sagrado «comparte las penas de un dios».

¿En qué medida sufre el dios que se envía como chispa en el sagrado rayo? El rayo, en añadidura expresa, se llama «el puro», porque mantiene la decisión de la pertenencia a lo sagrado; pues «bienes celestes, debéis, por atención a vosotros mismos, ser sagrados» (Al fragmento de Píndaro «Lo supremo» V2, 276). Ese pertenecer apremiante, no mero tolerar, es el sufrir. Pero cómo piensa Hölderlin la esencia del padecer, se desvela en una variación añadida a la versión posterior de ese himno que se titula El único, el cual himno, en efecto, dice que el Dios de los cristianos no es precisamente el Único. Aquí (IV2, 379) habla Hölderlin de un

... Desierto lleno de rostros,
de modo que permanecer en inocente
verdad es un sufrimiento.

Como la entrañabilidad de una vez por todas, el permanecer en «ley» inviolada, es un sufrimiento, por eso el corazón eterno sufre en su comienzo esencial. Por eso también «comparte el sufrimiento de un dios». En cuanto que lo Sagrado se otorga en la resolución del rayo, que es un sufrimiento, sin embargo, lo Sagrado permanece, irradiándose, en la verdad de su ser y sufre así inicialmente. Pero igual que este sufrimiento que procede del principio no es un tolerar renunciador, sino la entrañabilidad que todo lo congrega en sí, también el compartir el sufrimiento con el dios no tiene nada de compasión y lamento. El sufrimiento es el permanecer firme en el comienzo. Para el comienzo, el abrirse y otorgarse nunca es pérdida y fin, sino siempre sólo comienzo más espléndido, entrañabilidad más inicial. Lo Sagrado en su permanecer firme es decir. Pero su permanecer no significa nunca el vacío durar de algo existente, sino que es la venida del principio. Por delante de éste, como algo de una vez por todas, no se puede pensar nada más inicial. El permanecer como llegada es la inicialidad del comienzo, tal que no cabe pensar nada anterior.

Pero lo que permanece, lo fundan los poetas. (Recuerdo.)

El poema está incompleto, en múltiple perspectiva. La conformación del final, sobre todo, por la cual el mismo Hölderlin se habría decidido una vez, sigue siendo indeterminable. Pero la falta de completamiento es aquí sólo consecuencia del rebose que mana del íntimo comienzo del poema y requiere la palabra conclusiva que lo vincule todo. Todo intento de señalar con posterioridad la articulación de la estrofa conclusiva, puede sólo intentar despertar a aquellos que puedan oír lo que es «la palabra» de este poema.

Pero ahora amanece! Yo esperé y lo vi venir,
y sea mi palabra lo que vi, lo sagrado.

«Ahora» - ¿cuándo es ese «ahora»? ¿Es el momento hacia 1800 cuando surgió esta poesía? El «ahora» sin embargo designa unívocamente el momento en que el mismo Hölderlin dice: «¡Pero ahora amanece!». Ciertamente, el «ahora» designa el tiempo de Hölderlin y ningún otro. Pero el tiempo de Hölderlin es, en efecto, el tiempo determinado por su palabra. El tiempo de Hölderlin es en todo caso, en sentido estricto, su tiempo. Pero ese tiempo suyo no es precisamente lo contemporáneo a ese tiempo sólo por ocurrir al mismo tiempo y ser habitual. El «ahora» designa la venida de lo sagrado. Ese venir sólo es lo que da al «tiempo» en que es «tiempo», que la historia se plantee decisiones esenciales. Tal «tiempo» no se deja nunca dar («datar») y no se puede mensurar con cifras de años ni divisiones de siglos. «Los números de la historia» son meramente el vínculo conductor producido para insertar los acontecimientos en la cuenta humana. Ocupan siempre solamente el primer plano de la historia, que permanece accesible únicamente a la información (ßstoreÝn). Pero lo «histórico» no es nunca el contenido de la historia (Geschichte) mismo. El contenido de la historia es raro. Sólo hay tal contenido cuando se decide de modo inicial el ser de la verdad.

Lo Sagrado «más antiguo que los tiempos» y «por encima de los dioses» funda en su venida otro comienzo de otra historia (Geschichte). Lo Sagrado decide inicialmente ante todo sobre los hombres y sobre los dioses, si son y quiénes son y cómo son y cuándo son. Lo que viene se dice en su venir por la llamada. La palabra de Hölderlin es ahora, arrancando con este poema, la palabra que llama. La palabra de Hölderlin es ahora «Hymnos» en un sentido único y acuñado de nuevo. Habitualmente traducimos la palabra griega êmneÝnv por «alabar» y «ensalzar». Con eso fácilmente indicamos un cantar y celebrar ebrio de palabras. Sólo que ahora la palabra poetizadora es el decir fundante. La palabra de este cántico no es ya un himno «a» algo, ni «himno a los poetas», ni tampoco, sin embargo, himno «a» a la Naturaleza, sino el himno «de» lo Sagrado. Lo Sagrado otorga la palabra y viene ello mismo en esta palabra. La palabra es el acontecer de lo Sagrado. La poesía de Hölderlin es ahora llamada inicial, que, llamada por lo mismo que viene, dice esto y sólo esto como lo Sagrado. La palabra hímnica está ahora «obligada por lo Sagrado», y, por «obligada», «sagradamente» también «sagradamente sobria». Así dice un fragmento que procede del año 1800, titulado Cántico del alemán:

... entonces se sienta en profunda sombra,
cuando sobre la cabeza zumba el chopo,
en el arroyo que exhala frescor, el poeta alemán,
y canta, cuando está bastante embriagado del agua
sagradamente sobria, atendiendo a lo lejos en la calma al cántico del alma.

(Fragmento n. 10, IV2, 244)

La «profunda sombra» salva la palabra poetizadora de la desmesurada claridad del «fuego celestial». El «arroyo que exhala frescor» protege a la palabra poetizadora del ardor excesivo del «fuego celestial». La frescura y umbrosidad de lo sobrio corresponde a lo Sagrado. Esa sobriedad no niega la animación. La sobriedad es la determinación básica, preparada en todo momento, de la disposición a lo Sagrado.

La palabra de Hölderlin dice lo Sagrado y nombra así el ámbito temporal, que tiene lugar una sola vez, de la decisión inicial por la articulación esencial de la futura historia de los dioses y las humanidades.

Esta palabra, aún no oída, está conservada en la lengua occidental de los alemanes.

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Martin Heidegger: Holderlin y la esencia de la Poesía

En memoria de Norber Von Helligrath caído el 14 de diciembre de 1916
Traducción de Samuel Ramos, publicada en: Martin Heidegger, Arte y Poesía, Buenos Aires, F.C.E, 1992.

Hölderlin

Las cinco palabras-guía
1. Poetizar: la más inocente de todas las ocupaciones (III, 377).
2. Y se le ha dado al hombre el más peligroso de los bienes, el lenguaje... para que muestre lo que es... (IV, 246.)
3. El hombre ha experimentado mucho. Nombrado a muchos celestes, desde que somos un diálogo y podemos oír unos de otros (IV, 343).
4. Pero lo que queda, lo instauran los poetas (IV, G3).
5. Pleno de méritos, pero es poéticamente como el hombre habita esta tierra (VI, 25).

Hölderlin, loco¿POR QUÉ se ha escogido la obra de Hölderlin con el propósito de mostrar la esencia de la poesía? ¿Por qué no Hornero o Sófocles, por qué no Virgilio o Dante, por qué no Shakespeare o Goethe? En las obras de estos poetas se ha realizado la esencia de la poesía tan ricamente o aún más que en la creación de Hölderlin, tan prematura y bruscamente interrumpida. Puede ser. Sin embargo, sólo es Hölderlin el escogido. Pero ¿es posible deducir de la obra de un único poeta, la esencia general de la poesía? Lo general, es decir, lo que vale para muchos, sólo podemos alcanzarlo por medio de una reflexión comparativa. Para esto es necesario la muestra del mayor número posible de la multiplicidad de poesías y géneros poéticos. La poesía de Hölderlin es sólo una entre muchas. De ninguna manera basta ella sola como modelo para la determinación de la esencia de la poesía. Por eso nuestro propósito ha fracasado en principio, si entendemos por "esencia de la poesía" lo que se contrae en el concepto que vale igualmente para toda poesía. Pero esto general que vale igualmente para todo particular es siempre o indiferente, aquella "esencia" que nunca puede ser esencial. Buscamos precisamente lo esencial de la esencia que nos fuerza a decidir si en lo venidero tomamos en serio la poesía y cómo; si junto obtenemos los supuestos para mantenernos en el dominio de la poesía y cómo.

Hölderlin no se ha escogido porque su obra, como una entre otras, realice la esencia general de la poesía, sino únicamente porque está cargada con la determinación poética de poetizar la propia esencia de la poesía. Hölderlin es para nosotros en sentido extraordinario el poeta del poeta. Por eso está en el punto decisivo.

Sólo que poetizar sobre el poeta ¿no es la señal de un narcisismo extraviado y a la vez la confesión de una carencia de plenitud del mundo? ¿Poetizar sobre el poeta no es un exceso desconcertante, algo tardío, un final?

La respuesta es la siguiente: es indudable que el camino por el que logramos la respuesta es una salida. No podemos aquí como sería necesario, exhibir cada una de las poesías de Hölderlin en un recorrido completo. En vez de esto, sólo reflexionaremos en cinco palabras-guía del poeta sobre la poesía. El orden determinado de estos motivos y su conexión interna deben poner ante los ojos la esencia esencial de la poesía.

uno

En una carta a su madre de enero de 1799 Hölderlin llama a la poesía "la más inocente de todas las ocupaciones" ¿Hasta dónde es "la más inocente"? La poesía se muestra en la forma modesta del juego. Sin trabas, inventa su mundo de imágenes y queda ensimismada en el reino de lo imaginario.

Este juego se escapa de lo serio de la decisión que siempre de un modo o de otro compromete (schuldig macht). Poetizar es por ello enteramente inofensivo. E igualmente es ineficaz, puesto que queda como un hablar y decir. No tiene nada de la acción que inmediatamente se inserta en la realidad y la transforma. La poesía es como un sueño, pero sin ninguna realidad, un juego de palabras sin lo serio de la acción. La poesía es inofensiva e ineficaz. ¿Qué puede ser menos peligroso que el mero lenguaje? Al llamar a la poesía "la más inocente de las ocupaciones", todavía no hemos concebido su esencia. Pero al menos indicamos por dónde debemos buscarla. La poesía crea su obra en el dominio y con la "materia" del lenguaje. ¿Qué dice Hölderlin sobre el lenguaje? Oigamos una segunda palabra del poeta.

dos

En un bosquejo fragmentario que data del mismo tiempo 1800 que el citado pasaje de la carta, dice el poeta:

"Pero el hombre vive en cabañas recubriéndose con un vestido recatado, pues mientras es más íntimo, es más solícito y guarda su espíritu, como la sacerdotisa la flama celeste, que es su entendimiento. Y por eso se le ha dado el albedrío y un poder superior para ordenar realizar lo semejante a los dioses y se le a dado al hombre el más peligroso de los bienes, el lenguaje, para que con él cree y destruya, se hunda y regrese a la eternamente viva, a la maestra madre, para que muestre lo que es, que ha heredado y aprendido de ella lo que tiene de más divino, el amor que todo lo alcanza" ( IV, 246).

El lenguaje, el campo del "más inocente de los bienes", "el más peligroso de los bienes": cómo se concilian ambas frases? Dejemos estas primeras preguntas y reflexionemos en tres cuestiones previas: 1) ¿De quién es el lenguaje un bien? 2) ¿Hasta dónde es el más peligroso de los bienes? 3) ¿En qué sentido es en general un bien?

Fijémonos desde luego en qué lugar está la palabra sobre el lenguaje: en el bosquejo de una poesía que debe decir quién es el hombre a diferencia de otros seres de la naturaleza; se nombran la rosa, el cisne, el ciervo en el bosque ( IV, 300 y s85). En el contraste de la planta frente al anima empieza el citado pasaje: "Pero el hombre vive en cabañas."

¿Quién es el hombre? Aquel que debe mostrar lo que es. Mostrar significa por una parte patentizar y por otra que lo patentizado queda en lo patente. El hombre es lo que es aun en la manifestación de su propia existencia. Esta manifestación no quiere decir la expresión del ser del hombre suplementaria y marginal, sino que constituye la existencia del hombre. Pero ;qué debe mostrar el hombre? Su pertenencia a la tierra. Esta pertenencia consiste en que el hombre es el heredero y aprendiz en todas las cosas. Pero éstas están en conflicto. A lo que mantiene las cosas separadas en conflicto, pero que igualmente las reúne, Hölderlin llama "intimidad". La manifestación de la pertenencia a esta intimidad acontece mediante la creación de un mundo, así como por su nacimiento, su destrucción y su decadencia. La manifestación del ser del hombre y con ello su auténtica realización acontece por la libertad de la decisión. Esta aprehende lo necesario y se mantiene vinculada a una aspiración más alta. El ser testimonio de la pertenencia al ente en totalidad acontece como historia. Pero para que sea posible esta historia se ha dado el habla al hombre. Es un bien del hombre.

Pero, ¿hasta dónde es el habla "el más peligroso de los bienes"? Es el peligro de los peligros, porque empieza a crear la posibilidad de un peligro. El peligro es la amenaza del ser por el ente. Pero el hombre expresado en virtud del habla es un Revelado a cuya existencia como ente asedia e inflama, y como no-ente engaña y desengaña. El habla es lo que primero crea el lugar abierto de la amenaza y del error del ser y la posibilidad de perder el ser, es decir, el peligro. Pero el habla no es sólo el peligro de los peligros, sino que encierra en sí misma, para ella misma necesario, un peligro continuo. El habla es dada para hacer patente, en la obra, al ente como tal y custodiarlo. En ella puede llegar a la palabra lo más puro y lo más oculto, así como lo indeciso y común. La palabra esencial, para entender y hacerse posesión más común de todos, debe hacerse común. Respecto a esto se dice en otro fragmento de Hölderlin: "Tú hablas a la divinidad, pero todos han olvidado que siempre las primicias no son de los mortales, sino que pertenecen a los dioses. Los frutos deben primero hacerse más cotidianos, más comunes, para que se hagan propios de los mortales" ( IV, 238 ). Lo puro y lo común son de igual manera un dicho. La palabra como palabra no ofrece nunca inmediatamente la garantía de que es una palabra esencial o una ilusión. Al contrario una palabra esencial, a menudo toma, en su sencillez, el aspecto de inesencial. Y lo que, por otra parte, da la apariencia de esencial por su atavío es sólo una redundancia o repetición. Así, el habla debe mantenerse siempre en una apariencia creada por ella misma, y arriesgar lo que tiene de más propio, el decir auténtico.

Pero ¿en qué sentido es un "bien" para el hombre éste que es el más peligroso? El habla es su propiedad. Dispone de ella con el fin de comunicar experiencias, decisiones, estados de ánimo. El habla sirve para entender. Como instrumento eficaz para ello es un "bien". Sólo que la ausencia del habla no se agota en eso de ser un medio de entenderse. Con esta determinación no tocamos su propia esencia, sino que indicamos nada más una consecuencia de su esencia. El habla no es sólo un instrumento que el hombre posee entre otros muchos, sino que es lo primero en garantizar la posibilidad de estar en medio de la publicidad de los entes. Sólo hay mundo donde hay habla, es decir, el círculo siempre cambiante de decisión y obra, de acción y responsabilidad, pero también de capricho y alboroto, de caída y extravío. Sólo donde rige el mundo hay historia. El habla es un bien en un sentida más original. Esto quiere decir que es bueno para garantizar que el hombre puede ser histórico. El habla no es un instrumento disponible, sino aquel acontecimiento que dispone la más alta posibilidad de ser hombre. Debemos primero asegurarnos de esa esencia del habla, para concebir verdaderamente el campo de acción de la poesía y a ella misma. ¿Cómo acontece el habla? Para encontrar la respuesta a esta pregunta, reflexionemos sobre una tercera palabra de Hölderlin.

tres

Tropezamos con esta palabra en un proyecto grande y desarrollado para el poema incompleto que comienza: "Reconciliador en que tú nunca has creído..." (IV, 162 y 339 s.)

El hombre ha experimentado mucho
Nombrado a muchos celestes,
desde que somos un diálogo
y podemos oír unos de otro

(IV, 343),

Hagamos resaltar luego, en estos versos, lo de inmediato referido en el contexto hasta aquí discutido: "Desde que somos un diálogo"... Nosotros los hombres somos un diálogo. El ser del hombre se funda en el habla; pero ésta acontece primero en el diálogo. Sin embargo, esto no es sólo una manera como se realiza el habla, sino que el habla sólo es esencial como diálogo. Lo que de otro modo entendemos por "habla", a saber, un repertorio de palabras y de reglas de sintaxis, es sólo el primer plano del habla. Pero ¿qué se llama ahora un "diálogo"? Evidentemente el hablar unos con otros de algo. Así entonces el habla es el medio para llegar uno al otro. Sólo que Hölderlin dice: "Desde que somos un diálogo y podemos oír unos de otros." El poder oír no es una consecuencia del hablar mutuamente, sino antes al contrario el supuesto de ello. Sólo que también el poder oír, en si, está arreglado sobre la posibilidad de la palabra y necesita de ésta. Poder hablar y poder oír son igualmente originarios. Somos un diálogo quiere decir que podemos oírnos mutuamente. Somos un diálogo significa siempre igualmente que somos un diálogo. Pero la unidad de este diálogo consiste en que cada vez está manifiesto en la palabra esencial el uno y el mismo por el que nos reunimos, en razón de lo cual somos uno y propiamente nosotros mismos. El diálogo y su unidad es portador de nuestra existencia (Dasein).

Pero Hölderlin no nos dice simplemente que somos un diálogo, sino: "Desde que somos un diálogo..."

Cuando la capacidad de hablar del hombre está presente y se ejercita, no está ahí sin más el acontecimiento esencial del habla: el diálogo. ¿Desde cuándo somos un diálogo? Donde debe haber un diálogo es preciso que la palabra esencial quede relacionada con el uno y el mismo. Sin esta relación es también justamente imposible disputar. Pero el uno y el mismo sólo pueden ser patentes a la luz de algo permanente y constante. Sin embargo, la constancia y la permanencia sólo aparecen cuando lucen la persistencia y la actualidad. Pero esto sucede en el momento en que se abre el tiempo en su extensión. Hasta que el hombre se sitúa en la actualidad de una permanencia, puede por primera vez exponerse a lo mudable, a lo que viene y a lo que va; porque sólo lo persistente es mudable. Hasta que por primera vez "el tiempo que se desgarra" irrumpe en presente, pasado y futuro, hay la posibilidad de unificarse en algo permanente. Somos un diálogo desde el tiempo en que "el tiempo es". Desde que el tiempo surgió y se hizo estable, somos históricos. Ser un diálogo y ser histórico son ambos igualmente antiguos, se pertenecen uno al otro y son lo mismo.

Desde que somos un diálogo, el hombre ha experimentado mucho, y nombrado muchos dioses. Hasta que el habla aconteció propiamente como diálogo, vinieron los dioses a la palabra y apareció un mundo. Pero, una vez más, importa ver que la actualidad de los dioses y la aparición del mundo no son una consecuencia del acontecimiento del habla, sino que son contemporáneos. Y tanto más cuanto que el diálogo, que somos nosotros mismos, consiste en el nombrar los dioses y llegar a ser el mundo en la palabra.

Pero los dioses sólo pueden venir a la palabra cuando ellos mismos nos invocan, y estamos bajo su invocación. La palabra que nombra a los dioses es siempre una respuesta a tal invocación. Esta respuesta brota, cada vez, de la responsabilidad de un destino. Cuando los dioses traen al habla nuestra existencia, entramos al dominio donde se decide si nos prometemos a los dioses o nos negamos a ellos.

Con esto podemos estimar plenamente lo que significa: "Desde que somos un diálogo..." Desde que los dioses nos llevan al diálogo, desde que el tiempo es tiempo, el fundamento de nuestra existencia es un diálogo. La proposición de que el habla es el acontecimiento más alto de la existencia humana ha obtenido así su explicación y fundamentación.

Pero inmediatamente surge la cuestión: ¿cómo empieza este diálogo que nosotros somos? ¿Quién realiza aquel nombrar de los dioses? ¿Quién capta en el tiempo que se desgarra algo permanente y lo detiene en una palabra? Hölderlin nos lo dice con la segura ingenuidad del poeta. Oigamos una cuarta palabra.

cuatro

Esta palabra forma la conclusión de la poesía En memoria (Andenken) y dice: "Mas lo permanente lo instauran los poetas" ( IV, 63 ) . Esta palabra proyecta una luz sobre nuestra pregunta acerca del origen de la poesía. La poesía es instauración por la palabra y en la palabra. Qué es lo que se instaura? Lo permanente. Pero ¿puede ser instaurado lo permanente? ¿No es ya lo siempre existente? ¡No! Precisamente lo que permanece debe ser detenido contra la corriente, lo sencillo debe arrancarse de lo complicado, la medida debe anteponerse a lo desmedido. Debe ser hecho patente lo que soporta y rige al ente en totalidad. El ser debe ponerse al descubierto para que aparezca el ente. Pero aun lo permanente es fugaz. "Es raudamente pasajero todo lo celestial, pero no en vano" ( IV, 163 s.). Pero que eso permanezca, eso está "confiado al cuidado y servicio de los poetas" ( IV, 145 ). El poeta nombra a los dioses y a todas las cosas en lo que son. Este nombrar no consiste en que sólo se prevé de un nombre a lo que ya es de antemano conocido, sino que el poeta, al decir la palabra esencial, nombra con esta denominación, por primera vez, al ente por lo que es y así es conocido como ente. La poesía es la instauración del ser con la palabra. Lo permanente nunca es creado por lo pasajero; lo sencillo no permite que se le extraiga inmediatamente de lo complicado; la medida no radica en lo desmesurado. La razón de ser no la encontramos en el abismo. El ser nunca es un ente. Pero puesto que el ser y la esencia de las cosas pueden ser calculados ni derivados de lo existente, deben ser libremente creados, puestos y donados. Esta libre donación es instauración.

Pero al ser nombrados los dioses originalmente y llegar a la palabra la esencia de las cosas, para que por primera vez brillen, al acontecer esto, la existencia del hombre adquiere una relación firme y se establece en una razón de ser. Lo que dicen los poetas es instauración, no sólo en sentido de donación libre, sino a la vez en sentido de firme fundamentación de la existencia humana en su razón de ser. Si comprendemos esa esencia de la poesía como instauración del ser con la palabra, entonces podemos presentir algo de la verdad de las palabras que pronunció Hölderlin, cuando hacía mucho tiempo la noche de la locura lo había arrebatado bajo su protección.

cinco

Esta quinta palabra-guía la encontramos en el gran poema, poema inmenso que principia:

En azul amable florece
el techo metálico del campanario

(VI, 24 s. ).

Aquí dice Hölderlin (v. 32 s.):

Pleno de méritos, pero es poéticamente
como el hombre habita esta tierra
.

Lo que el hombre hace y persigue lo adquiere y merece por su propio esfuerzo. "Sin embargo -dice Hölderlin en duro contraste-, todo esto no toca la esencia de su morada en esta tierra, todo esto no llega a la razón de ser de la existencia humana." Esta es "poética" en su fundamento. Pero nosotros entendemos ahora a la poesía como el nombrar que instaura los dioses y la esencia de las cosas. "Habitar poéticamente" significa estar en la presencia de los dioses y ser tocado por la esencia cercana de las cosas. Que la existencia es "poética" en su fundamento quiere decir, igualmente, que el estar instaurada (fundamentada) no es un mérito, sino una donación.

La poesía no es un adorno que acompaña la existencia humana, ni sólo una pasajera exaltación ni un acaloramiento y diversión. La poesía es el fundamento que soporta la historia, y por ello no es tampoco una manifestación de la cultura, y menos aún la mera "expresión" del "alma de la cultura".

Que nuestra existencia sea en el fondo poética no puede, en fin, significar que sea propiamente sólo un juego inofensivo. Pero ¿no llama Hölderlin mismo a la poesía, en la primera palabra-guía citada, "la más inocente de las ocupaciones"? ¿Cómo se compagina esto con la esencia de la poesía que ahora explicamos? Con esto retrocedemos a la pregunta que de pronto habíamos puesto a un lado. Y al contestar ésa pregunta tratemos a la vez de resumir ante la mirada interna la esencia de la poesía y del poeta.

El primer resultado fue que el reino de acción de la poesía es el lenguaje. Por lo tanto, la esencia de la poesía debe ser concebida por la esencia del lenguaje. Pero en segundo lugar se puso en claro que la poesía, el nombrar que instaura el ser y la esencia de las cosas, no es un decir caprichoso, sino aquel por el que se hace público todo cuanto después hablamos y tratamos en el lenguaje cotidiano. Por lo tanto, la poesía no toma el lenguaje como un material ya existente, sino que la poesía misma hace posible el lenguaje. La poesía es el lenguaje primitivo de un pueblo histórico. Al contrario, entonces es preciso entender la esencia del lenguaje por la esencia de la poesía.

El fundamento de la existencia humana es el diálogo como el propio acontecer del lenguaje. Pero el lenguaje primitivo es la poesía como instauración del ser. Sin embargo, el lenguaje es "el más peligroso de los bienes". Entonces la poesía es la obra más peligrosa y a la vez "la más inocente de las ocupaciones".

En efecto, cuando podamos concebir ambas determinaciones en un solo pensamiento, concebiremos la plena esencia de la poesía.

Pero entonces: ¿es la poesía la obra más peligrosa? En la carta a un amigo, antes de su partida para el último viaje a Francia, escribe Hölderlin: "¡Oh amigo! El mundo está ante mí más claro que otra vez y más serio. Me gusta como va, me gusta, como cuando en verano el viejo padre sagrado, con mano tranquila, sacude la nube rojiza con relámpagos de bendición. Pues entre todo lo que puedo ver de Dios es esta señal la que se ha hecho predilecta. Antes saltaba de júbilo por una nueva verdad, una visión mejor de lo que está sobre nosotros y a nuestro alrededor; ahora temo que me suceda al final lo que al viejo Tántalo, que recibió de los dioses más de lo que podría digerir" (V, 321).

El poeta está expuesto a los relámpagos de Dios. De eso habla aquella poesía que nosotros reconocemos como la más pura poesía de la esencia de la poesía y que comienza:

Como cuando en día de fiesta, para ver el campo,
sale el labrador, en la mañana. . .

(IV, 151 s.).

Y se dice en la última estrofa:

Es derecho de nosotros, los poetas,
estar en pie ante las tormentas de Dios,
con la cabeza desnuda.
para apresar con nuestras propias manos el rayo de luz del Padre, a él mismo.
Y hacer llegar al pueblo envuelto en cantos
el don celeste.

Y un año más tarde, después de que Hölderlin tocado por la locura regresa a la casa de su madre, escribe al mismo amigo, recordando su estancia en Francia:

"El poderoso elemento, el fuego de los cielos, la tranquilidad de los hombres, su vida en la naturaleza, su limitación y contentamiento, me han impresionado siempre y, como se repite de los héroes, bien puedo decir que Apolo me ha herido" (V. 327) . La excesiva claridad lanza al poeta en las tinieblas. ¿Se necesita todavía otro testimonio del máximo peligro de su "ocupación"? Lo dice todo el propio destino del poeta. Suena como un presagio esta palabra en el Empédocles de Hölderlin:

Debe partir a tiempo,
aquel por el que habla el espíritu

(III, X54).

Y, sin embargo, la poesía es "la más inocente de las ocupaciones". Hölderlin escribe así en su carta no sólo para no lastimar a su madre, sino porque sabe que este inofensivo aspecto externo pertenece a la esencia de la poesía de igual modo que el valle a la montaña. Pero ¿cómo se elaboraría y conservaría esta obra peligrosa, si el poeta no estuviera "proyectado fuera" de lo cotidiano, y protegido por la apariencia de inocuidad de su ocupación?

La poesía parece un juego y, sin embargo, no lo es. El juego reúne a los hombres, pero olvidándose cada uno de sí mismo. Al contrario, en la poesía los hombres se reúnen sobre la base de su existencia. Por ella llegan al reposo, no evidentemente al falso reposo de la inactividad y vacío del pensamiento, sino al reposo infinito en que están en actividad todas las energías y todas las relaciones (cf. la carta a su hermano, 14 de enero de 1799; 111, 368 s.).

La poesía despierta la apariencia de lo irreal y del ensueño, frente a la realidad palpable y ruidosa en la que nos creemos en casa. Y, sin embargo, es al contrario, pues lo que el poeta dice y toma por ser es la realidad. Así lo confiesa la Panthea de Empédocles en su clarividencia de amiga ( III, 78 ) .

...ser uno mismo.
Eso es la vida, y nosotros, los otros, somos ensueños de aquélla.

Así parece vacilar la esencia de la poesía en su apariencia exterior, pero, sin embargo, está firme. Es, pues, ella misma instauración en su esencia, es decir, fundamento firme.

Ciertamente toda instauración queda como una donación libre, y Hölderlin oye decir: "Sean libres los poetas como las golondrinas" (IV, 168 ). Pero esta libertad no es una arbitrariedad sin ataduras y deseo caprichoso, sino suprema necesidad.

La poesía como instauración del ser tiene una doble vinculación. En vista de esta ley íntima, aprehendemos por primera vez de un modo total su esencia.

Poetizar es el dar nombre original a los dioses. Pero a la palabra poética no le tocaría su fuerza nominativa, si los dioses mismos no nos dieran el habla. ¿Cómo hablan los dioses?

...Y los signos son, desde tiempos remotos, el lenguaje de los dioses

(IV, 135).

El dicho de los poetas consiste en sorprender estos signos para luego transmitirlos a su pueblo. Este sorprender los signos es una recepción y, sin embargo, a la vez, una nueva donación; pues el poeta vislumbra en el "primer signo" ya también lo acabado y pone audazmente lo que ha visto en su palabra para predecir lo todavía no cumplido.

... vuela el espíritu audaz
como el águila en la tormenta,
prediciendo sus dioses venideros

(IV, 135).

La instauración del ser está vinculada a los signos de los dioses. La palabra poética sólo es igualmente la interpretación de la "voz del pueblo". Así llama Hölderlin a las leyendas en las que un pueblo hace memoria de su pertenencia a los entes en totalidad. Pero a menudo esta voz enmudece y se extenúa en sí misma. No es capaz de decir por sí lo que es propio, sino que necesita de los que la interpretan. El poema que lleva por título La voz del pueblo se nos ha trasmitido en dos versiones. Ante todo, las estrofas finales son diferentes, aun cuando se complementan. En la primera versión dice la conclusión

Por eso, porque es piadosa y ama a los celestes,
venero la voz del pueblo, voz reposada.
Pero, por los Dioses y los Hombres,
que no sé complazca demasiado en su reposo

(IV, 141).

Y he aquí la segunda versión:

. . . En verdad
son buenas las leyendas, si son en memoria
del Altísimo, sin embargo, es preciso
uno que interprete lo sagrado

(IV, 144).

Así, la esencia de la poesía está encajada en el esfuerzo convergente y divergente de la ley de los signos de los dioses y la voz del pueblo. El poeta mismo está entre aquéllos, los dioses, y éste, el pueblo. Es un "proyectado fuera", fuera en aquel entre, entre los dioses y los hombres. Pero sólo en este entre y por primera vez se decide quién es el hombre y dónde se asienta su existencia, "Poéticamente el hombre habita esta tierra."

Ininterrumpidamente, y cada vez más seguro en medio de la plenitud desbordante de imágenes, Hölderlin ha consagrado su vocabulario poético, con la mayor sencillez, a este reino intermedio. Esto nos fuerza a decir que es el poeta de los poetas.

¿Pensaríamos ahora que Hölderlin se haya engolfado en un vacío y exagerado narcisismo por la falta de plenitud del mundo? o ¿reconoceremos que este poeta ha penetrado poéticamente el fondo y e1 corazón del ser con un excesivo impulso? Para Hölderlin mismo valen las palabras que dice Edipo, en aquel tardío poema, "En amable azul florece. . .":

Quizá el rey Edipo tiene un ojo de más

(VI, 2G).

Hölderlin poematiza la esencia de la poesía, pero no en el sentido de un concepto de valor intemporal. Esta esencia de la poesía pertenece a un tiempo determinado. Pero no conformándose a este tiempo como algo ya existente. Cuando Hölderlin instaura de nuevo la esencia de la poesía, determina por primera vez un tiempo nuevo. Es el tiempo de los dioses que han huido y del dios que vendrá. Es el tiempo de indigencia porque está en una doble carencia y negación: en él ya no más de los dioses que han huido, y en él todavía no del que viene.

La esencia de la poesía que instaura Hölderlin es histórica en grado supremo, porque anticipa un tiempo histórico. Pero como esencia histórica es la única esencia esencial.

El tiempo es de indigencia y por eso muy rico su poeta, tan rico que, con frecuencia, al pensar el pasado y esperar lo venidero, se entumece y sólo podría dormir en este aparente vacío. Pero se mantiene en pie, en la nada de esta noche. Cuando el poeta queda consigo mismo en la suprema soledad de su destino, entonces elabora la verdad como representante verdadero de su pueblo. Esto anuncia la séptima estrofa de la elegía Pan y vino (IV, 123). En ella se dice poéticamente lo que sólo se ha podido pensar analíticamente.

Pero ¡amigo! venimos demasiado tarde.
En verdad viven los dioses
pero sobre nuestra cabeza, arriba en otro mundo
trabajan eternamente y parecen preocuparse poco
de si vivimos. Tanto se cuidan los celestes de no herirnos.
Pues nunca pudiera contenerlos una débil vasija,
sólo a veces soporta el hombre la plenitud divina.
La vida es un sueño de ellos.
Pero el error nos ayuda como un adormecimiento.
Y nos hace fuertes la necesidad y la noche.
Hasta que los héroes crecidos en cuna de bronce,
como en otros tiempos sus corazones son parecidos en fuerza a los celestes.

Ellos vienen entre truenos.
Me parece a veces mejor dormir, que estar sin compañero
Al esperar así, qué hacer o decir que no lo sé.
Y ¿para qué poetas en tiempos aciagos?
Pero, son dices tú, como los sacerdotes sagrados del Dios del vino,
que erraban de tierra en tierra, en la noche sagrada.

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Lorem Ipsum

"All testing, all confirmation and disconfirmation of a hypothesis takes place already within a system. And this system is not a more or less arbitrary and doubtful point of departure for all our arguments; no it belongs to the essence of what we call an argument. The system is not so much the point of departure, as the element in which our arguments have their life."
- Wittgenstein

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"Le poète ne retient pas ce qu’il découvre ; l’ayant transcrit, le perd bientôt. En cela réside sa nouveauté, son infini et son péril"

René Char, La Bibliothèque est en feu (1956)


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