Aug 17, 2011

EL DOMINIO DEL CAPITAL

Del Poder

El delito, con sus medios, siempre nuevos, de atacar a la propiedad, reclama también nuevos medios de defensa, desplegando con ello una acción productiva completamente idéntica a la ejercida por las huelgas sobre la invención de las máquinas.
Karl Marx, Teorías sobre la plusvalía, I, Addenda, cuaderno V.

Lo que me resulta chocante en vuestro razonamiento es que no trasciende el esquema del "hasta hoy". Pero la empresa revolucionaria no se dirige precisamente sólo contra el hoy, sino contra la ley del "hasta hoy". Michel Foucault, Microfísica

El dominio del capital
Se dice que Lenin...

Se dice que Lenin aseguraba que la inflación es el arma más segura para provocar una crisis en los regímenes capitalistas. Esto escribe Keynes. Esta afirmación - a la que la cultura económica burguesa (y no sólo Keynes) tiene un particular apego, y que por ello repite maniáticamente - es absolutamente apócrifa. Lo ha demostrado recientemente F.W. Fetter en una docta nota publicada en Economica (44, febrero de 1977, n. 173, pp. 77-80). Efectivamente, la frase en cuestión no se encuentra en las obras de Lenin. Es más, cuando Lenin aborda explícitamente el problema de la inflación su tono no parece muy diferente del que tiene la denuncia moralista de sus efectos sobre la clase pobre propia de la tradición socialista. Ello no implica que otros bolcheviques hayan insistido en repetidas ocasiones en la función desestabilizadora de la inflación respecto al poder capitalista valga como muestra la declaración de Preobrajenski sobre "el papel moneda como ametralladora del Comisariado de Finanzas para disparar sobre la burguesía y para emplear las propias leyes monetarias de aquel régimen (24) con el propósito de destruirlo". Ni impide tampoco que la frase en cuestión parezca verosímil en un Lenin que se debate en la tentativa de captar la conjunción entre crisis del imperialismo e insurrección revolucionaria del proletariado.

Estoy convencido, sin embargo, de que en Lenin el sentido de una afirmación así sería mucho más complejo. En efecto, en la doctrina de Lenin la acción de desestabilízación del régimen capitalista va acompañada inmediatamente de la acción de desestructuración del sistema del capital.

La acción insurreccional contra el Estado se articula con la obra de destrucción del Estado. No estoy haciendo una interpretación anarquista del pensamiento de Lenin: simplemente estoy subrayando el nexo "desestabilización/desestructuración" que, tanto en el pensamiento de Lenin como en el de todo el marxismo revolucionario, y a pesar de excluir de un modo realista el inmediatismo anarquista, se da de un modo preciso y continuo. Desde este punto de vista tiene razón el citado Fetter cuando niega que la afirmación sobre la positividad de la inflación para el proceso revolucionario pueda ser atribuida sin reservas a Lenin: el efecto de desestabilización no puede ser exclusivo. La crisis capitalista debe tener un sentido impuesto y dominado por el poder proletario. Desestabilizar el régimen no puede ser una cosa distinta del proyecto de desestructurar el sistema. La insurrección no puede separarse del proyecto de extinción del Estado.

Con ello llegamos al centro del debate político actual. En la autonomía obrera y proletaria hay dos posturas divergentes. La desestabilización del régimen y la desestructuración del sistema se presentan como objetivos divergentes y, de este modo, producen proyectos estratégicos y tácticos distintos. ¿Tiene razón de ser esta divergencia? (25)

Una buena forma de iniciar a considerar el problema consiste en enfocarlo desde el punto de vista de la práctica capitalista. Ahora bien, para el capital no existe problema: la reestructuración del sistema es la condición para la estabilización del régimen, y vice-versa. Los problemas tácticos surgen en el interior de la rigidez relativa de esta relación, no fuera de ella - por lo menos desde que el desarrollo capitalista ha convertido en indeseables las operaciones de fuerza (en el sentido de mera fuerza física) sobre la clase obrera y el proletariado.

Para el capital, la solución de la crisis consiste en una reestructuración del sistema que diluya y reintegre a los componentes antagonistas del proletariado en el proyecto de estabilización política. En este sentido, el capital conoce perfectamente la relevancia - y a menudo la calidad - del antagonismo proletario. El capital ha aceptado muchas veces que la lucha obrera fuese el motor del desarrollo, e incluso que la autovalorización proletaria dictase las motivaciones del desarrollo; lo que sí se ha visto siempre obligado a cancelar es el significado antagonístico, pero no la realidad, del movimiento obrero. En el límite, y paradójicamente, se podría decir que para el capital no hay estabilización política eficaz (es decir, posibilidad de imponer su ley y su explotación en la dimensión de una reproducción ampliada del beneficio) si no es en la medida en que se dan posibilidades de reestructuración a partir del Movimiento proletario.

El interés proletario se mueve en otra dirección. La de captar críticamente el nexo existente entre estabilización y reestructuración, y atacarlo. Destruir esta relación en un proyecto de desestabilización y, conjuntamente, de desestructuración, representa el interés obrero. En general.

Ahora bien, en particular, hoy, esta diversidad (26) antagonística de la dirección del movimiento en dos frentes opuestos - el del capital y el del proletariado - es absolutamente evidente. Ello se debe a la singularidad de la relación de fuerzas entre las dos clases en lucha. Ambas tienen la suficiente capacidad como para actuar tanto a nivel del sistema como a nivel del régimen, ambas pueden determinar con su acción el nexo de la relación total. Si el discurso no se centra en este nexo, en el modo en que es determinado antagonísticamente por las dos clases en lucha, se corre el riesgo de simplificar y desvirtuar el debate.
Para el capital, como ya hemos dicho, el problema sólo es relativo. Para demostrarlo, bastan algunos ejemplos. En los últimos diez años hemos asistido a una continua actividad de compenetración entre los dos momentos tal, que cualquier concepción "catastrófica", por muy motivada que estuviese, resultaba fuera de lugar. El Estado-crisis no ha dejado de ser ni un solo instante Estado planificado. Todos los elementos de desestabilización introducidos por la lucha obrera y proletaria contra el Estado han sido paulatinamente asumidos por el capital y transformados en instrumentos de reestructuración. La inflación, en particular, lejos de ser un momento de desestabilización, se ha transformado en todo lo contrario, en un arma decisiva para la reestructuración. Y ello a un precio altísimo: en efecto, si bien en el modo tendencial de la profundización de la caída de la tasa de beneficio, el capital se ha visto obligado a llevar a cabo una acción planificada que registraba el mantenimiento de niveles (altos) de valorización obrera, y por consiguiente, la frustrada desvalorización de la fuerza-trabajo (total). ¡Y sin embargo, se ha evitado la "catástrofe"! Por supuesto que en el marco de este proceso no han faltado situaciones de crisis subjetiva de la clase capitalista. Pero la labor encaminada a reforzar (27) la forma-Estado, es decir, a la imposición de la ley del valor (si bien continuamente modificada , nunca se han detenido). Cuando se habla de crisis de la ley del valor es preciso prestar atención: la crisis de la ley no elimina su vigencia, aunque modifique su forma, transformándola de ley de la economía política en forma de dominación del Estado. Pero para el capital toda dominación tiene un contenido, y un contenido específico, de explotación. El ritmo al que debe acoplarse la explotación, el ritmo en función del cual debe estabilizarse el mecanismo social de su reproducción, ha de ser dictado, por consiguiente, por la ley del valor. Cuando el proletario se niega a participar en este juego, son el dominio empresarial y su transformación política en la forma del Estado quienes toman las riendas para redeterminar la relación funcional del valor, la ley de la explotación. Recientes estudios (como el de Lapo Berti en Primo Maggio o el de Christian Marazzi y John Merrington presentado en la sesión 1977 de la Conference of socialíst Economists de Gran Bretaña) han confirmado ampliamente y documentalmente este proceso, particularmente en lo referente a las cuestiones monetarias desde todos los puntos de vista hoy fundamentales en la consideración de las transformaciones de la ley del valor. Como consecuencia de ello, se insiste hoy muy justamente en la teoría del Estado capitalista (y de su desarrollo) como forma autoritaria de la relación capital (por ejemplo, John Halloway y Sol Picciotto en "Capítal Ft Clase' ; 2, verano de 1977, pp. 76-101 ). La relación estructural del desarrollo capitalista (y de la crisis capitalista) se ha ido así clarificando frente a las concepciones puramente objetivistas de la crítica de la economía política.

Pero todo esto no es suficiente. La conciencia obrera de la critica de la economía política debe (28) transformarse en conciencia del proyecto revolucionario. La oposición obrera no puede no consolidarse en una destrucción práctica, en una subversión. La relación total es la que debe ser subvertida, tanto en sus aspectos políticos como en sus fundamentos estructurales. No es posible eliminar la complejidad de la relación impuesta por la forma estatal de la organización de la explotación, eludiendo, por medio de un voluntarismo subjetivista o por medio de un espontaneísmo colectivo, las dificultades, los problemas, las determinaciones que frente a ella surgen. Y sin embargo éste ha sido el peligro principal en la última fase de las luchas. Como ya hemos dicho, la divergencia ha afectado a proyectos tácticos y estratégicos tendencialmente distintos. ¿Tiene razón de ser esta divergencia?

Particularmente pienso que esta divergencia puede llegar a ser mortal para la totalidad del movimiento. Y en estas condiciones no sé lo que es peor: si la rápida defunción producida por la peste subjetiva o la larga y soporífera agonía delirante de la sífilis espontaneísta. Pero existen antídotos, y es posible elaborar un proyecto constructivo. Dicho proyecto está implícito y va desarrollándose a través de las articulaciones de la línea de masas, por medio de la dialéctica que, continuamente, el proletariado va estableciendo entre su acción de consolidación estructural, de fortalecimiento del contrapoder de las masas que, en cuanto tal, tendencialmente desequilibra y desorienta la acción capitalista de reestructuración, y su acción de ataque político, desestabilizante, que tritura los nexos del poder enemigo, exaltándolos y vaciándolos de su carácter espectacular, aniquilando su fuerza. Esta dialéctica es interna al movimiento de masas y es preciso profundizarla ulteriormente. El proyecto de desestructurar el sistema del capital es inseparable del (29) de desestabilizar su régimen. La relación muestra su necesidad al nivel de la relación de fuerzas entre las dos clases, hoy, en la medida en que la línea de masas se ha desarrollado completamente en la forma de un proyecto de autovalorización proletaria.

Me explicaré. El concepto "autovalorización proletaria" es lo contrario del concepto "forma-Estado' ; es la forma que asume el poder desde el punto de vista obrero desarrollado. La autovalorización proletaria es, inmediatamente, desestructuración del poder enemigo, es el proceso a través del cual la lucha de la clase obrera ataca hoy directamente al sistema de la explotación y a su régimen político. La socialización del desarrollo capitalista ha permitido a la clase obrera transformar en un proceso y unificar en un proyecto los diferentes momentos de la estrategia comunista, la insurrección y la extinción del Estado. La autovalorización proletaria es la figura total, de masas, productora de este proyecto. Su dialéctica es poderosa en cuanto total, total en cuanto poderosa. En otro lugar (en La forma Stato, Feltrinelli, Milán 1977, pp. 297-342) he tratado de demostrar las condiciones formales por medio de las cuales la crítica marxiana de la economía política muestra la independencia de la clase obrera como proyecto de autovalorización. Aquí, la polémica constructiva en el movimiento nos obliga a pensar en las condiciones políticas, reales e inmediatas, de esta independencia proletaria. Y a luchar en el movimiento en dos frentes: contra la peste insurreccionalista y subjetivista, por un lado, pero por el otro - y sobre todo contra el oportunismo, veteado de pacífica utopía, que mitiga el suave y anhelante crecimiento de un "movimiento" impotente.

Está claro que, en el movimiento, la polémica sólo puede desarrollarse partiendo, teórica y (30) prácticamente, de la profundización del concepto y de las experiencias de autovalorización proletaria. Y esto es lo que intentaremos hacer en la continuación de este trabajo. Pero quizás no sea ocioso anticipar una primera nota polémica respecto a dos propuestas recientes: la de Lea Meiandri (L'infamia originaria, Milán 1977) y la de Furio di Paola ("Quademi di Ombre Rosse", n.l, Roma 1977). En ambos casos, en efecto, la discusión conduce a una inicial mistificación radical de la que es preciso librarse, y que nace de una radicalización de la polémica contra "el poder" que niega la especificidad y la determinación del mismo. Para estos compañeros, el poder, de hecho corfio decían los viejos filósofos, sólo puede ser predicado unívocamente, es decir, sólo puede ser definido y calificado como atributo del capital y como reflejo del mismo. Esta afirmación es falsa, aunque plantee justamente el problema de la no homologabilidad de! concepto de poder referido al marco de su uso capitalista y al marco de su uso proletario, es decir, el problema de la intraducibilidad del término. Pero éste es precisamente un problema de método al que no puede dársele una respuesta radical y sustancialmente negativa. Desde este punto de vista se cae en el juego del adversario, considerando que el único horizonte lingüístico significante es el correspondiente a la estructura del poder capitalista (lo cual es absolutamente contradictorio con el espíritu y con el eje fundamental del análisis de la autovalorización en la autonomía femenina y juvenil, que atraviesa los dos ensayos citados.

Y es esto lo que es falso. Poder, partido: Panzieri decía que "en estas condiciones el partido se convertirá en una cosa completamente nueva, hasta el punto de que será difícil calificarle de este modo". Es cierto. Pero, en otra parte, y en el mismo sentido,(31) añadía: "sin partido no hay revolución". Sin poder no hay autovalorización proletaria, podríamos añadir nosotros. ¡Y luego, si queréis, cambiamos la nomenclatura! Pero, antes reconquistemos la unidad dialéctica del proceso de la autovalorización proletaria, su tensión a la desestructuración del poder enemigo como proyecto de la propia liberación, como lucha eficaz y potente por la independencia proletaria.

Una última observación, igualmente preliminar. No es difícil entender hasta qué punto es importante, en el plano de la militancia, insistir en la necesaria relación existente entre la acción materialmente desestructurante y la acción políticamente desestabilizante del poder enemigo. Aquí, en efecto, aquél vínculo sutil pero constante que nutre a la subjetividad de un contenido de masas, que transforma el amor proletario en lucha contra el enemigo, que templa y funde la pasión de libertad y el odio de ciase, encuentra su manantial unitario. Lo personal llega a ser político por medio de esta mediación colectiva. Es la praxis colectiva de la autovalorización proletaria lo que determina la unidad de la conciencia subjetiva. Es este ser dinámico y productivo lo que constituye nuestra dignidad de revolucionarios. Tanto objetivamente como subjetivamente estamos, pues, obligados a tratar de fundar de nuevo la complejidad de la hipótesis revolucionaria desde el punto de vista de la independencia de la autovalorización proletaria.

II
Primer paréntesis (de método)

Ya que asumo el punto de vista de la independencia del proceso de autovalorización proletaria, ya que considero la posibilidad de una dialéctica interna de continua recomposición entre funciones estructurales y funciones de ataque, es preciso que extraiga algunas consecuencias metódicas. En primer lugar, me parece fundamental la de considerar la totalidad del proceso de autovalorización proletaria como alternativa, como algo radicalmente distinto de la totalidad del proceso de producción y reproducción capitalistas. Sé que estoy forzando la complejidad de los problemas y exasperando las posiciones. Pero también sé que esta "vía intensiva", que esta ruptura radical con la totalidad del desarrollo capitalista es una experiencia fundamental del movimiento, hoy.

El proceso de la constitución de la independencia de clase es hoy, antes que nada, un proceso de separación.

Es una "vía descendente", una separación forzosa que llevo a cabo para clarificar la total insignificancia de un mundo capitalista en el que me he visto constituido de una forma no independiente, en la forma de la explotación. Rechazo, por consiguiente, la dialéctica recompositiva del capital para afirmar sectariamente (34) mi estar separado, mi independencia, la diversidad de mi constitución. Como ya había intuido H.J. Krahl (en su Costituzione e coscienza di classe un libro que con el paso de los años se hace cada vez más importante) la totalidad de la conciencia de clase es, antes que nada, una condición intensiva, un repliegue sobre la totalidad de un ser productivo, que anula la relación con la totalidad del sistema capitalista.

Autovalorización de clase es, ante todo, desestructuración de la totalidad enemiga, llevada hasta la exclusividad del autoreconocimiento de la propia independencia colectiva. La historia de la conciencia de clase no se le representa lukacsianamente como destino de recomposición omnicomprensivo, sino al contrario, como momento de arraigo intensivo en mi estar separado. Soy otro, otro es el movimiento de la praxis colectiva en el que estoy inserto. Aquello en lo que participo es el otro movimiento obrero. Evidentemente, soy consciente de las críticas que puede suscitar este discurso desde el punto de vista de la tradición marxista. Tengo la impresión, por lo que a mí respecta, de haberme colocado en el límite extremo de significatividad de un discurso político de clase. Pero quien me hostigue críticamente, quien me lleve la contraria, quien me acuse, debe, a su vez, asumir la responsabilidad de ser partícipe de la monstruosidad del desarrollo del "socialismo", de sus ilícitos comercios con las más nauseabundas instancias del modo capitalista de producción. Sólo reconociéndome otro, sólo insistiendo en la totalidad radical de mi diversidad tengo la posibilidad y la esperanza de la renovación.

Por otra parte, en la afirmación de esta radical ruptura metódica estoy en buena compañía. La continuidad de la historia del movimiento obrero revolucionario es la historia de su discontinuidad, de las rupturas (35) radicales que en el mismo se han producido. El movimiento obrero revolucionario renace siempre de una madre virgen. Las putas de la continuidad se encuentran siempre en los institutos de historia del movimiento obrero. Pero, por fortuna, también la historiografía militante está renaciendo al ritmo de las rupturas del movimiento, y realmente no nos asusta presentamos, ni siquiera en el plano historiográfico, como el "otro movimiento obrero". De este modo, la condición metódica de ruptura radical inicial que consideramos fundamental para la renovación de la práctica social proletaria, resulta corroborada por la amplia documentación, de la que no nos interesa la cantidad sino la intensidad. Cuando K.H. Roth (L'altro movimento operario, Feltrinelli, Milán 1976) o Gisela Bock (La formazione dell'operaio massa negli USA, FeltrineIli, Milán 1976) describen las formidables vicisitudes de la continua destrucción de las organizaciones tradicionales por parte de la clase obrera en lucha, no están en absoluto animados por un espíritu iconoclasta: se limitan a insistir en la diferencia radical e irreducible del movimiento revolucionario. Y este punto de vista podría recordarnos otras experiencias revolucionarias del proletariado, experiencias triunfantes y, por ello, irremediablemente traicionadas.

Tengo que asumir, entonces, esa diversidad radical como condición metódica de la propuesta subversiva, del proyecto de autovalorización proletaria. Pero, ¿y la relación con la totalidad histórica? ¿Con la totalidad del sistema? Llegamos así a la segunda consecuencia metódica: mi relación con la totalidad del desarrollo capitalista, con la totalidad del desarrollo histórico, está garantizada exclusivamente por la fuerza de desestructuración que el movimiento determina, por el sabotaje total de la historia del capital que el movimiento lleva a cabo. Sólo puedo leer la historia del (36) capital como la historia de una continuidad de operaciones de reajuste que el capital y su Estado ponen en funcionamiento contra una continua ruptura, contra una permanente provocación a la separación que el movimiento real del proletariado determina. El estado de cosas presente se forma sobre la continuidad de una destrucción, de una abolición, de una superación determinada por el movimiento real. Me defino separándome frente a la totalidad, defino la totalidad como lo otro, como esa red que se extiende sobre la continuidad del sabotaje histórico operado por la clase.

Y por consiguiente tercera implicación metódica no hay ninguna homología, ninguna posible traducibilidad inmediata de lenguaje, de lógicas, de signos, entre mi realidad de movimiento y el cuadro total del desarrollo capitalista, sus contenidos, sus finalidades.
Detengámonos un momento y retomemos el discurso por otro lado. Obviamente, sea cual sea el punto de vista que se adopte, el nudo fundamental sigue siendo el existente entre proceso de autovalorización y efectos de desestructuración. He llevado al límite este nexo y lo he identificado con la separación. He insistido en primer lugar, recalcando una experiencia de movimiento, en el elemento subjetivo. Si ahora abordo de nuevo la cuestión desde un punto de vista objetivo, desde el punto de vista del
Estado-crisis, las consecuencias no varían. Cuando el Estado, ante la crisis de funcionamiento de la ley del valor, la reintroduce forzosamente, mediando la propia forma de relación de capital y la forma-mercancía en general, él mismo registra efectivamente la crisis de cualquier función homóloga. La fuerza no sustituye el valor; sólo adopta su forma. La reintroducción forzosa de la ley del valor frente a su crisis, la imposición de su (37) vigencia en forma modificada, no colma el vacío de significados que el poder está obligado a registrar. El Estado-crisis es un poder que se asienta sobre el vacío de significados, una lógica de fuerza-lógica ella misma desestructurada. Esta lógica, esta forma crítica son como "esa noche en la que todos los gatos son pardos": es decir, que la perfecta conexión de las partes ni siquiera roza a la significatividad del conjunto. La intervención del Estado sobre la totalidad es puramente negativa, en términos de significado. El reino de la total alienación es el único contenido posible de esta capacidad de crear proyectos. La totalidad está vacía, está estructurada como desestructuración, como radical carencia de valor. Se hace, pues, evidente, qué es lo que significa, en este contexto, carencia de homología. Todos los elementos del conjunto se unifican técnicamente, sólo pueden estar juntos en su intraducibilidad, en la forma de una relación forzosa. Ni una aproximación historicista ni una proyección iluminista son pensables a este nivel. También desde el punto de vista objetivo el sistema se presenta, pues, y no puede sino presentarse, como desestructurado.

La confirmación que una consideración del aspecto objetivo de la situación proporciona al análisis subjetivo no tiene, sin embargo, su extensión lógica ni la entidad suficiente para sustituirlo. No es posible remontarse de la constatación de la desestructuración como efecto al proceso de autovalorización como causa. Esto es particularmente evidente en la analítica de Foucault y en particular en el tratamiento metódico de La voluntad de saber, que, sin embargo, no deja de llamarme la atención por la tensión que revela hacia la productividad, la creatividad de una incógnita, situada más allá del horizonte cognoscitivo. Esto es en fin, más que evidente, escandaloso, en las subrepticias (38) tentativas de reintroducir un sentido conclusivo en el horizonte desestructurado, en todas aquellas tentativas que, tanto si siguen una dirección humanista como si se plantean simplemente en términos de Wille zur Macht, se configuran a partir de la correcta constatación de la ciega objetividad del desarrollo del sistema del capital. (Acerca del Krisis de Cacciari [Feltrinelli, Milán 1977] véase mi recensión en el n.° 155-156 de Aut-Aut). Pero esta homología subrepticiamente reintroducida, esta "revolución desde lo alto", en ausencia de toda significancia radical, no son, como queda claro con todo lo que llevamos dicho, más que un embrollo.

Sobre la base de estas consideraciones, me veo llevado de nuevo a admitir la superioridad de la hipótesis subjetiva, inicialmente propuesta, en la explicación de la dialéctica actual del capital. La radicalización del punto de vista subjetivo no niega su validez metódica. Más bien la confirma y la amplía. Me permite, en la articulación entre autovalorización y desestructuración, evitar tanto los límites reduccionistas ya que, en efecto, es la productividad del sujeto proletario lo que estructura la desestructuración, lo que determina a su contrario - como las extensiones dialécticas totalitarias - ya que, en efecto, ya no se dan funciones homólogas de ningún tipo.

La metodología, que quede claro, no resuelve en absoluto el problema con el que nos enfrentamos. A lo sumo facilita el correcto planteamiento de la solución. Ahora bien, sabemos que la propia hipótesis metodológica propuesta requiere la confirmación del análisis de las clases. Sólo la determinación teórico-política de la composición de la clase obrera puede ofrecernos una base segura para establecer sobre ella una hipótesis metodológica como la nuestra. No obstante, las sucesivas aproximaciones metodológicas, (39) sin la pretensión de que sean exhaustivas, nos confirman en la convicción metodológica inicial de que, hoy, la constitución de la independencia de clase se desarrolla, antes que nada, en su separación. Pero separación significa, en este caso, ruptura de la relación del capital. Significa también que, al alcanzar el punto máximo de socialización, la clase obrera rompe las leyes de la mediación . social del capital. La "otra forma de investigación" que Marx (en El Capital, II, I) exige para el análisis de las metamorfosis del capital social total, ¿será entonces una lógica de separación? ¿Será una "Darstellung" basada en la radicalización y en la radicalidad de la subjetividad proletaria independiente, en los movimientos de la autovalorización proletaria en cuanto tal?

Creo que estos interrogantes deben ser considerados importantes para la fase posterior de este trabajo. Sin embargo, ya desde ahora pueden articularse aún más, en un plano metodológico y formal, para constituir el marco en el que desarrollar el debate sucesivo. Veamos. Como se ha dicho, el "estar separado" del sujeto proletario se organiza en la dialéctica entre productividad autovalorizante y funciones desestructurantes. Sabemos que esta dialéctica no produce, de todos modos, efectos de homología y de totalización porque es una dialéctica de la separación. Pero es, y con la misma necesidad, inherente a la complejidad de los acontecimientos que en ella se determinan. ¿Cómo? ¿Cómo se refiere, en particular, la especial articulación del sujeto separado, a la constitución del dominio capitalista? Y en segundo lugar, ¿cómo se realiza, en su radicalidad e intensidad, cómo se lleva a cabo y viceversa el proceso constitutivo de la subjetividad colectiva? En una palabra, ¿cuáles son las leyes que rigen, pese al estar separado y a la carencia de cualquier homologabilidad, los procesos opuestos (40) pero paralelos de la forma-Estado y de la autovalorización proletaria?

Dedicaremos el ulterior desarrollo de este trabajo a responder a estos interrogantes. Pero, en esta etapa de definición de los problemas, podemos añadir aún algunas observaciones más. En primer lugar, en relación al nexo autovalorización/ desestructuración. En la historia del pensamiento y de la práctica socialistas se ha manifestado a menudo con original intensidad el significado de la autovalorización proletaria (Si hay un aspecto en el que la doctrina de Antonio Gramsci debe ser tenida en cuenta, en la actualidad, es éste, pero nunca en términos del "estar separado"; y siempre en un sentido dialéctico respecto a la totalidad. La oposición ha sido sustituida por la correspondencia. En la tradición social-anárquica, esa correspondencia ha sido planteada en los términos de una dialéctica entre centralización y descentralización. No es difícil, pues, para una crítica que se inicia en Marx y que llega hasta la edición del Panopticon por Foucault, demostrar la perfecta compatibilidad entre Proudhon y Bentham. Pero, incluso en la tradición del "socialismo científico", la compatibilidad esta vez no extensiva, entre centralización y descentralización, sino intensiva, entre la particularidad del interés obrero y la generalidad de los intereses de la sociedad, entre socialismo y democracia - la compatibilidad, decimos, entre el proceso de autovalorización y la estructuración productiva de la sociedad es un mito. No han sido Proudhon y Bentham, sino Rousseau y Stalin los padres de esta hermosa síntesis. Personalmente, no tengo nada que ver con los llamados "nouveaux philosophes", pero debo manifestar que me siento un poco desconcertado cuando veo a representantes de partidos históricos de la clase obrera, desde siempre atraídos por el binomio iluminismo/stalinismo productivo (41), ¡insultar a los jóvenes filósofos por haber denunciado esta conexión mistificante! Pues bien, el problema, evidentemente, no subsiste. La autovalorización de clase no tiene nada que ver con la estructuración del capital, y sí con sus desestructuración. Todo el desarrollo capitalista, desde el momento en que la clase obrera se ha estabilizado a un altísimo nivel de composición, no es sino el envés, el calco, la prosecución de la autovalorización proletaria, su acción de defensa, de recuperación, de acomodación a los efectos de su acción, que son efectos de sabotaje de la máquina capitalista. Tiene razón el último Tronti cuando dice que el Estado moderno es la forma política de la autonomía de la clase obrera. Pero, ¿en qué sentido? ¿En el sentido, también para él, de su renovado "socialismo", de compatibilidad y convergencia? Pues no, querido camarada: aquí la metodología de la crítica de la economía política es modificada a partir de la autovalorización proletaria, de su "estar separado", de los efectos de sabotaje que determina. Desde este punto de vista, en particular, hemos de afrontar el análisis de la forma-Estado.

Si en lo referente al nexo existente entre autovalorización y estructura del Estado hemos de obedecer a una causalidad negativa, desestructurante, en lo referente al nexo de la autovalorización respecto a sí misma, en su separación, habremos de seguir otra vía metodológica. En este caso deberemos acentuar las dimensiones sincrónicas del proceso y proponer un análisis adecuado. ¡Pero ni siquiera en este caso hay que recurrir a módulos continuistas, a determinaciones funcionales! Lo que desde ahora mismo puede afirmarse, porque constituye el núcleo sustancial de la propia propuesta metodológica, es que el "estar separado" de la autovalorización proletaria se presenta por sí mismo como discontinuidad, como conjunto de (42) saltos y de innovaciones. El método de transformación social que deriva de la separación autovalorizante del proletariado no tiene por sí mismo nada de la homologabilidad progresiva del iluminismo o del historicismo. Autovalorización proletaria equivale a fuerza para sustraerse del valor de cambio y capacidad de basarse en el valor de uso. La homologabilidad progresiva es propia del valor de cambio. La ruptura, la radicación del uso, el reconocimiento de la propia fuerza productiva eliminan toda posibilidad de una dialéctica resolutiva. La positividad dialéctica del método en la separación de la autovalorización proletaria es completamente innovadora.

III
La forma del dominio

Hemos concluido ya con las premisas polémicas y de método. Hay que entrar ahora en el fondo del asunto. Frente a nosotros, está el Estado; entre nosotros, tal vez dentro de nosotros, está la forma del dominio. Luchar significa conocer la monstruosidad del poder que tenemos delante con la misma evidencia inmediata y del mismo modo que muestra la relación entre autovalorización y desestructuración. Por consiguiente, esta monstruosidad del poder es el efecto, el resultado negativo de nuestra acción, de nuestro sabotaje. "El delito - dice Marx - con sus medios, siempre nuevos, de atacar a la propiedad, reclama también nuevos medios de defensa, desplegando con ello una acción productiva completamente idéntica a la ejercida por las huelgas sobre la invención de las máquinas (K. Marx. Storia delle teórie economiche, Einaudi,Torino, 1954, vol.I.,p.361 ).
No es una paradoja - a Marx no le gusta denominar paradoja ni siquiera a la Fable of the Bees de Mandeville; les deja a los “filisteos apologistas de la escuela burguesa” este placer -, sino una clave de lectura extrema. De hecho, cuanto más saboteamos al Estado, cuanto más expresamos el nexo autovalorización/desestructuración, más feroz, monstruosa, e (44) irracional se vuelve la regla que preside el desarrollo del sistema estatal del capital. Veamos, pues, cómo responden el Estado y el sistema de dominio social al sabotaje social que deriva de la autovalorización y cuál es la lógica que en ellos se expresa - una lógica cuya coherencia interna no excluye la negatividad, una lógica de la desestructuración que nunca podrá sublimarse, sino sólo precipitar.
La reestructuración continua es la respuesta al sabotaje obrero. La reestructuración es el contenido vacío pero eficaz de la forma Estado. Vacío porque no tiene otra racionalidad que la que le presta el sabotaje obrero; eficaz porque la forma de la reestructuración es el mando. Pero la conciencia crítica de la economía política burguesa está obligada a colmar el vacío de su propio proceso con una diáfana racionalidad formal, recuperada y mistificante, al ritmo de las luchas obreras y proletarias. Veamos cómo procede. La evolución de la lógica del mando se ha dado, en la conciencia crítica de la economía politica burguesa, al menos en tres fases, después de la gran crisis de los años Treinta. A cada una de estas fases le corresponde una particular calidad e intensidad de la lucha obrera y proletaria. En otro lugar (en los artículos publicados en Operai e Stato, Feltrinelli, Milán 1972) he indicado las características fundamentales de la época keynesiana. El control de la lucha obrera tuvo que hacerse en este caso en términos globales. A la formación y a la lucha del obrero-masa, Keynes había contestado por medio de una total adecuación de la oferta - en términos progresivo - a la demanda. Pero Keynes se había movido en el ámbito de una proposición política pura y general, había insistido en el tren total. Cuando el tren contradice al proceso cíclico (porque la conflictualidad obrera no respeta los equilibrios finales) el Estado Keynesiano entra en (45) crisis. ¿Quién manda en la crisis? La clase política keynesiana trata de inventar un "political trade cycle", trata de formar "intermediates regimes"; de hecho, el control comienza a escapársele paulatinamente, las dimensiones del control ya no se adecuan a las de la conflictualidad obrera y proletaria. Se abre así una segunda fase. Junto a los "progresos" teóricos que llevan a Sraffa y a sus colegas a la disolución de las categorías totales del Capital, más concretamente se observa que la lucha obrera tiene una continuidad discontinua, que su aparente continuidad es la resultante de infinitas emergencias individuales: la ciencia económica y política de la reestructuración debe someterse a esto. Ya no es posible fingir equilibrios macroeconómicos indeterminados, independientes de las variaciones short-run, de los componentes microeconómicos variables en el interior de los tiempos imprevisibles determinados por la lucha del obrero colectivo. Y es en torno a estas necesidades que se forma la teoría del Estado-crisis: dividir el empuje obrero total, controlarlo en los mecanismos de su acumulación, prevenirlo atacándolo en la composición de clase. Los grandes equilibrios keynesianos son sustituidos por la ruptura interna de la clase, un camino puntualmente orientado hacia las emergencias individuales de clase, una microfísica de la economía política. "El tren a largo plazo no es más que uno de los componentes - que cambia lentamente - de una cadena de situaciones de corta duración", "no es una entidad independiente" afirma Michael Kalecki (Tren and Business Cycles Reconsidered, in "The Economic Journal"; 1968, julio, pp. 263 y ss): por consiguiente, sólo se puede modelar el desarrollo dando cuenta explícita de las interrupciones que se producen en el proceso de producción y reproducción, acoplando la teoría del (46) desarrollo con la de las fluctuaciones cíclicas, incorporando las dinámicas que se van determinando en el nivel microeconómico. Una larga fase de la teoría económica burguesa se desarrolla en tomo a estos presupuestos: Michael Kalecki es su númen tutelar (cfr. Joan Robinson, in "New York Review of Books", 4 de marzo de 1976, pero sobre todo George F. Feiweel, The Intellectual Capital of M. Kalecki, Knoxville, Tennesse, 1975). No obstante, ni siquiera así funcionan las cosas. La teoría del Estado-crisis es, a pesar de todo, una teoría reformista. Confrontándose con la emergencia de la productividad del obrero-masa, persigue el crecimiento de una economía de oligopolios - y en dos frentes, el empresarial capitalista y el obrero-sindical de fábrica (M. Kalecki, Class Struggle and the Distribution of National Income, in Kyklos", XXIV, 1971, pp. 1 y ss.). Pero entre tanto, la lucha ha avanzado, la acción del obrero-masa ha ido afectando paulatinamente a toda la sociedad, el obrero se presenta como "obrero social" - incluso y sobre todo si es obrero de fábrica. Frente al Estado-crisis su reacción todavía es más violenta que frente al Estado-plan: si este último había entrado en crisis por su incapacidad de controlar la cantidad de la demanda obrera, el Estado-crisis se ve obligado a llevar a cabo una autocrítica interna por la extensión, ahora ya socialmente ineluctable y desde el primer momento eficaz de la acción obrera. El Estado-crisis no es sólo una forma de Estado al fin y al cabo reformista, es también y sobre todo una forma de Estado todavía ligada a las dimensiones de la producción directa, al mando de empresa. Cuando el sabotaje obrero afecta, en cambio, a toda la sociedad, a todo el mecanismo de la circulación, obligando, con ello, al capital total a una confrontación acerca de las reglas de reproducción del sistema,(47) en este mismo momento la conciencia de la economía política burguesa, que ya se había consolidado, llega a un ulterior grado de crisis y de disociación.
Es interesante señalar la formación de una tercera fase de desarrollo teórico de la economía política de la época keynesiana. Es una fase en formación, que atesora elementos de crisis de las propuestas precedentes, y que sobre todo intenta adecuarse de un modo más comprensivo a los movimientos sociales de la clase obrera. Ahora, el centro del interés es la circulación. Ni el control global (keynesiano) de la producción ni su control dinámico (kaleckiano) bastan; el problema, ahora es el del control funcional de la circulación, del nexo dinámico entre producción y reproducción. El problema tiempo se hace aquí fundamental: si Keynes nunca se preocupó de las determinaciones temporales de los equilibrios y de los subequilibrios, si Kalecki insistió, en cambio, en la necesidad de determinar el keynesismo a través de la redefinición de los fenómenos en el interior de "time units" individuales, hoy la dimensión temporal se extiende a todo el proceso. Analíticamente es una especie de teoría einsteiniana de la relatividad aquello sobre lo que se insiste, la inserción de otra dimensión en el análisis que relativice los contenidos. Pero se trata de una relatividad muy curiosa: es una relatividad sobre todo temporal, una reducción del tiempo a la indiferencia del mando. Prácticamente, políticamente, se insiste en un mecanismo de análisis capaz de asumir el tiempo de circulación como terreno de la teoría y del control. La totalidad del tiempo de circulación debe ser asumida por el análisis económico, la totalidad del tiempo de circulación debe ser dominada por la política económica: la hipótesis de la simultaneidad de las funciones y de las operaciones en el ciclo no es inicial ni abstracta (a la (48) neoclásica sino operativa y política (a la Milton Friedmann y sus secuaces monetaristas). Las interrupciones kaleckianas del ciclo breve todavía son mediaciones entre tren y ciclo total: aquí la ciencia no hace discriminaciones en la aplicación, no se dispersa en las previsiones, sino que intensifica su atención en cada momento, es una física de las partículas elementales. La ciencia, como los carabineros está en todo.

Que la dimensión temporal sea decisiva en el nexo entre circulación y reproducción y, en general, en la relación incidente sobre la lucha de clase en la reproducción, no son los marxistas quienes deben recordarlo (de todos modos, G. Kay ha llamado muy pertinentemente la atención sobre este problema en Sviluppo e sottosviluppo, Feltrinelli, Milán 1976). Lo sorprendente no es pues el replanteamiento del problema. Lo sorprendente es, más bien, el ímpetu de la propuesta. Los filósofos saben lo problemática que es la dimensión "tíempo": infinitamente subdivisible, infinitamente extensible. La idea de un infinito malo forma cuerpo con la idea de tiempo. Entonces, ¿cómo encontrar conclusiones operativas a la propuesta analítica, cómo concretar el proyecto político? No somos nosotros quienes hemos de responder: nos basta con señalar la indeterminación del proyecto. A nosotros nos corresponde, más bien, señalar que el proceso de desestructuración interno a la lógica de la economía política da en este caso un ulterior paso adelante (véase, a! respecto, el excelente ensayo de A. Graziani de introducción al volumen de R. Convenevole, La dinámica del salario relativo, ahora en "Quaderni Piacentíni", 64, pp. 113 y ss.). En su deseo de seguir el proceso de ataque obrero a las dimensiones generales de la explotación, la economía política burguesa priva a su lógica de toda apariencia (49) de coherencia, se ve obligada a actuar como instrumento técnico sobre las emergencias del poder desestructurante de la clase, se difunde sobre la indefinida discontinuidad del movimiento de autovalorización. La reestructuración del Estado se convierte cada vez en una serie indiscriminada de acciones de control, en un aparato técnico puntual pero que ha perdido toda medida y toda referencia interna, toda coherencia lógica interior.

La feliz conciencia teórica de la parte obrera exulta de gozo. Pero, responsablemente, hay que reconocer el enorme peso de sufrimiento, de inhumanidad, de barbarie que todo ello comporta. Esta manifestación del vacío interno de la reestructuración capitalista, esta sucesiva autodestrucción de los momentos de control capitalista, y este disolverse de la teoría en técnica del poder, aproximan los vencimientos de lucha revolucionaria pero hacen penosa la cotidianeidad de la lucha y cruel la permanencia del capital. (Obsérvese que incluso las posiciones teóricas que viven en el interior del movimiento obrero oficial y que ya no tienen nada que ver con el marxismo - como la célebre teoría de la "autonomía de lo político" - repiten estas afirmaciones burguesas). No obstante, es siempre la acción proletaria lo que determina tales efectos, hasta el punto de que la tensión desestructurante de la lucha incide sobre la propia racionalidad de la reestructuración capitalista, priva a esta racionalidad incluso de sus aspectos formales y deja ante sí un todo desestructurado, represivo, técnico. La modalidad varia y combinada de la acción obrera es respetada en cada uno de los momentos de la reestructuración del capital; la acción del obrero-masa y la del obrero social originan efectos adecuados, en el sentido de una sucesiva desestructuración radical del poder enemigo.(50) No es, pues, casualidad que hoy el gran reformismo capitalista haya llegado a reconocerse, a nivel mundial, en una estrategia terrorista de deflación salvaje (o desinflación, llámesela como se quiera. Sobre la base de la experiencia de la crisis fiscal de las ciudades americanas se ha dicho, con justeza, que estamos frente a una línea basada en una "redistribución regresiva de la renta, de la riqueza y del poder" (véanse los artículos de Robert Zevin y de Roger A. Alcaly-Eden Bodian in The Fiscal Crisis of American Cities, New York 1977). La lógica desestructurada de las compatibilidades económicas debe ser, en efecto, llevada hasta los mismos grupos sociales con el objetivo de destruir toda consolidación proletaria autovalorizante. A todos los niveles. El control generalizado debe profundizarse en todas las articulaciones del proceso de reproducción, debe permitir la destrucción de toda rigidez, debe hacer más fluido el ciclo de la reproducción capitalista. ¡Pero esto es lo que ha sido siempre, ésta es una ley del capital! Cierto. Lo que da su especificidad a la situación actual es la profundidad, la intensidad y la extensión del control. El capital ha sufrido una presión de clase en el terreno social que ha desestructurado definitivamente sus puntos de referencia. El propio mando de empresa está en crisis a este nivel. La reestructuración, a este punto, es pura forma del dominio. Pretende extenderse al nivel de las simples unidades productivas, de cada grupo social de cada individuo. No es pues casualidad que, actuando a esta profundidad y hasta estas dimensiones microeconómicas, el poder ponga de nuevo en funcionamiento - por primera vez desde hace decenios - ¡la ideología de la libertad!

La determinación capitalista que persigue en sus articulaciones la emergencia social de los procesos de (51) autovalorización proletaria y que se confronta con los efectos de desestructuración que éstos comportan, llega de este modo a un máximo de vacuidad lógica: aquí la reimposición de la ley del valor en la reestructuración es una forma de violencia en la medida en que está lógicamente basada en los criterios de la indiferencia. Sin embargo, con ello no desaparece la eficacia del proyecto de reestructuración. La indiferencia se especifica a partir del mando. Si la lucha social de la clase obrera ha impelido al cerebro capitalista a la indiferencia formal, el mando capitalista busca materialmente su especificidad en esta posibilidad. Es importante subrayar este tránsito. Es importante porque con él queda acotado un viraje fundamental en el desarrollo de la forma contemporánea del Estado. El propio proyecto socialdemócrata, que desde los tiempos de Keynes estaba en el centro del interés capitalista en la reestructuración, ahora se subsume a la indiferencia de las posibilidades del capital. Este es tal vez un espléndido ejemplo de cómo la autovalorización obrero y proletaria desestructura una oportunidad del enemigo. El proyecto socialdemócrata se hace inconsistente y la euforia que acompaña al desarrollo de los distintos eurocomunismos es, desde este punto de vista, un poco macabra.

¿Cuál es, pues, en concreto, el centro del proyecto de reestructuración capitalista hoy? ¿Cómo se configura la forma del dominio? La extrema valencia del mando frente a la ley del valor no es una novedad: hoy, lo específico de la reestructuración es la conjugación del mando y de la indiferencia de sus contenidos, de sus articulaciones. Esta conclusión capitalista deriva de la poderosa socialización de! movimiento revolucionario de la clase proletaria, es, el reverso de ésta. En estas circunstancias, la iniciativa (52) capitalista se hace regresiva, debe fundarse en una lógica vacía a la vez que separada. De nuevo, un presupuesto metodológico que nos parece fundamental - el relativo a la separación de los ciclos del capital y de su forma-Estado frente al ciclo de la autovalorización proletaria - resulta verificado. Pero con ello se replantean una serie de problemas. En particular, ¿cuál es hoy no tanto el centro cuanto el contenido específico de la reestructuración capitalista? ¿Cómo se determina esta terriblemente vacía e indiferente, terriblemente débil y feroz libertad del capital?

De momento, sólo puedo afirmar una cosa. Que, desde el punto de vista obrero, llegado a este nivel de conciencia, los efectos de la acción desestructurante que he puesto en marcha, me obligan a enfrentarme de un modo decisivo con la fuerza de estabilización del capital, es decir, principalmente con la fuerza de la que provienen las múltiples indiferentes posibilidades de dominio. Desestructurar el sistema enemigo es, inmediatamente, la necesidad de atacar, de desestabilizar su régimen político.

IV
Segundo paréntesis (sobre el salario)

Me encuentro en una situación teóricamente compleja. Debo demostrar simultáneamente la subordinación de la forma del dominio capitalista al proceso de autovalorización obrera y proletaria y, al mismo tiempo, las determinaciones que acompañan a la separación desestructurada del mando. Este es, efectivamente, el significado de la pregunta que me he planteado: ¿cómo se determina, cómo se especifica la indiferencia del mando. Ahora bien, por lo que respecta al primer punto creo haber introducido ya algunos elementos. Es decir, el preciso momento en que el capital sufre la completa socialización de la fuerza productiva de la clase obrera, los instrumentos (keynesianos y/o kaleckianos) que tenía a su disposición para controlar el enlace entre producción y reproducción en torno a puntos de equilibrio entre la oferta y la demanda, sobre la base de la ampliación de la base productiva y ocupacional, desaparecen. ¿Por qué desaparecen? Porque los mecanismos de reproducción del capital y los mecanismos de reproducción de la clase obrera no actuan ya en sincronía. La autovalorización social de la clase obrera acentúa de un modo antagonístico la cantidad y la calidad de las necesidades obreras, radicaliza la figura de la circulación (54) simple en contra de la reproducción compleja de todas las dimensiones del capital. A este punto, como hemos visto (y como bien insiste Christian Marazzi en Intervento al seminario sulla spesa pubblica, Ecole, Normale Supérieure, Paris, abril 1977, ciclostilado p.9), "la necesidad de hacer frente a los gastos sociales, en la medida en que debe garantizar la continuidad de la producción y de la reproducción de la fuerza-trabajo total, desencadena un fenómeno monetario estatal que, a diferencia del déficit spending keynesiano, debe permitir la simultaneidad de la reproducción capitalista y obrera". No sólo desde el punto de vista monetario, sino en general desde, todos los canales de la administración, debe, pues proceder la posibilidad de reducir a cero las relaciones entre la oferta y la demanda - dada la situación de fuerza de la clase obrera el problema es, por consiguiente, el de reducir su tiempo y su fuerza de reproducción autónoma. La separación del mando capitalista no podría ser más evidente; su desestructuración resalta del hecho de que en la inteligencia capitalista toda adecuación a la articulación determinada por la clase obrera y por el proletariado pierde importancia. En este punto, sólo el mando como capacidad separada de reproducción de sí mismo en tanto que indiferencia, permanece vigente. El capital se ve obligado al sueño de la autosuficiencia. No es casual que en este límite renazcan teorías económicas que parecían sepultadas, teorías de la autosuficiencia del capital y de su moneda, memorias neoclásicas y prácticas monetaristas cuantitativas.

Pero los sueños no son más que sueños: el fastidioso timbre de las luchas no tarda en despertar al dormido. Entonces, el Estado capitalista debe rearticular positivamente la esencia separada de su mando. Cierto, desde el punto de vista teórico y (55) práctico se ha producido un salto, profundo y significativo: la destrucción de los térmimos de valor de la relación capitalista ya no es aquí un resultado, sino un punto de partida, no es ya una herida dolorosamente abierta, sino una voluntad orgullosa y arrogante. En verdad, ¡el Estado capitalista nunca ha sido tan políticamente autónomo! Si la articulación del mando es, de todos modos, necesaria, sus parámetros se basarán en esta separación. La fuente dei poder y de su legitimación no es la ley del valor y su dialéctica, sino la ley del mando y su jerarquía. Obligado a la más radical desestructuración material, el Estado del capital debe reestructurarse idealmente. El libre Estado productivo de la revolución capitalista se reduce a una forma jerárquica, corporativa, a una organización de la apariencia. Esta es la única lógica de la autonomía de lo político. Ni la economía política y su critica, ni el análisis de las clases y de la composición de clase explican ya su realidad desestructurada; ¡sólo la sociología descriptiva puede dar cuenta del fenómeno!

Es el Estado de la renta, de la renta política. El valor absoluto con el cual deben medirse todos los demás valores jerárquicos es el poder político. Sobre la base de este valor absoluto se da una escala de rentas diferenciales, cuyo valor es calculado en función de su mayor o menor distancia del centro, del lugar de producción del poder (además de los trabajos de R. Alquati, véase sobre este tema el artículo de G. Bossi in "Aut-Aut", 159-160, pp. 73 y ss.). El poder es la simultaneidad, el lugar de la perfecta compatibilidad de los mecanismos de producción y reproducción; la circulación debe originarse en él, aceptando su autoridad. La disposición jerárquica, la estructura corporativa, la colocación de los cuerpos separados, todo se articula en función de esta lógica. Las rentas(56)diferenciales son el signo variable de la variabilidad de la inserción en la jerarquía, en la articulación del mando. Esta es, pues, la única forma en la cual puede determinarse la indiferencia. El "Estado de los partidos" y el sistema de la administración pública tienden a garantizar esta especificación de la renta diferencial como contenido y forma del poder político (véase al respecto S. Bologna, La tribu delle talpe, in "Primo Maggio", n. 8, primavera 1977).

Ahora bien, todo esto afecta directamente al trabajo productivo. ¿Qué se entiende por trabajo productivo en el Estado-renta? Se entiende, desde el punto de vista del capital, aquella parte del trabajo social que es sindicalizada, corporativizada, colocada en la separación de la jerarquía estatal. La indiferencia al valor producido, es, desde este punto de vista, similar a la atención prestada a los coeficientes de fidelidad al sistema. El mercado del trabajo es decir, la fuerza-trabajo total en su relativa independencia - es seccionado de acuerdo con los valores jerárquicos que propone el sistema (cfr. Glen G. Cain, "The Challenge of Segmented Labor Market Theories to Ortodox Theory: a Survey", in Journal of Economic Literature, diciembre de 1976). Cierto, cada vez que el mecanismo estatal toca la realidad de la lucha de clases de un modo directo, el juego se hace difícil. En particular, cuando la intensidad del contacto no puede ser mistificada, cuando la atención se dirige al punto de máxima contradicción. Incidir en el mercado del trabajo para dividirlo, para seccionarlo, para jerarquizarlo (cuando es precisamente a este nivel que el trabajo productivo se ha hecho general, "la pequeña circulación" se ha independizado, la reproducción quiere ser autovalorización: cfr. al respecto las útiles observaciones de M. Aglietta, Panorama el nouveaux developpements sur les theories de I'emploi, ciclostilado (57), INSEE, 14/ 1 / 1977, MA/SP, 320/3564) - incidir por lo tanto en esta realidad comporta un máximo de violencia y de mistificación. Porque aquí, en efecto, los dos extremos del proceso que estamos describiendo llegan a comisionar: por un lado, la base material unificada de los procesos de autovalorización proletaria, por el otro, la figura activa, represiva, del poder desestructurado de las luchas.

Vale la pena, por ello, detenerse un momento en esta cuestión central y subrayar algunas de las consecuencias que se derivan de lo que hemos estado diciendo desde el punto de vista teórico de la autovalorización proletaria. Hay dos elementos que resaltan. El primero es que, en este punto, el salario ya no es, en su identidad económica, una variable independiente. Es algo completamente subordinado a la dinámica total del poder, al marco total de la autonomía política del Estado. La sumisión del salario a la jerarquía del mando se realiza en un proceso que es el calco, el revés, la represión de la unidad proletaria en el nivel social. De aquí deriva la segunda consecuencia: el centro de la lucha obrera y proletaria consiste en el reconocimiento de la figura general del salario como coste de reproducción de la unidad del proletariado, de su autovalorización. El problema es político, por los dos lados, aunque, como en este caso, sea evidente la no homologabilidad de significantes en el término "política"; se trata de sentidos completamente, puntualmente antagonísticos, totalmente inversos.

Lo que para el capital es división y jerarquía, para el proletariado es unidad e igualdad; lo que para el capital es sumisión del trabajo, para el proletariado es proceso de autovalorización, lo que para el Estado es simultaneidad de los procesos de producción y reproducción, para el proletariado es desarrollo de la independencia (58) de los propios procesos de reproducción, disimetría discontinuidad. El problema del salario como punto fundamental en tomo al cual gira la relación antagonística del capital, asume, pues, una nueva configuración. La lógica de la separación - que deriva del proceso de autovalorización y que, de una forma desestructurada e ideal, es soportada por el capital - no deja al respecto márgenes de compromiso. No ha sido, pues, una casualidad que la reacción capitalista al desarrollo de la lucha de clases se haya desencadenado ante todo en tomo al problema del gasto público - entendido como terreno en el cual el empuje de las luchas obreras redimensionaba eficazmente y de un modo ofensivo la temática del salario adecuándolo a las instancias fundamentales del proyecto de autovalorización. En la lucha sobre el gasto público, la jerarquización capitalista, la renta diferencial del poder, las mistificaciones corporativas del sindicato resultaban derribadas, mientras que la unidad del trabajo productivo social como base del proceso de autovalorización era exaltada. ¡Esta sí que era realmente una "batalla para la producción"! Le daba a la clase obrera la posibilidad de reencontrar la propia dignidad productiva, unida, fuera y contra los mecanismos de la renta, del parasitismo de Estado que el sindicato y el poder le quieren imponer. Le daba a la clase obrera la posibilidad de fundar materialmente la propia unidad productiva, de oponer la autovalorización a la explotación.

Salario y gasto público constituyen un tema en torno al cual el análisis, la teoría y la práctica de los revolucionarios deberán girar continuamente. Porque el problema del gasto público asume en la ciclicidad discontinua de la lucha de clases, para los próximos años, la misma importancia que tuvo en otro tiempo (59) el problema del salario en sentido estricto. Aquí, de nuevo, conviene no confundirse: en la discontinuidad del movimiento, toda homología está prohibida. Es decir, la temática del gasto público no amplía y perfecciona a la del salario. El problema del gasto público no es el del salario social. Es, en cambio, el reconocimiento, la imposición del reconocimiento de que la unidad del trabajo social, de todo el trabajo social, constituye hoy la única definición de la productividad del trabajo: esta base el capital debe pagarla.

Debe pagarla respetando su cualidad, sus articulaciones, sus determinación. Debe reconocer la independencia de la autovalorización obrera.

Pero, como hemos visto, no es esto lo que sucede. Sucede exactamente lo contrario. Toda la atención del capital se dirige hacia el funcionamiento de la renta diferencial (reestructuración) y hacia la consolidación, en términos absolutas, de su fuente política (estabilización). Ahora bien, el mecanismo de la renta debe ser destruido: la lucha sobre el gasto público es una lucha que apremia a los mecanismos del mando, de la determinación de la renta, y los destruye. Los destruye aumentando cuantitativamente el gasto público hasta el punto de hacerlo incompatible con las proporciones del mando sobre la reproducción, y trastornándolo desde el punto de vista cualitativo, desde el punto de vista de las opciones relativas. Pero no se trata sólo de esto: hay que llevar a cabo incluso una acción directa. Pero algunos grupos obreros, ciertos estratos de la clase obrera siguen ligados a la órbita del salario, a sus términos mistificados. Se puede decir que viven de renta. En cuanto viven de renta, incluso en el interior de las grandes fábricas, roban plusvalía proletaria y se la apropian, participan del racket del trabajo social del mismo modo que sus (60) patronos. Estas posturas - y sobre todo la práctica sindical que las alimenta - han de ser derrotadas. Vencidas incluso por medio de la violencia. ¡No será la primera vez que un grupo de parados entra en la grandes fábricas y destruye, junto a la corrupción de la aristocracia, la arrogancia de la renta! De este modo actuaban los parados ingleses en los años veinte, por ejemplo (véase N. Branson y M. Heinemann, Britain in the Nineteen Thirties, Panther, London 1973) y con razón. Sin embargo, en este caso no se trata simplemente de parados. Aquí se trata de todos los protagonistas de la producción social de valor que rechazan la operación de destrucción de su unidad llevada a cabo por el capital: los obreros de las grandes fábricas han de ser reconducidos a este frente de lucha. Esto es fundamental. La mayoría social del proletariado, de la fuerza-trabajo socialmente productiva debe imponer el tema y la práctica de la unidad, proponiéndola de nuevo a los obreros de las grandes fábricas. Las vanguardias de masas de las grandes fábricas deben luchar, unidas al movimiento proletario, para destruir en las fábricas la parasitaria inmundicia celebrada y garantizada por los sindicatos. Esto también es fundamental. Se trata efectivamente, del proyecto, vivo y eficaz, de la autovalorización obrera: Que rechaza y ha de destruir la vacuidad de la lógica rentiére del capital y de todos sus aparatos. Con ello, y me parece estar oyendo a los chacales que lo dicen, no se afirma que el obrero de Mirafiori no sea un explotado: ¡esto es lo único que les interesa leer a tos chacales cuando se ponen a polemizar! Se afirma que el "partido de Mirafiori" debe vivir hoy la política de la mayoría proletaria y que toda posición limitada a una obviamente necesaria lucha de fábrica, es vana si la propia lucha no está ligada a la mayoría proletaria. (61) La lucha de fábrica debe insertarse en la mayoría proletaria.

El lugar ocupado por el salario en la continuidad de las luchas proletarias se extiende hoy a la lucha sobre el gasto público. Sólo esta lucha posibilita plenamente el autoreconocimiento proletario, fija las bases de la autovalorización y ataca directamente la teoría y la práctica de la renta. Por otra parte, fa práctica capitalista de la renta política es íntimamente frágil, y lo es porque es completamente ideal. Aquí el problema ya no es el de la renta diferencial sino el de su fundamento político. Ahora bien, este fundamento "absoluto" es él mismo ideal, es el momento de imputación de todo el mecanismo del desarrollo capitalista en la medida en que éste ha registrado la crisis de la ley del valor. Por consiguiente, se trata de un límite de una voluntad de mistificación total del sistema de la explotación. Cuando Marx crítica la "subvalorización" ricardiana de la renta absoluta, admite, sin embargo, que, tendencialmente, deberá desaparecer. La "sobrevaloración" ricardiana de la renta diferencial se convertirá, entonces, en estas condiciones, en algo plausible. Pero aquí nos encontramos ya en una situación en la que la supervivencia de los momentos absolutos de la renta ha cedido respecto al desarrollo de la socialización capitalista, al predominio global del modo de producción capitalista. La reaparición de la renta no tiene aquí ningún criterio de verosimilitud, ningún fundamento material. Es un fantasma. ¿Entonces? El Estado-renta desarrolla dos mistificaciones: primera, la que vincula la renta diferencial y su mecanismo a una genérica emergencia de la ley del valor (que, como sabemos, se ha transformado, en cambio, en la forma del mando); segunda, la que quisiera considerar el carácter absoluto de la renta al nivel de las raíces mismas del (62) poder, como su condición fundamental. Se trata una vez más de una pura y simple mistificación: aquí no se expresa una necesidad histórica ligada al periodo de desarrollo de la ley del valor, se expresa solamente el límite extremo de mistificación, de forzosa reimposición de una ley a un mundo proletario que de lo contrario no sería dominable - y de todos modos, causa, en su movimiento, de esta extrema disolución del concepto mismo de poder. ¡Basta ya, entonces, de fanfarronadas acerca del nexo entre Lenin y Max Weber! Aquí, como en el pensamiento de Lenin, el pensamiento y la práctica van en sentido opuesto, la libertad obrera y la indiferencia burocrática son polares, racionalidad la primera, irracionalidad la segunda, lucha la primera y mera formalización de la renta la segunda (a menos que los "autónomos de lo político" tengan una concepción del poder digamos unidimensional, ¡como la de los "nouveaux philosophes"!.

La indiferencia del mando se especifica, pues, en una especie de práctica política de la renta que tiene su fundamento absoluto en la autoridad política y su elemento diferencial en el sistema jerárquico. Esta situación determina una concepción (y una realidad del sistema salarial que se hace radicalmente distinta frente a las experiencias de lucha por el salario llevadas a cabo en otras épocas históricas por el otro movimiento obrero.

Hoy, en efecto, la lucha por el salario no puede ser sino inmediatamente política, general e igualitaria. El terreno privilegiado sobre el que se mueve es el del gasto público, el de la reproducción total autovalorizante del proletariado. Este terreno debe ser reconstruido con los obreros de las fábricas, esta lucha debe reunificar el terreno proletario. Y puede hacerlo. Por otra parte, no hay alternatíva: mejor dicho, la única (63) alternativa es la de la subordinación, la de la caída en el torbellino de la desestructuración, el (abandono en la destrucción) dejarse ir a la autodestrucción.

V
... y Nietzche fue al Parlamento

Hubo un tiempo en que estaba vigente la "teoría del salchichón": los reformistas se propongan conquistar el poder del mismo modo que se corta el salchichón: a rodajas. Desacreditado este chiste culinario, restaurada la concepción del poder como totalidad, hubo quien pensó que el poder podía ser conquistado como se capturan los pájaros, según un refrán popular: poniéndole sal en la cola. Tenía buenos motivos estructurales para pensarlo: una estrategia pacífica que registrase la socialización de clase, si era cautelosamente administrada, no podía más que determinar una relación de fuerza tendencialmente siempre más favorable a la clase. Que el poder de la burguesía fuese un muy maligno pajarraco, nada dispuesto a tratar con los laboriosos pajaritos, es algo que no se dice en esta fábula. Que la paz no pudiese considerarse como una condición, sino que debiese ser impuesta, que en la dialéctica de su determinación el malo pudiese imponerse continuamente a la buenos, tampoco lo recordaba la fábula, aunque ese concepto forme parte de los arquetipos esópicos de la fabulistica. Que, en fin, la autovalorización obrera fuese por sí misma desestructurante y desestabilizante respecto al poder capitalista, esto justamente no (66) se podía decir, ya que en este caso no se habría podido jugar a las fábulas.

De todos modos, el punto que nos interesa exclusivamente es éste: la relación entre autovalorización y desestructuración. El reformismo niega radicalmente este sentido de la relación, y afirma en cambio la coherencia entre autovalorización y desestructuración. La valorización, para el reformismo, es unívoca: no hay más que la valorización capitalista. El problema es cómo dirigirla. Lo demás es utopía. El eurocomunismo se propone como representante de la clase obrera desarrollada, como partido mediador entre el proceso de autovalorización proletaria y la reestructuración del capital. El eurocomunismo es el partido de la reestructuración, es el partido de la síntesis entre autovalorización proletaria y valorización capitalista. Tras haber recogido del fango las banderas democráticas que la burguesía había dejado caer, el eurocomunismo se dispone a recoger las banderas del desarrollo económico que el capital había desestructurado. No hay, pues, discurso sobre el poder que no se organice sobre el virtuoso círculo de la reestructuración. En cuanto a las finalidades, están clarísimas: extensión consciente del modo de producción capitalista a toda la sociedad y su gestión centralizada, es decir, "socialista". Ahora bien, nuestro propósito no es el de demostrar que este proyecto sea pérfido y sucio. Creemos que es posible demostrar que es imposible, que no es deseable porque no es realista, sino mistificado. Creemos que es posible demostrar que la clase obrera se mueve, a medida que va socializándose, en términos cada vez más antagónicos a este proyecto. La batalla inicialmente se produce tan sólo entre lo verdadero y lo falso, más tarde se extiende a todos los demás horizontes. Para concluir, creemos (67) que es posible demostrar que el eurocomunismo, al moverse en este terreno, no presenta ninguna, alternativa al desarrollo capitalista, y no sólo esto sino que constituye la representación de una catastrófica subordinacion de la clase al capital, un elemento frágil y transitorio de la forma-Estado del capital.

Por lo tanto, autovalorización y reestructuración. En realidad, afirmar la compatibilidad o el antagonismo de estos dos términos no es sólo una cuestión de hecho. El eurocomunismo representa una novedad respecto al marxismo no porque niegue las condiciones empíricas del proceso de autovalorización, sino porque niega su carácter obrero y proletario, su potencial radicalmente antagónico y su relevancia política.

El carácter obrero y proletario. El eurocomunismo no emplea el término autovalorización, sino el término "hegemonía". Por medio de este término, interpreta los procesos de socialización de la clase obrera como tendencialmente encaminados a una supresión de la clase en la sociedad. Sustituye, por ello, la terminología marxista y clasista por una terminología hegeliana y populista. De este modo, el eurocomunismo desplaza el discurso del terreno de la lucha de clases, de la reproducción, del trabajo productivo, es decir del terreno de la composición de clase, al de la "sociedad" genéricamente entendida y al de la política como complejo de instituciones. Con ello, el término autovalorización pierde la significación de la terminología de clase: el terreno de la autovalorización proletaria es, para el eurocomunismo, un terreno marginal, significativo sólo en función de la reconstrucción de una totalidad social.

La negación del potencial radicalmente antagonista de los procesos de autovalorización obrera es la (68) consecuencia dinámica de la primera negación. La autovalorización obrera y proletaria, aun cuando se dé en el límite de la pura emergencia fenoménica, sólo puede expresarse dinámicamente por medio de la síntesis social. Esta síntesis es la determinada por la sociedad del capital. No se trata, pues, de un antagonismo, sino de una dialéctica orgánica y funcional entre las clases, cuyos términos de resolución son producidos por la relación de fuerzas y por las compatibilidades del interés general. El interés general es el desarrollo del capital.

Finalmente, entonces, la relevancia política de la autovalorización obrera sólo podrá ser restaurada por una función general, externa, que discrimine las funciones en el proyecto de la globalidad del desarrollo. Inmediatamente, a la autovalorización obrera y proletaria, aún en el caso de que se dé en el, límite extremo de la fenomenología de la producción no puede atribuírsele ninguna relevancia política: sus movimientos no contienen una generalidad, su carácter separado es políticamente mediatizado por medio de la sociedad, el particularismo de su interés se articula con la generalidad del desarrollo del capital.

De la negación a la afirmación. Sólo la reestructuración - añaden y concluyen los eurocomunistas tiene la posibilidad de restaurar las condiciones formales de la autovalorización proletaria en el interior del mecanismo capitalista del desarrollo. La reestructuración reorganiza la razón del desarrollo capitalista y la estructura en relación a las necesidades proletarias: va, pues, de lo general a lo particular y sólo de este modo puede dar significado a las emergencias proletarias marginales. Sólo destruyendo la angulosidad antagonista del interés particular en la vía que , lleva a la centralidad de la función de reestructuración sólo de este modo podrá ser resarcido económicamente (69) - pero de un modo distinto, orgánico, compatible con el desarrollo - el interés particular proletario. El cerebro social obrero - continúan los reformistas - es el centro del proceso de reestructuración: niega el economicismo de sus estímulos transformándolos en línea política, niega la línea política plasmándola en fuerza dirigente del capital. En las versiones más refinadas, la insistencia del eurocomunismo sobre la centralidad de la función política de la reestructuración respecto a los mecanismos de autovalorización alcanza una extrema esencialidad: el formalismo funcional, weberiano, nietzscheano, de la tradición burguesa es recuperado y convertido en instancia de control proletario, en pura autonomía de lo político obrero.

Creo haber hecho justicia al eurocomunismo al exponer su teoría en estos términos. En realidad, la oposición es tan neta que de poco vale recurrir a la polémica. Como se ha subrayado a menudo, de hecho, más que la desfiguración del marxismo que Lleva a cabo esta concepción, es la realidad del movimiento lo que la niega. Por autovalorización entendemos la alternativa que en el terreno de la producción y de la reproducción pone en marcha la clase obrera al apropiarse del poder y al reapropiarse de la riqueza, en contra de los mecanismos capitalistas de acumulación y desarrollo. Pero precisamente cuando el proceso de autovalorización proletaria ha comenzado a invadir el terreno de la socialización de la producción y el de la circulación de las mercancías (cada vez más imbricado en el mecanismo de la reproducción capitalista); precisamente cuando esta extensión de los procesos de valorización se ha llevado a cabo (comportando modificaciones esenciales inherentes al concepto de trabajo productivo), la posibilidad misma de considerar valencias antagonistas (70) o generalizantes (el partido, el cerebro obrero, la autonomía de lo político) fuera del propio proceso de autovalorización desaparece. Es muy cierto que a ritmo de la socialización obrera la sociedad capitalista ha sido permanentemente reestructurada: infraestructuras, servicios, educación, políticas asistenciales y urbanísticas, etc., se multiplican y determinan un contexto cada vez más amplio de procesos de autovalorización. Pero precisamente este proceso muestra las características de la autovalorización, porque reproduce, en su interior, a medida que se extiende, las características antagónicas del poder obrero.

La lucha obrera impone una reorganización social, una reestructuración capitalista. Esta reestructuración debe adecuarse a una serie de necesidades impuestas por las propias luchas. La cantidad y calidad de las luchas determinan las reformas. Pero estas reformas siguen siendo capitalistas y el efecto de la lucha obrera sobre las mismas es doble: reanuda la lucha en el interior de este tejido reestructurado y - por medio de la sucesiva extensión y generalización de la lucha - desestructura el mando capitalista incluso a este nivel, incluso en esta extensión. La autovalorización obrera no halla su continuidad en la reestructuración; en la reestructuración ve solamente un efecto de su propia fuerza, un aumento de sus posibilidades de ataque, una extensión de su propio poder para desestructurar totalmente al capital. No hay, pues, mediación política posible a este nivel, ni en términos institucionales, ni en términos de reestructuración económica. El eurocomunismo, desde este punto de vista, se equivoca: pretende una continuidad con los procesos de autovalorización que no existe, y en consecuencia se ve obligado a mistificar y a combatir el movimiento efectivo de autovalorización tal como (71) realmente se expresa, como potencia de desestructuración.
No es casualidad, entonces, que incluso las posiciones que, en el interior del eurocomunismo, han pretendido llevar a cabo una correcta mediación institucional de los procesos de autovalorización, hayan terminado siendo presas de las ilusiones de la mediación. De las luchas de fábrica a las luchas por las reformas, se ha dicho; después, de las luchas por las reformas al compromiso con la reestructuración de la iniciativa capitalista, del Estado. ¿Era una continuidad necesaria? Sólo en la vía de la mistificación. En efecto, vimos al cabo de poco tiempo cómo estas almas cándidas volvían a la fábrica: la continuidad que conducía "de las luchas al Estado" se había invertido necesariamente. Ahora hablaban desde el punto de vista del estado y el contenido antagonista de las luchas obreras de fábrica, de las luchas por las reformas, estaba totalmente subordinado a este punto de vista. Los procesos de autovalorización se veían como "funciones" del Estado capitalista.

Fijémonos, por el contrario, en el punto de vista obrero. Se extiende de la fábrica a la sociedad, le impone al capital la organización del trabajo productivo social, reanuda en este campo una lucha continua, cada vez más eficaz. Al valorizarse socialmente, la clase obrera desestructura al capital y más lo desestructura cuanto más el capital se ve obligado a ampliar su control directo sobre la sociedad. En este marco, la acción del reformismo y del eurocomunismo es un elemento de la forma-Estado del capitalismo. Lo es, sin embargo, de una forma deteriorada y subordinada. No consigue producir efectos, no logra hacer valer las razones de la autovalorización en el interior de la reestructuración capitalista. Está preso de una racionalidad desestructurada de imposible traducción. (72) Está, por consiguiente, preso en la indiferencia del poder, en la trascendencia de su unidad. El ritmo contractual que es propio del reformismo se diluye en la trayectoria de la renta, sólo puede conquistar credibilidad en la forma del corporativísmo. El compensación, la subordinación no aceptada se transforma en mistificación, la mistificación en mala conciencia, en voluntad mistificada, la voluntad mistificada en represión de las luchas, en terrorismo contra los procesos de valorización obrera y proletaria. En este punto, reformismo y eurocomunismo han obtenido el derecho de presentarse y de sentirse partícipes de la forma-Estado del capitalismo. ¡Pero a qué precio! Germania docet.

Pues bien, nos gusta este Nietzsche en el parlamento. La situación es tal que cada caída de la mistificación es una victoria obrera. Frente al ímpetu y a la fuerza de los procesos de autovalorización obrera, las coaliciones que han determinado la forma-Estado del tardo-capitalismo están necesariamente cediendo al antagonismo obrero. Oligopolios, sindicatos, "clases medias" han dominado durante medio siglo, y, desde la revolución roosveltiana, el marco de la forma-Estado, determinando sus fundamentos constitucionales en el interior del mundo occidental. La clase obrera se emancipa de las instituciones imponiendo una inversión continua en el gasto público que es ya, pura y simplemente, apropiación, prueba de poder, desestructuracíón del enemigo. La respuesta capitalista es la desinversión y la huída del enfrentamiento con la clase. No hay alternativa a la caída de la tasa de beneficio, en esta situación: sea cual sea el camino que se siga, el de la defensa y el mantenimiento de la ocupación o del gasto público, de todos modos la tasa de beneficio disminuye (W. Nordhaus, The falling share of profits, in "Brookings Papers on Economic Activity" (73), n. 1, 1974). Pero si no hay alternativa a la caída de la tasa de beneficio, este espacio será ocupado por la iniciativa obrera: desestructurante siempre, en este caso será también desestabilizante de los equilibrios políticos del poder. Los proletarios no carecen de cinismo destructivo, aunque sean pocos los que conozcan a Nietzsche.

Autovalorización-reestructuración: esta relación sobre la cual se basa toda dignidad residual del reformismo y del eurocomunismo se presenta débil desde cualquier punto de vista, sea desde el punto de vista obrero, sea desde el capitalista. Desde ambos, la relación se presenta como una relación antagónica. Y sin embargo, en nombre de la eficacia que el poder concede a la mistificación, puede formar parte de la forma-Estado. ¿Hasta qué punto? Desde el momento en que su función es puramente subordinada, el punto será establecido por la lucha entre las clases, entre las dos clases en lucha en tomo a la cuestión del poder. Por ahora, reformismo y eurocomunismo viven la vida opaca de la subordinación en el marco de la forma-Estado del capital. Corporativismo y parasitismo son las características de su existencia.

EL SABOTAJE OBRERO

VI
El sabotaje Obrero
Ya no tenemos nada que hacer

Autovalorización y sabotaje. Una frase como ésta es propia de un Procurador cualquiera, de la República basada en el trabajo. Probablemente. Pero el problema es más interesante. Es el de la reversibilidad, de la completa traducibilidad entre autovalorización y desestructuración. Es la potencia negativa de lo positivo y su recíproco lo que está en juego.Sin embargo, antes de entrar en este juego, que es totalmente subjetivo, preferiría concluir la parte objetiva, sobre la forma del dominio, del discurso. Concluirla añadiendo simplemente un adjetivo a lo que hemos venido diciendo del eurocomunismo: el reformismo es infame. Su infamia reside en la posición estructural que le confía la forma-Estado. Centro de la mistificación, centro y motor de la organización del consenso, y por consiguiente de la represión contra la oposición, real y posible. La infamia es un pleonasmo, una coma y un adorno de una función estructural: no por ello es menos grave. Porque su proyección efectual adquiere, en el carácter espectacular que el régimen le concede, un significado original y general. Es una forma de brutalidad, expuesta a la tentación de convertirse en arrogancia; es una forma de arrogancia (76), expuesta a la tentación de convertirse en terror; es una forma de terror, expuesta a la posibilidad de convertirse en algo cómico. Aquí surge una paradoja: la potencia negativa de lo negativo no llega a hacerse creíble. La represión es increíble. Su espectacularidad es paradójica y ridícula. De veras, ¿por qué Pinochet no se puede intercambiar por Breznev? La risa no es una forma de defensa, sino una definición de como se presenta esta espectacularidad. "Es preciso reír y filosofar" (Epicuro, Aforismo 41 ). Pero cuando empiezas a filosofar te das cuenta de que esta indiferencia es una forma de desprecio. La negación de la autovalorización es infame. De esta infamia te separa un espacio inconmensurable, irresoluble, imposible de ser recorrido. La infamia del reformismo es la medida de esta indiferencia, el rechazo proletario de la represión, de sus órganos y de sus instituciones sólo puede ser total y radical.

Y sin embargo, es preciso reír y filosofar. Pero no sobre la infamia que desprecias, sino profundizando, amistosamente, el discurso sobre los temas centrales, sobre esta sensación que es una forma de conocimiento y entonces emerge la potencia negativa de lo positivo, el sabotaje como función de autovalorización. Estoy, por consiguiente, dentro de esta separación que me une al mundo como fuerza de destrucción. Estoy dentro y siento la intensidad del salto, de la mutación a la que me someto cada vez que me libero por medio de la destrucción. El salto, la mutación, la discontinuidad. ¡Qué tiene eso que ver con Sorel y el anarcosindicalismo! Sólo los imbéciles lo piensan. Aquí no hay organicidad ni mito, aquí no hay generalidad ni improvisación: aquí hay la intensidad de una relación entre riqueza y miseria que no puede solucionarse y que resulta escandalosa por el hecho de que todos los términos se han invertido. Riqueza (77) antes que miseria, deseo antes que necesidad. Hay una separación no casual pero que se expresa en una poderosa voluntad de enfrentamiento, hay una ruptura que lanza continuamente puentes de voluntad destructiva contra la realidad, hay un deseo que consigue convertirse en desesperación. Hay, en suma, una positividad que rige lo negativo. Que lo impone. Y sin embargo, no se sabe transformar en esperanza esta irrefrenable tensión si no es viviéndola. La esperanza es una proyección, es algo continuo, es el postulado de una analogía. Aquí no hay homología de ningún tipo. Aquí no hay utopía ni mito. Aquí no hay Georges Sorel ni Emst Bloch. Aquí hay una riqueza que se enfrenta con sí misma, una desesperación que vence. Miro en tomo a mí, asombrado. ¿Es realmente esto el espíritu del siglo? ¿Es realmente éste el marxismo creativo del que vivimos? Nada revela hasta tal punto la enorme positividad histórica de la autovalorización obrera como el sabotaje; nada cuanto esta actividad continua de francotirador, de saboteador, de absentista, de desviado, de criminal que estoy viviendo. Inmediatamente siento el calor de la comunidad obrera y proletaria, cada vez que me pongo el pasamontañas. Esta soledad mía es creativa, esta separación mía es la única colectividad real que conozco. Ni me sustraigo a la felicidad del resultado: cada acción de destrucción y sabotaje redunda sobre mí como un signo de solidaridad de clase. Ni el eventual riesgo me ofende; más bien me llena de una emoción febril, como si esperase a mi amada. Ni el dolor del adversario me afecta: la justicia proletaria tiene la misma fuerza productiva de la autovalorización y la misma capacidad de convicción lógica. Todo esto pasa porque somos mayoría - no esta triste mayoría que se mide de vez en cuando, cada decenio, entre adultos que se ponen la bata y vuelven a la escuela,(78) sino mayoría, cualitativa y cuantitativa, del trabajo productivo social.

Y sin embargo, todo esto no es suficiente. La violencia auroral, la intensidad emocional que la conciencia de la composición de clase revela inmediatamente, debe articularse, debe vivir el sistema de sus rearticulaciones. Es real, pero insuficiente frente al deseo que la recorre. El paso, el salto hacia adelante, la ruptura, no son el fruto de una acción externa, sino de la tensión que mana y afecta a mi separación.

No, no quiero un programa. Un bonito menú dentro del cual la facilidad de las recetas hace que hasta una cocinera pueda gobernar. El menú siempre es un menú y hasta que no se demuestre lo contrario, quienes comen mejor son los patronos. Lo que exige la tensión separada de clase es una indicación, una vía, un método. No deseo lo otro, más bien quiero destruirlo, mi existencia es su desestructuración; quiero con todas mis fuerzas poseer un método para profundizar mi separación, para conquistar el mundo apropiándome de la red tendida por la autovalorización de clase. Cada vez que salto hacia adelante, amplío mi existencia reflejándola en la colectividad. Cada vez que atravieso los márgenes de la valorización capitalista, me apodero de otro espacio para la valorización obrera. Para el proletariado, el vacío no existe. Cada espacio vaciado por el adversario es cubierto, llenado, ocupado, apropiado, asaltado por una fuerza expansiva que no conoce límites. La relación con el capital no tiene nexos de homología: se vence para sustituirlo. Lo que voy diciendo significa tan sólo lo que digo, en términos de valorización invertida, de violencia, de acción de masas. Eso del hormigueo de la dispersión humanista de las necesidades y los deseos, ni sé qué es. Mi movimiento es constructivo, es material. La fantasía Lleva botas, el deseo tiene violencia (79), la invención es organización. El método de la transformación social sólo puede ser el de la dictadura proletaria, en su significado de lucha por la extinción del Estado, por la sustitución total del modo capitalista de producción por medio de la autovalorización proletaria y su proceso colectivo. ¿Qué les vamos a decir a los profesores de historia que nos contestarán, como ya nos contestan, la irrealidad (pasada) de nuestra voluntad (futura)? Es obvio que hablamos de cosas distintas, es obvio que no nos entendemos porque aquella constelación estelar y este animal no tienen nada que ver, aunque los dos se llamen "osa". Nosotros somos esa realidad animal que se desarrolla, poseemos su misma fuerza, necesidad e irreductibilidad feroz.

Nuestra existencia es colectiva. El método de la transformación social es el método de la democracia y de la libertad dentro del crecimiento colectivo de la autovalorización proletaria. El método de la transformación social es el método de la dictadura y de la exclusión del enemigo. Pero, ¿y después, no lo usaréis contra los vuestros este método de la dictadura? replican nuestros malos agüeros estelares. ¿Y por qué no íbamos nosotros a cometer errores? Es verdad, sin embargo, que oir este consejo de los encubridores del capital produce asco. Sólo podemos contestar que la dictadura es, no puede no ser, haremos todo lo que esté en nuestra mano - hasta jugarnos la vida, como hacemos ahora en la revolución, como haremos luego, en la dictadura - para que sea un proceso colectivo alimentado por la libertad, la autovalorización obrera. ¡Y sin piedad para el enemigo (Sergio Leone, Partitura para una nueva película)! De todos modos, el sabotaje como autovalorización no es, por supuesto, una ley que cesa con la dictadura comunista que vamos a erigir. AI contrario. Se trata de una ley de (80) libertad que va unida, ahora y en el futuro, con la del comunismo.

Volvamos ahora al problema fundamental. Auto-valorización obrera es sabotaje. ¿Cómo se concreta el proyecto? El salto de la determinación fenomenológica de nuestra existencia separada a la expansión de la fuerza del proceso de autovalorización se organiza a partir de un método de la transformación social que es, inmediatamente, un método de conocimiento. El objetivo determinado por el proceso es la exaltación del valor de uso del trabajo contra su sumisión capitalista, contra su mercantilización, contra su reducción a valor de uso del capital. ¿Pero cómo se produce hoy la sumisión capitalista? Se produce a través del mando, de la jerarquía, de la renta. La unidad del trabajo social que la clase obrera ha determinado tendencialmente con su lucha, trata de dominaría y controlarla el capital por medio de la división. El tema fundamental del proyecto comunista siempre ha sido el de la unidad, el de la recomposición de la clase obrera. Hoy el tema de la unidad se experimenta en el problema de la recomposición del trabajo social productivo. Desde este punto de vista, destruir los mecanismos de la renta es fundamental. En los próximos años, en los próximos meses, no se deberá tener miedo a entrar en las fábricas, en cuanto sectores del trabajo productivo social, para imponerles a los obreros de fábrica, comprados, engañados, mistificados por la práctica reformista, el reconocimiento de la centralidad del trabajo productivosocial. Ellos forman parte del mismo, no están ni arriba, ni abajo ni a un lado: están dentro, deben reconocerlo. ¡Deben volver a formar parte de aquella vanguardia del proletariado de la que el reformismo y el eurocomunismo les han expulsado! La autovalorización obrera se convierte en este caso en sabotaje específico de los mecanismos (81) de separación obrera que la forma-Estado ha asumido en su constitución material. Por otra parte, como se ha visto, el propio desarrollo capitalista se encarga ahora, atrapado como está en la mordaza de la desestructuración, de eliminar las razones estructurales de la separación entre los obreros y de darle motivaciones puramente políticas: ¡valga como ejemplo la destrucción de la coalición roosveltiana en los EEUU! También en este caso, sin embargo, es el problema del valor de uso de la fuerza obrera, de su independencia antagonística, lo que debe ser tomado en cuenta. La clave de bóveda del asalto a la organización corporativa de los obreros de fábrica es quizás la imposición de la reducción drástica del horario de trabajo. como posibilidad de reconquistarle a la unidad del proceso de autovalorización momentos de innovación y de fuerza revolucionaria. De todo esto, sin embargo, hablaremos más adelante. Lo que se discute es el objetivo general, no sus determinaciones concretas.
Sin embargo, una vez más, todo esto no es suficiente. He avanzado por el camino de la autovalorización, he reconocido la fuerza y los límites del carácter inmediato de su proceso, he postulado una primera determinación metódica que ven la separación - una adecuada síntesis de libertad y dictadura, he reconocido la determinación actual del proceso en un sabotaje de los mecanismos de división que me conduzca a un más alto nivel de recomposición social del trabajo productivo. Aún no basta. Este método debe producir una sustancia propia, más específica y más general a un tiempo, más determinada y más orientativa.

Ahora bien, ¿qué significa desestructurar al capital? Significa reducirlo a la indiferencia del mando. Por consiguiente, a carencia de "medida", de cualquier (82) frágil relación consigo mismo que no sea la indeterminada voluntad de explotación. ¿Y qué empieza a significar, en cambio, proceso de valorización, entendiéndolo rigurosamente como capacidad de clase para determinar un desarrollo completamente altenativo a la valorización capitalista? Significa tensión hacia la organización racional de este proceso. La más profunda racionalidad de este proceso es, sin duda, inherente a su libertad. Pero esta libertad es material, es organización de un proceso colectivo. ¿Cuál es la ley de este proceso colectivo? ¿Cuál es la "medida" de su materialidad? Todo método incluye una medida, sea cual sea su naturaleza. El problema de la "medida" en el proceso de autovalorización no es otro que el problema del método de la transformación social. Por otra parte, en cierto modo ya hay una medida. Cuando hablamos de desestructuración poseemos una medida en negativo de la caída de la tasa de valor y de control del desarrollo capitalista. Por otra parte, también, cuando analizamos en concreto los procesos de autovalorización proletaria, inducimos, esta vez ya en positivo, una medida: la que corresponde a los espacios arrebatados (y preocupados) al valor de cambio en los procesos de reproducción proletaria. Retrocedemos, en cambio, cuando comenzamos a plantear el problema de la medida en el interior del método de la transformación social. No es un problema nuevo en su formalidad: es la especificación del tema de la transición, si esto es algo más que un aglomerado de refritos. Es un problema completamente nuevo (como subraya, y es uno de los puntos más importantes y menos conocidos de su obra, Alfred Sohn-Rethel en Lavoro intelletuale e lavoro manuale, Feltrinelli, Milán t 977) si volvemos a plantearlo en la potencialidad comunista del movimiento, hoy. Pero cuidado: incluso en este caso el capital demuestra (83) completamente su crisis cuando ya no sabe estructurar (no puede, no debe, a menos que la lucha obrera le obligue a ello) la relación entre cantidad de beneficio y cantidad de valor socialmente útil. Es preciso, pues, avanzar: nos toca a nosotros determinar la medida del valor colectivo en los procesos de autovalorización. Más adelante volveremos a tratar este problema.
Ahora quizás sea preferible concluir este párrafo insistiendo en la consideración, continuamente presente, de que la conexión autovalorización/ sabotaje, así como su recíproca, no nos permite insertarnos en el "socialismo", en su tradición, ni mucho menos en el reformismo o en el eurocomunismo. Hablando en broma, podríamos decir que formamos parte de otra raza. No tenemos nada que ver con el inconsistente proyecto del reformismo, con su tradición, con sus infames ilusiones. Estamos en el interior de una materialidad que tiene sus propias leyes, ya descubiertas o por encontrar en la lucha, pero que en todo caso, son otras. El "nuevo modo de exposición" de Marx se ha convertido en un nuevo modo de existencia de clase. Estamos aquí, inamovibles, mayoritarios. Tenemos un método de destrucción del trabajo. Tendemos a buscar una medida positiva del no trabajo. Una liberación de la asquerosa esclavitud que hace regocijarse a los patronos, que el movimiento oficial del socialismo nos ha impuesto siempre como signo de nobleza. No, de verdad, no podemos llamarnos "socialistas", no podemos aceptar ni un minuto más vuestra infamia. "We are all bastards; / And that most venerable man wich I / Did call m y father, was kno w not where / When I was stamp'd" (Shakespeare). ¡Por fin!

VII
Tercer paréntesis (sobre las fuerzas productivas)

Cuando, ahora hace ya un decenio, preveíamos con claridad que el contraataque capitalista contra las luchas obreras se iba a concentrar en tomo a los problemas de la automatización y de la energía, fueron muy pocos los que se dieron cuenta de lo que iba a significar este paso hacia la reestructuración. Iba a significar - como empezamos a ver hoy - un salto fundamental en la relación "forma del Estado/composición de clase". Con el impulso de la automatización, y los sistemas de control que ello posibilitaba, el capital estaba en condiciones de organizar la fuerza-trabajo social, de llevar a cabo su proyecto de mando por medio de la capacidad de articular, jerarquizar, en todo caso eliminar u obstaculizar las posibilidades de una recomposición de clase como base de la organización revolucionaria. Con la automatización, el Estado capitalista está en condiciones de manipular los mecanismos de lo que hemos llamado la renta diferencial del mando en la totalidad del tejido social de1 trabajo. Pero es sobre todo con la política energética como el capital juega su mejor baza: la de darle un carácter absoluto y monstruoso a su poder, la de consolidar de un modo irreversible por un largo (86) periodo - el mando capitalista, el régimen del beneficio. Con la política energética, el Estado trata de recomponer la renta absoluta del mando.

No vale la pena repetir aquí el análisis, actualmente habitual, sobre las consecuencias que comporta el uso fundamental de la energía nuclear, su utilización industrial generalizada. Del peligro de muerte siempre inminente a sus efectos relativos a la forma-Estado: el ' Estado nuclear" convierte a la energía nuclear en el chantaje fundamental, en la base sobre la cual legitimar la vigencia del mando más desestructurado. No es, por consiguiente, la repetición de esta fenomenología lo que nos interesa. Nos interesa, más bien, el problema teórico que suscita este monstruoso desarrollo entre los marxistas revolucionarios (para un análisis interno de los mecanismos generales de la "criminalidad empresarial", de la "ilegalidad de masas" del capital, puede verse el artículo de Antonio Bevere en el n.° 9 de "Critica del Diritto").

Ahora bien, para el socialismo, el objetivo fundamental es el desarrollo de las fuerzas productivas. La liberación de las fuerzas productivas de las relaciones de producción y de explotación en las que están organizadas, es un proceso interno al propio desarrollo de las fuerzas productivas. Pero el socialismo siempre ha interpretado esta conexión como una conexión cerrada en sí misma, como un nexo necesario e inquebrantable. Pero ahora, ante el Estado-nuclear y la irreversibilidad de los efectos de nuclearización del desarrollo económico, ¿cómo es posible considerar inherente, o simplemente compatible, el nexo entre este potencial de destrucción anti obrera y el ansia de liberación? ¡Qué tiempos aquéllos en los que Lenin podía hablar al mismo tiempo de "Soviets y ferrocarriles", "Soviets y electrificación"! No, aquí ya no hay coherencia ni compatibilidad. Aquí, el capital lo que ha hecho (87) ha sido lanzar contra nosotros la locomotora. Aquí el concepto unitario de desarrollo capitalista se rompe: por un lado, el desarrollo del capital constante se convierte en un desarrollo destructivo; por otro las fuerzas productivas han de emanciparse radicalmente de la relación del capital. La sumisión, por parte capitalista, del trabajo vivo, revela en este punto la existencia de un límite interno infranqueable. La sumisión se convierte en una función terrorista, la síntesis del trabajo muerto y del trabajo vivo, en vez de determinar nuevos valores, produce la posibilidad de la destrucción, inevitable, general, próxima. Nos encontramos exactamente en el terreno indicado por Marx; todo el análisis de Marx, efectivamente, se dirige a señalar el punto del desarrollo en el que los elementos de la síntesis del capital deben necesariamente escindirse, separarse. Por un lado, está el sistema capitalista, presa de su propia desestructuración - que significa poder indiferente, desvinculación absoluta del valor, y por consiguiente, posibilidad (necesidad de destrucción), por el otro están las condiciones para la liberación colectiva del trabajo vivo. Nos encontramos, pues, en el terreno de Marx: pero la actualización de esta tendencia suscita en nosotros una emoción fortísima.

En efecto, es muy cierto que tanto el análisis de la forma-Estado, como la fenomenología de la praxis colectiva (de la subjetividad proletaria y del proceso de autovalorización) nos han introducido en la lógica de la separación. Pero aquí el cruce entre la historia inmediata y la realización de la tendencia marxiana renueva completamente el problema. El límite no tiene una dimensión en perspectiva, sino que más bien revela una transparencia inmediata. Aquella separación que antes he considerado como ruptura metodológica, es corroborada aquí con una plena intensidad (88) histórica y con un límite teórico definitivo. No tendencialmente, sino actualmente: nunca más se podrá atribuir la función de fuerza productiva al desarrollo capitalista; sólo la composición proletaria revela, representa, puede ser, desarrollo de las fuerzas productivas, de la fuerza productiva. El límite tiene un espesor histórico y sólo podrá consolidarse ulteriormente. La dialéctica entre el capital y las fuerzas productivas, la dialéctica entre el capital constante y el variable, se rompen materialmente en este punto del desarrollo. La fuerza productiva se divorcia del capital. El propio marxismo, como teoría del desarrollo de las fuerzas productivas, se aplica sólo a la composición de clase y al proceso de autovalorización proletaria. El marxismo se convierte en una lógica de la separación.

Pero volvamos al hecho, a la emergencia del Estado-nuclear. Desde este punto de vista, como se ha dicho, el análisis de los procesos de desestructuración frente a la ley del valor y a su crisis - propios del Estado capitalista, resulta confirmado. ¿En qué sentido? En el sentido de que la autonomía capitalista de lo político se organiza de una forma irreversible. Obtiene del capital constante una fundamentación de la que deriva un chantaje de destrucción. El terror atómico, pasando del nivel internacional al de la organización interna de los Estados, se insinúa en los mecanismos de administración y de gestión del consenso. La crisis de la ley del valor, su vigencia en la forma del mando, hallan un fundamento material. Un verdadero fundamento material, en términos sustanciales y formales. En términos formales, en efecto, la regla del terror tiene una eficacia positiva de mando que no podía tener la simple referencia por forzosa que fuese - al interés general del desarrollo. Además, el terror presenta otro carácter positivo en la perspectiva del mando: es indiferente, revela la necesidad del (89) orden sin necesidad de especificar sus articulaciones, sus motivaciones o su dirección. En términos sustanciales, el fundamento del mando sobre la posesión del chantaje nuclear tiene también caracteres específicos. Produce una rigidez tanto de la centralización del mando como de las articulaciones jerárquicas y represivas de la sociedad que está, por así decir, en la "naturaleza de tas cosas". El capital constante se convierte directamente en mando función central, absorbente del mando, así como función expansiva, reproductiva del mando. A diferencia de lo que sostienen los más acreditados teóricos del eurocomunismo, !a más alta autonomía de lo político está completamente estructurada por los movimientos terroristas del trabajo muerto. En cuanto a los efectos superestructurales de este desarrollo, es muy fácil producirlos, y los aparatos ideológicos del Estado no tardarán mucho en presentarlos adornados con las más diversas especies: pero ya desde ahora podemos comprender que el horizonte consensual será rechazado hasta Llegar a identificar el orden como equivalente del terror. ¡Sólo en una situación semejante, la figura desestructurada del poder puede Llegar a manifestarse con tanta violencia incluso en la ideología!

Si alguien se abandona al pesimismo, casi parece que habría que compadecerlo. Pero ¿no es acaso el pesimismo una función adecuada a la voluntad desestructurada del Estado capitalista actual? Parece difícil sostenerlo cuando, por ejemplo, los "írouveaux philosophes" atacan la orgía de "progreso y luces" que la vulgata socialista cumplía - ¿y cumple? - en tomo a !a espléndida suerte del desarrollo de las fuerzas productivas sometidas al capital. En la iconoclastia, en la negativa a aceptar el orden pacificado de los grandes regímenes de la producción, en la insinuación destructiva de los valores de la técnica capitalista, se (90) revela una pars destruens fundamental. El odio por el poder despótico que el trabajo muerto quisiera ejercer contra el trabajo vivo, este odio, aunque esté ímbuido de momentos pesimistas, ejerce una función, si no creativa, por lo menos mayéutica. Es una base, es "una interrupción" fundamental en el "espesor de la Historia, en el aluvión de las Instituciones, o en el artíficio de la ley" (véase Glucksmann, o Levy, o Legendre, o Holter o cualquier outro). No cabe duda de que este pesimismo angelical es importante. Eso no quita, sin embargo, que éste sea el aspecto menos importante de la polémica. La figura del pesimismo se adultera en filosofía adecuada al poder desestructurado del capital cuando usa las categorías en el marco de un absolutismo que no es ni dialéctico ni revolucionario. No es dialéctico porque considera al poder "sín adjetivos", no es revolucionario porque, en consecuencia, es incapaz de desarrollar una lógica de la separación. ¡Para las almas bellas, el capital constante sólo puede representar sufrimiento! Es cierto, pero también para las almas sucias lo es. AI margen de la praxis colectiva, como subraya Foucault (Intervíew, in "Les Revoltes Logiques", n.° 4) nuestra resistencia individual (no "la plébe mais DE la pléóe" que está dentro de nosotros) sólo puede ser dialéctica marginal, producto residual de la dialéctica del capital, mistificación eficaz de su poder. Pero he ahí la praxis colectiva que brota, en sus aspectos teóricos y prácticos. Ambos conducen a la lógica de la separación, cuyos momentos más innovadores los representan la autovalorización y el sabotaje. Conducen al momento en que la monstruosa autonomía del poder capitalista se enfrenta - se pone de manifiesto y se desarrolla - con el poder autónomo del proletariado.

La fuerza productiva, toda la fuerza productiva está ya en las manos, en la mente del trabajo vivo. Si la (91) separación y la desestructuración del Estado del capital se han producido, si han alcanzado esta innoble perfección, esto sólo se explica en el marco del resultado explosivo de la dialéctica del desarrollo. Cuando hayan finalizado, se puede averiguar el límite a partir del cual, de su realización, los dos caminos se desarrollan de un modo recíprocamente independiente. Recíproca independencia, carencia de continuidad, de analogía, de homología, de especificidad de mecanismos y modalidades, que no impide que los dos desarrollos produzcan efectos en toda la red en que se inscriben (parafraseo a Foucault, Sorvegliare e punire, Turín 1976, pp. 3-311). Pero este cruce no es indeterminado: su determinación reside en la solución de la lucha entre los sujetos que presiden la separación. Aquí se revela en su totalidad la potencia del trabajo vivo, su activa emancipación actual, su cualidad creativa. ¡Así, pues, no es lógico ser pesimistas!

Al contrario, estos cruces y estas separaciones, esta extrema solidificación de la fuerza productiva en el proletariado frente al entumecimiento, terrible pero desestructurado, de la potencia enemiga, producen una serie de efectos subversivos totalmente determinantes. Cuanto más tiende al totalitarismo el capital constante, en la figura terrorista e irreversible que el Estado nuclear le atribuye, tanto más la separada existencia proletaria se hace socialmente compacta y tiende a hacerse responsable ella misma, en sus propios mecanismos de autovalorización, de todo el trabajo social. Mientras el Estado nuclear está desestructurado y se encuentra condenado a la obstinada indiferencia de su propia voluntad, al contrario, la fuerza-trabajo, socialmente unificada en el proceso de su propia autovalorización, luce un extraordinario vigor innovador. No se trata de una contradicción ni de una oposición equilibrada: se trata del antagonismo (92) del siglo y su solución será el fruto de la actual.

Contemplar la socialización del proceso de autovalorización proletaria equivale a observar un salto cualitativo. Todas tas categorías que, subjetiva u objetivamente, están relacionadas con la del trabajo productivo, se están socializando. Se trata de un cambio inherente a la transformación de la fuerza productiva en posesión exclusiva del proletariado. De ahora en adelante, la fuerza productiva será sólo social. El "nuevo modo de exposición" de Marx está en relación con el nuevo modo de existir del proletariado, unificado en su independencia, socializado en su fuerza productiva. Salto cualitativo: por consiguiente, si se ha producido este cambio categoría, nos encontramos ante una realidad nueva, nueva desde el punto de vista de su sustancia social y nueva en su dinámica propia. Es una fuerza productiva social, una fuerza que cualitativamente emerge del tejido en cuyo interior estaba formándose, recomponiéndose dinámicamente. El resultado es una tensión originariamente nueva, una fuerza común, colectiva. El resultado de la síntesis que ha venido operándose es el comienzo de una fase más avanzada de la transformación social. Hasta este momento, hemos considerado el concepto de composición política de clase de un modo más bien estático. Las condiciones de movilidad que hasta ahora hemos venido definiendo nos ofrecen una perspectiva dinámica, la determinación de un paso ulterior. La reapropiación de la fuerza productiva transforma la composición de clase de resultado que era en motor, de resultante en acción, de efecto en causa.

Este paso se puede calificar materialmente: de fuerza-trabajo a fuerza-invención. Es una segunda especificación del proceso que lleva a la clase obrera y al proletariado a la conquista de su independencia.(93)

Esencia dinámica, tensión interna, proyección activa, por un lado; por el otro, materialidad de esta expresión, capacidad de satisfacer las necesidades proletarias de un modo adecuado, insertándolas en la red productiva de la autovalorización. Este punto es fundamental: definimos la fuerza-invención como capacidad de la clase para nutrir, en la más completa independencia antagonística, el proceso de auto valorización proletaria, para fundar esta independencia innovadora en la energía intelectual abstracta, en cuanto específica fuerza productiva (de un modo cada vez más exclusivo). Los proletarios ya se han hartado de producir con su lucha las máquinas de sus patronos: ahora producen para sí, según la medida del no trabajo y con el método de la transformación social. La materialidad de la fuerza-invención proletaria se refiere a las necesidades que satisface, a los deseos que articula, a la determinación del proceso de reproducción; la especificidad innovadora se refiere a la solución de la multiplicidad de proyectos, al proyecto innovador total, socialmente relevante, central para el proletariado, que pone en marcha. Los patronos tiemblan, sus expertos trabajan para tratar de apresar lo que ellos llaman "calidad de la vida", "organización del ocio" e incluso innovación, en sentido estricto (véanse espléndidos ejemplos de imbecilidad académica in Toward Balanced Growth, a cargo del National Goals Research Staff, Washington DC, US Govemment Printing Office, 1970; G. Becker, A Theroy of the Allocation of Time, in "The Economic Joumal", 75, setiembre 1965; J. Schmooker, Invention and Economic Growth, Cambridge, Mass. Harvard, Oxford G.B. 1966). ¡Buen trabajo! Nunca van a comprender nada, ni siquiera cuando con el sabotaje les peguemos en la cara. La fuerza antagonista, subversiva del proyecto de autovalorización obrera. (94)

No hay que olvidar los efectos "superestructurales" si todavía se puede usar este gastadísimo y equívoco término de esta reapropiación proletaria de la fuerza productiva social y de su transformación en fuerza-invención independiente. Es el sentimiento de superioridad, de orgullo, que atraviesa todas las acciones proletarias. Es sobre todo la determinación irreductible que acompaña a la vida política proletaria. Sólo en la reapropiación de la fuerza-invención, lo personal y lo político se convierten efectivamente en una sola cosa, positiva, abierta y victoriosa. Y no por ello olvidamos la pesadez de la tarea. El simple hecho de que la separación sea la condición de la liberación de las fuerzas productivas, nos muestra una serie de dificultades. Pero, por otra parte, ¿había otra vía posible? ¿Y acaso no es ésta, la de la victoriosa profundización de la propia separación, la de la intensificación de la propia independencia, la de este (¿prometeico?) elevarse por encima de sí mismo; no es ésta, al fin y al cabo, la más deseable de las situaciones? Convencidos repetimos con el poeta: "Poor dead flower! when did you forget you were a flower?/ when did you look at your skin and decide you were an impotent dirty old locomotive? the ghost of a locomotive? the specter and shade of an once powerful mad American locomotive?/ You were never no locomotive, Sunflower, you were a sunflower!" (A. Ginsberg, Howl, 1956).


VIII
El rechazo del trabajo

Ninguna afirmación comunista ha sido violenta y continuamente impugnada, abolida y mistificada por la tradición y la ideología socialista como la del rechazo del trabajo. ¡Si quieres que un socialista se enfurezca, o si quieres poner en evidencia su demagogia, provócalo hablándole del rechazo del trabajo! Ningún otro punto del programa comunista, desde hace un siglo, cuando Marx hablaba del trabajo como "esencia inhumana" (y añadía "no libre y asocial": Uber F. Lists Buch, in Archív-Drucke, 1, VSA, Berlin 1972, p. 25) ha sido tan combatido: hasta el punto de que la excomunión del rechazo del trabajo se ha convertido en algo tácito, subrepticio, implícito, pero no por ello menos potente: el argumento ha sido eliminado. Ahora bien, ha sido precisamente en este terreno indirecto donde la astucia de la razón proletaria ha comenzado a restaurar la centralidad del rechazo del trabajo en el programa comunísta. De la etnología a la psicología, de la estética a la sociología, de la ecología a la medicina, esta centralidad reaparece, camuflada, a veces disimulada con extrañas formas. Sin embargo, está resurgiendo en todas partes y pronto se verán obligados a seguirla como en otros tiempos (96) los curas se vieron obligados a acatar la omnipresente y brujeril verdad del demonio.

Nuestra tarea consiste en la restauración teóríca del rechazo del trabajo en el programa, en la táctica, en la estrategia de los comunistas. En efecto, nunca como hoy, al nivel de la composición de clase que nos viene dada, el rechazo del trabajo se ha revelado tan central, como punto de síntesis del programa comunista. En sus aspectos subjetivos y en los objetivos. El rechazo del trabajo es, de hecho, el fundamento más específico, materialmente determinado, de la fuerza reapropiada en el proceso de la autovalorización obrera.

Rechazo del trabajo significa ante todo sabotaje, huelga, acción directa. Ya en esta subjetimidad radical, revela la globalidad de su comprensión antagonística del modo capitalista de producción. La explotación del trabajo es el fundamento de la sociedad del capital, el rechazo del trabajo no niega un nexo de la sociedad del capital; un aspecto de la producción o del proceso de reproducción del capital, sino que - en su radicalidad - niega la sociedad del capital en su conjunto. No es casualidad, pues, que la respuesta capitalista al rechazo del trabajo no sea nunca una respuesta parcial: ha de ser una respuesta global, en términos de reestructuración, de modo de producción. Desde este punto de vista, los efectos del rechazo del trabajo ejercen una acción productiva directa sobre el modo de producción capitalista. Pero, cuanto más se va socializando y radicalizando, al propio ritmo de la reestructuración capitalista, el rechazo del trabajo, tanto más su "acción productiva" profundiza los aspectos de desestructuración del modo capitalista de producción. La caída de la tasa de beneficio, la crisis de la ley del valor, la rearticulación de ésta en la indiferencia del mando, son efectos directos, si bíen no continuos ni homólogos, del rechazo del trabajo. El (97) efecto continuo se encuentra en la otra cara de la dialéctica del capital: allí donde el sabotaje se revela como valorización de clase y el rechazo del trabajo se convierte en la clave de lectura de la autovalorización. Se convierte en la clave de lectura al menos en dos sentidos fundamentales, lo que da origen a otras consecuencias radicales: en el sentido de que es uno de los contenidos, si no el contenido fundamental del proceso de valorización proletaria; en el sentido en que determina el criterio de medida del método de la transformación social. Veamos primero estos dos significados fundamentales, y después las consecuencias que de ellos se siguen.

El rechazo del trabajo como contenido del proceso de autovalorización. Cuidado: contenido no significa objetivo. El objetivo, la finalidad del proceso de autovalorización es la total liberación del trabajo vivo, en la producción y en la reproducción, es la total utilización de la riqueza al servicio de la libertad colectiva. Es, por lo tanto, algo más que el rechazo del trabajo que, de todos modos, cubre el espacio fundamental de la transición, caracteriza su dialéctica y establece su normativa. Rechazo del trabajo, por consiguiente, es todavía un momento del proceso de autovalorización en su relación destructiva con la ley del valor, con su crisis, con la obligatoriedad del trabajo productivo para toda la sociedad. Que todos tengan que trabajar, en la sociedad basada en la autovalorización, en la fase de la transición, es una norma que concierne al rechazo del trabajo exactamente como le concierne la programación de la reducción del horario de trabajo, del trabajo obligado a la reproducción y a la transformación. Reconocer esta normatividad del rechazo del trabajo equivale a captarlo como contenido del proceso de transición y no como finalidad del proceso de autovalorización; es una forma no de mistificarlo sino de determinarlo (98) en el interior de la lucha de clases en la especificidad de su función constructiva. El rechazo del trabajo es, por consiguiente, el contenido de la estrategia comunista, después de haberse revelado como función táctica fundamental de la desestructuración del enemigo. Los dos aspectos están estrechamente vinculados. La lucha por la desestructuración del capital, y en particular por la desestructuración/destrucción del capital constante en la forma que asume en su última fase, en la madurez del modo de producción capitalista y de su Estado, establece, en efecto, relaciones particulares con la permanencia de la riqueza en su forma capitalista. El proceso de separación de clase choca con la dura constancia del capital, del capital constante. Esta relación no puede ser eliminada, sino sólo dominada en su inmediatez. La fuerza-invención, como transfiguración de la fuerza-trabajo en esta primera fase de la transición, ha de aplicarse a la desestructuración del capital constante. El rechazo del trabajo es su primera arma fundamental, a la que se añade la invención en sentido propio, la determinación cualitativa de un modo de producción no dominado ya por las categorías del capital. Pero el rechazo del trabajo es precisamente fundamental porque replantea continuamente la lucha de clases en el interior del problema de la transición, porque reintroduce en su experiencia la complejidad de la dialéctica liberación/desestructuración. Esto se puede ver también desde otro punto de vista. Cuando la conciencia crítica de !a economía política advierte la actualidad del proceso proletario del rechazo del trabajo, reacciona en términos utópicos o en términos puramente ideológicos. La utopía tecnológica es la negación del rechazo del trabajo en su realidad concreta y una tentativa de atribuir las exigencias que provienen de esta realidad al desarrollo ,tecnológico, a la ampliación del (99) capital fijo y a la profundización de .la intensidad de la composición orgánica del capital. La ideología quietista es la inversión de los términos colectivos de la experiencia del rechazo del trabajo, en la perspectiva de la liberación artesanal, en el aislamiento de la gran aventura colectiva, en el secreto de la conciencia individual o en el intercambio comunitario entre individuos. Bien, todo esto no existe: el rechazo del trabajo es al mismo tiempo desestructuración del capital y autovalorización de clase, el rechazo del trabajo no es una invención que confíe en el desarrollo del capital ni una invención que finja la inexistencia del dominio del capital. No es una fuga hacia adelante (utópica o hacia atrás (quietista, de la conciencial frente a la relación colectiva, única que nos permite introducir una lógica de la separación (colectiva) de clase. La liberación es impensable sin un proceso que injerte la positividad de la construcción de un nuevo modo, colectivo, de producir, sobre la negatividad de la destrucción del modo capitalista de producción. La fuerza enaltecedora y demostrativa del concepto de rechazo del trabajo consiste marxianamente en la duplicidad de las funciones argüidas. En su complementariedad. Está claro que en el proceso de la transición será distinto el peso que irán asumiendo progresivamente las dos funciones. Pero, es peligroso dividir el núcleo fundamental que las produce o fundar homologas entre ellas en su desarrollo alternativo: la historia de las depravaciones socialistas del proceso revolucionario se ha basado siempre en la exaltación de un momento en detrimento del otro, y finalmente ambos quedaban destruidos, la utopía y el individualismo reaparecían, porque Ja praxis colectiva, el contenido unitario del proceso revolucionario, la síntesis de odio y amor, el rechazo del trabajo en su materialidad, habían sido con ello destruidos. (100)

El rechazo del trabajo como medida del proceso de autovalorización. El concepto de rechazo del trabajo es realmente un extraño concepto: ¡constituye la medida de sí mismo y la medida del proceso de autovalorización del que es el contenido¡ Pues bien, sí. Lo permite su naturaleza dialéctica, la intensidad de la síntesis de desestructuración y de innovación por la que está investido. Así, pues, la progresión del proceso de autovalorización se mide negativamente por la progresión de la disminución del tiempo de trabajo individual y total, por la cantidad de vida proletaria vendida al capital. En segundo lugar, la progresión del proceso de autovalorización se mide, positivamente, por la multiplicación dei trabajo socialmente útil dedicado a la libre reproducción de la sociedad proletaria. El odio al trabajo y a la explotación es el contenido productivo de la fuerza-invención, que es la prolongación del rechazo del trabajo. Entender el rechazo del trabajo como medida del método de transformación social significa, para nosotros, un enorme paso hacia adelante. Significa apuntar a la reducción generalizada del horario de trabajo y al mismo tiempo encadenar este paso a un proceso de innovación revolucionaria, teórico y práctico, científico y empírico, político y administrativo, subordinado a la continuidad de la lucha de clases en base a este contenido. Significa la posibilidad de comenzar a replantear parámetros materiales para la medición del progreso obrero en términos comunistas. El problema de la medida de la fuerza productiva, en efecto, no es sólo un problema capitalista: por otra parte, no parece precisamente que en la crisis, en la permanencia de la crisis, de la ley del valor, el capital sea muy capaz de llevar a cabo su automedición. El mando no es una medida, sino una actividad, una energía, un acto de fuerza. Ni el criterio de la jerarquía salarial ni el orden monetario tienen otra lógica (101) distinta a la del mando. La fuerza productiva del trabajo es más sufrida que organizada por el capital: se vuelve contra él como desestructuración. La medida de la productividad del trabajo en términos de rechazo del trabajo conduce a una completa desmistificación del mando capitalista sobre la productividad, niega la posibilidad de una productividad del trabajo que sea al mismo tiempo explotación, introduce una medida que al mismo tiempo desequilibra el sistema. Una medida de la profundización de la intensidad revolucionaría del proceso de autovalorizacíón. En este punto, finalmente, nos habituaremos a considerar la medida, no como una función de la explotación (como hasta ahora ha sido, como los economistas - incluso los de la escuela del valor - continúan pensando: ¡Para que nos fiemos de ellos!), sino como medida de la libertad. Una medida adecuada al trabajo vivo, y no a los fines de explotación y muerte del trabajo consolidado en el capital. Una medida de la cantidad de revolución producida, de la calidad de nuestra vida y de nuestra liberación. El método de la transformación social lo formaremos y lo transformaremos continuamente sobre esta base, sobre esta medida.

La determinación del rechazo del trabajo como contenido y medida de los procesos de autovalorización comporta también, como ya hemos dicho, determinadas consecuencias. Bastará que indiquemos una de fundamental, ya que incide inmediatamente en la composición de clase. Se trata del nexo dinámico que, sobre la base de la práctica del rechazo del trabajo y de sus proyecciones prácticoteóricas, se propone entre vanguardia obrera de la producción directa y vanguardia proletaria en la producción indirecta. Ahora bien, ni siquiera en las más revolucionarias variantes del marxismo teórico, el nexo entre trabajo productivo directo e indirecto ha encontrado nunca su (102) lugar, nunca ha sido planteado en una tendencia que no fuese de carácter meramente objetivo. El capital amplía, integra, desarrolla y recompone socialmente el trabajo productivo en general: ahora bien, en este marco todavía había quien osaba identificar un movimiento de unificación del trabajo directa e indirectamente productívo. Pero si nos situamos en el punto de vista del rechazo del trabajo, podemos reinterpretar estas tensiones derivadas de la lógica del capital e identificar, de un modo complementario y/o antagonístico, un proceso mucho más profundo, dialéctico (y deseable desde el punto de vista de clase) que recorre todo el tejido del trabajo productivo. El rechazo del trabajo es, en efecto, antes que nada, rechazo del trabajo más alienado, y por lo tanto más productivo. En segundo lugar, es un rechazo del trabajo capitalista como tal, es decir, de la explotación en general. En tercer lugar, es una tensión encaminada a renovar el modo de producir, a desencadenar la fuerza-invención. En el cruce de estos motivos la intensidad dinámica del rechazo del trabajo afecta a la globalidad del modo de producción capitalista. Si todo esto es cierto, el intercambio que el capital impone socialmente, y la división que sólo lentamente va desapareciendo entre trabajo directa e indirectamente productivo, se convierte, gracias al rechazo del trabajo, en un tema fundamental. En el rechazo del trabajo reside el reconocimiento del intercambio entre trabajo directa e indirectamente productivo, porque hay en él una tensión destructiva (del trabajo más explotado y al mismo tiempo de su reproducción social) que es totalmente unitaria. Aún más: el interés obrero debe negar los velos que tiende el Capítal sobre la unidad del trabajo social, y, por el contrario, debe potenciarla, articularla. El rechazo del trabajo, cuando se presenta como fuerza-invención, debe moverse en el interior de esta (103) unidad de todos los aspectos del trabajo social, tanto del directamente productivo como del indirectamente productivo: el método radical de la transformación social sólo puede aplicarse a esta unidad, sólo puede reasumirla y rearticularla desde dentro. El rechazo del trabajo, tanto en términos de definición como en términos de perspectiva, influye así sobre la composición de clase dada, forzando sus características unitarias e insistiendo en la rearticulación obrera del trabajo productivo en todas sus formas.

Otras son las consecuencias que derivan de la dinámica del rechazo del trabajo y a ellas aludiremos en los dos próximos párrafos. Aquí lo importante era insistir en la unidad del trabajo productivo social en términos de rechazo del trabajo. En efecto, en este caso no se trata de una operación puramente científica: es también y sobre todo una operación política, porque, en el marco de esta unidad total del rechazo del trabajo, en esta amplitud y densidad de la definición de clase, todos los hilos del programa obrero revolucionario que hasta aquí hemos venido siguiendo, se reúnen. Esta composición de clase exige un programa comunista adecuado a su propia figura social, que incida eficazmente sobre el nivel de la producción y, al mismo tiempo, en igual medida, sobre el de la reproducción. En el terreno de la reproducción, la más inmediata forma que asume el rechazo del trabajo es la de la reapropiación directa de la riqueza, tanto a nivel mercantil como a nivel institucional. Y después, en esta composición, el rechazo del trabajo actúa atacando el horario de trabajo y proponiéndose hasta el final como primera normativa relativa al desarrollo de la fuerza-invención proletaria. En suma, esta composición de clase que está investida por el rechazo del trabajo y por la fuerza-invención, comienza a representar globalmente el proceso de autovalorización, en (104) su independencia y separación. (Permítaseme añadir una vez más que esta separación no es una utopía tecnológica, ni una soledad individual, ni una ilusión comunitaria. Por otra parte, después de las experiencias de este decenio, ¿queda alguien que pueda poner en duda la eficacia y la complementariedad de la acción de desestructuración del sistema del capital y la de desestabilización del régimen del capital puesta en marcha por el rechazo del trabajo?.


IX
Cuarto paréntesis
(sobre el partido)

El partido, su concepto, la propuesta de un partido: ¿tiene todavía sentido plantearse este tipo de problemas? Me veo obligado a plantear una pregunta tan radical porque la polémica es radical. Son muchos los que consideran el proceso de autovalorización como algo que excluye al partido, y que consideran la temática de la desestructuración como algo particularmente relevante en contra del partido. Todo lo que es institucional es un atributo del poder enemigo. El proletariado puede darse, sólo como movimiento, un proyecto antagonístico. La historia de los partidos socialistas nos amenaza como una pesadilla. Parece como si existiese una relación necesaria. entre institucionalización y reformismo, entre destrucción de la independencia proletaria y traición. El partido es trabajo muerto, es necesariamente negación del rechazo del trabajo, tentativa de restablecer un parámetro laborista de la acción obrera. En el partido, las necesidades y los deseos obreros siempre están subordinados de un modo sádico a la supuesta, pero siempre mistificada, unidad y generalidad del programa. La interiorización de esta necesidad es masoquista. La delegación a la generalidad se personifica en el "liderismo": (106) a través del formalismo de su estructura, el partido expropia a la clase de su fuerza-invención. El partido, por necesidad, una necesidad inducida por la generalidad de su propio proyecto, se muestra o como medianía impotente o como vanguardia, potente, sí, pero arrogante e insolente frente al movimiento de las masas. La actual estructura de la forma-Estado es tal que la emergencia institucional del partido permite al Estado proponer una alternativa eficaz (el chantaje) entre la destrucción de los aspectos insubordinados y los efectos de ordenación generados por la emergencia del partido.

Ahora bien, no hay que ser anarquista para admitir que esta secuela de observaciones e injurias se adapta perfectamente a una tradición socialista casi ininterrumpida. Sin embargo, en mi conciencia y en mi práctica revolucionaria no puedo cancelar el problema del partido. Puede no plantearse con este nombre: se me planteará como problema de la organización, como problema de la conmensuración colectiva de medios y fines, de objetivos y estrategia, de participación de masas y acciones de vanguardia, de organización y circulación de la información. Sea como sea, toda mi existencia política está atravesada por estos problemas. Estos problemas constituyen la forma inevitable y necesaria en la que adquiere sentido la emergencia de la voluntad subversiva. No niego pues ninguna de las contradicciones que he indicado, pero tampoco puedo aceptar que estas contradicciones eliminen el problema. La sustancia del problema se me revela, por ello, como contradictoria. Pero esta contradicción existe. El problema del partido hoy es la efectualidad de una contradicción real.

Dicho esto, queda todavía mucho por decir. Se podría demostrar que una contradicción como ésta se encuentra también en otros campos de experiencia. (107)

Es la misma que encuentro entre lo personal y lo político, entre autovalorización y desestructuración, entre desestructuración y desestabilización. En todos estos casos, grados relativos pero determinados de actividad se contraponen a grados relativos pero determinados de exteriorización, de institucionalización, de alienación. Es cierto, en estos campos identifico incluso soluciones específicas de la contradicción. ¿Existe un terreno "específico" de la contradicción inherente a la experiencia ' partido "?
He de decir en seguida que no lo creo. Pienso que la especificidad de la contradicción "partido" reside en su no resolubilidad. ¿Acaso el partido consiste en la permanencia de la contradicción? ¿Por qué? Para enfocar este problema en su conjunto, es preciso distinguir algunos planos. En el primer plano, he de considerar el concepto "partido" en relación a la serie de los demás campos de experiencia que me presenta la lucha revolucionaria. Si logro demostrar una función específica y propia del partido en estos campos, podré pasar a considerar de una forma más determinada el grado de contradictoriedad histórica que esta función específica presenta.

Ahora bien, el carácter fundamental del desarrollo revolucionario del proletariado es el proceso de autovalorización proletaria. Un proceso material, basado en la apropiación directa de riqueza y de poder, en el desarrollo de necesidades y deseos radicales, en la transformación adecuada - pero siempre independiente, siempre más autónoma - de la composición de clase. En este marco, el partido no es ciertamente resoluble: no es un elemento inmediato del proceso de autovalorización. Pero, dicho esto, hay que abordar otro orden de problemas: el proceso de autovalorización es lo opuesto a la forma-Estado, es al margen de todo criterio homólogo - facultad de desestructurar (108) ración y de desestabilización continua del poder enemigo. Con ello nos referimos a una forma generalísima de relación. Hemos visto cómo se determina esta forma generalísima desde el punto de vista capitalista: la indiferencia del mando se articula en la reestructuración, en los mecanismos jerárquicos de la renta, en la cada vez más profundamente terrorista función del mando. ¿Cómo se determina esta forma generalísima de relación por el lado de la autovalorización obrera?

La respuesta ha de situarse necesariamente en la lógica de la separación: el partido es una función de la fuerza proletaria para garantizar el proceso de autovalorización. El partido es el ejército que defiende las fronteras de la independencia proletaria. Y naturalmente no debe, no puede inmiscuirse en la gestión interna de la autovalorización. El partido no es un contra-poder directo, radical, implantado en la materialidad de la autovalorización. Es una función de poder, pero separada, en ocasiones contradictoria con el proceso de autovalorización. El partido, si se nos permite el chiste, es una orden religiosa combativa, pero no la totalidad eclesial del proceso. El partido es una función del mando que el proletariado ejerce contra sus enemigos. No veo contradicción en el hecho de que, en la dictadura del proletariado, se den muchas funciones de partido: creo que estas múltiples funciones pueden darse, pero sólo a partir de la dictadura del proletariado (y también a partir, obviamente, de lo que es el mando unificado proletario en el curso del proceso revolucionario). El mando reside en el contra-poder proletario de masas, en la organización de los procesos de autovalorización: el partido es una función de todo esto. La política de la autovalorización manda sobre el partido. La guía consiste en las masas organizadas en el proceso de autovalorización, en el (109) proceso constitutivo y constitucional de la autovalorización proletaria.

Dicho esto, parece como si la contradicción como elemento específico de la definíción de partido haya sido eliminada. Nos encontramos ante una tarea bien ordenada: por un lado, la fuerza proletaria organizada en el proceso de autovalorización, y por otro, su función subordinada. Esta es una situación abstracta. La realidad concreta es lo que le da al partido su contradictoriedad. El partido vive hoy un conjunto de funciones inextricables. Defensa y ataque, contrapoder. Cuando decimos contrapoder tenemos la representación más precisa de la situación de contradictoriedad que vivimos, porque usamos un término que, al tiempo que exalta los procesos de valorización en términos de eficacia victoriosa, simultáneamente confunde, en la transitoriedad y precariedad del proceso, todas las funciones. Todo militante es, por ello, un ser dual: radicado por un lado en la práctica de la autovalorización y ligado, por otro, a las funciones de ataque. De ahí la superposición, a menudo trágica, de los planos, la explosión de violentas contradicciones. Con todo, esta contradicción es vital y sólo recorriéndola con claridad - con la claridad de que somos capaces - podemos pensar en resolverla. Recorriéndola con claridad, es decir, imponiendo, a través de la crítica y de la autocrítica, las distintas determinaciones que caracterizan, por un lado, la emergencia del poder proletario autovalorizante y, por otro, su función partidista.

Todo ello está inscrito en la materialidad del proceso revolucionario. Ni uno solo de sus aspectos deja de revelar la duplicidad de las funciones exigidas. (Que quede claro: en lo que precede, cuando decimos "duplicidad de funciones" establecemos también, en términos absolutos e irrenunciables, la preponderancia (110) del autogobierno de las masas en la autovalorización, frente a cualquier otra función subordinada, por importante que sea). Respecto a la determinación de la composición de clase nos hallamos, en efecto, en el interior de la división entre trabajo directamente productivo y trabajo indirectamente productivo: si no fuese porque el poder capitalista insiste en esta división, ¿necesitaríamos acaso una función especial (de partido) para coadyuvar a los procesos de recomposición? Pero, por otra parte, ¿se puede negar la relativa contradictoriedad de esta función respecto a los procesos de autovalorización en su inmediatez? Quienes se llenan la boca, y el corazón, de mitos antiguos, llaman "central" a esta función. Nosotros sabemos que es "transitoria", y aceptamos con material determinación su contradictoriedad y el hecho de vivir esta contradictoriedad en el proceso revolucionario. Sabemos que esta contradictoriedad es total. La venceremos, por supuesto, la superaremos - y sin tardar demasiado: el problema está hoy en el centro del interés de los revolucionarios, su solución está materialmente implícita en la composición de clase. Concebir el proceso revolucionario como atravesado por esta contradicción, nos permite esperar una solución inminente de la misma, incluso en términos extremamente determinados, de propuesta constitucional para la dictadura del proletariado. Pero sobre esto hablaremos más adelante.

Por ahora, profundicemos la percepción de esta contradicción necesaria. Aparece cuando analizamos los procesos de la recomposición proletaria. Aparece aún con mayor fuerza cuando profundizamos la temática del programa. ¿Cómo pensar que el nexo entre recomposición proletaria y ataque en el terreno del gasto público, rompiendo en el terreno social la práctica del salario como renta diferencial impuesta por el (111) capital - cómo es posible este paso si no es a través de la práctica de la anticipación en el ataque, del vencimiento general y, en todo caso, de la defensa de los niveles de contrapoder alcanzados? Incluso a este respecto, hemos de resaltar la existencia de un desfase entre las diferentes funciones políticas proletarias, desfase que a menudo se convierte en contradicción. Pero se trata de una contradicción necesaria - como la existente entre reducción drástica del horario de trabajo y obligación de trabajar para todos, como la que brota entre medición de la transformación social y desencadenamiento de la fuerza-invención, como la que existe entre el largo y seguro proceso de desestructuración del enemigo y la acción de desestabilización de su iniciativa. Contradicción que hemos de vivir y regular en el interior del desarrollo total del proceso de autovalorización proletaria.

Además, ni siquiera podemos pensar que la conquista del poder, que la instauración del poder proletario resuelva estas contradicciones de golpe. Los primeros decretos deben tener el objetivo de hacer irreversible la conquista del poder, pero, al mismo tiempo, al unísono, deben destruir la realidad del poder como inversión de la forma-Estado capitalista. O mejor, deben invertirla realmente, no nominalmente, sino sustancialmente. Es decir, que el poder sea disuelto en una red de poderes, que la independencia de clase se construya a través de la autonomía de los sendos movimientos revolucionarios. Sólo una difusa red de poderes puede organizar la democracia revolucionaria, sólo una red difusa de poderes puede permitir la apertura de una dialéctica de recomposición que reduzca el partido a ejército revolucionario, a ejecutor no sustituista de la voluntad proletaria.
El proceso revolucionario de la autovalorización tiene una calidad principal, afirmada metódicamente: (112) no se extiende abstractamente, sino que reintegra en sí, concretamente, toda la diversidad de contenidos y funciones del proletariado. Sólo podemos plantear la sociedad comunista como una sociedad que destruya toda separación funcional y de contenido, toda proyección trascendental del proceso de la propia unidad y que se viva, por ello, de un modo compacto, en el interior de este proceso. Esta unidad es producción de momentos de poder, pluralista (si es que esta palabra no está definitivamente enlodada por la utilización que de ella han hecho los socialdemócratas), es mando proletario sobre la síntesis de contenidos autónomos de los movimientos y de las funciones diversas. Es un cuerpo animal vivo en el que las diversas funciones y los diversos contenidos se unifican: recuperemos esta imagen, perfectamente digna de la clase obrera, arrancándosela a la iconografía del Estado burgués - ya que, al desestructurar al proletariado (cuando todavía tenían fuerza para ello), los teóricos burgueses se han expresado en estos términos desde siempre.

Un animal vivo, feroz con sus enemigos, salvaje en la consideración de sí y de sus pasiones - así nos gusta imaginar la constitución de la dictadura comunista. El orden de las funciones y de los contenidos sólo puede instaurarse sobre la vitalidad de la bestia proletaria, sobre la unidad de su diversidad. Pero hoy estamos aún en el interior de una contradicción abierta, y no podemos nunca olvidarlo. Sobre todo cuando la cuestión se plantea de nuevo en el ámbito personal, en el ámbito de la más sincera subjetividad. Aquí las contradicciones se revelan con una tensión que sólo puede ser resuelta con la inmediata participación en el proceso de la autovalorízacíón proletaria. No es el partido el que se encuentra o se enfrenta con lo subjetivo, con lo personal: es el movimiento en su (113) más intensa acepción. Ahora bien, aquí quisiera introducirme a mí mismo en el interior de la contradicción. Decir el sufrimiento que comporta viviria significa decir solamente la verdad. Bien, pero ¿es soportable? Lo es, si por encima, y en caso necesario, contra el partido, pones la autonomía del movimiento proletario. Lo es, si tienes la fuerza suficiente como para identificar el proceso de autovalorización proletaria en su intensidad y profundidad victoriosa. Con Rimbaud en el mayo de 1871: "Quand tes pieds ont dansé si fort dans les coléres Paris! Quand tu recus tant de coups de couteau, Quand tu gis, retenant dans tes prunelles claires Un peu de la bonté du fauve renouveau".

He ahí el camino que nos permite soportar la contradicción y sus cuchilladas: se halla en la adhesión clara a la experiencia de renovación salvaje. Es éste el fundamento proletario que convierte a la contradicción en la base para dar el salto adelante. Que convierte a la organización en el arma poderosa que tenemos colectivamente para construir - conscientes, al mismo tiempo, de su carácter instrumental y de su papel fundamental.


X
...y los proletarios asaltan el cielo

Si es cierto que todos los trastornos que sufrió la máquina del Estado en el pasado no hicieron sino perfeccionarla, nada demuestra que en el futuro la acción de la clase proletaria vaya a correr la misma suerte. Si es cierto, en efecto, que el poder de desestructuración de la clase proletaria actúa tan pesadamente sobre la máquina del Estado, resulta que aquel perfeccionamiento se precipita poco a poco en la insensatez. Pero el diagnóstico no es genérico: la tendencia se desarrolla en una actualidad que muestra signos muy sólidos de crisis capitalista. ¿Crisis definitiva? Es una pregunta retórica. En efecto, de todo nuestro discurso se deriva la consecuencia de que si hay crisis, se trata de una crisis de la relación y de la forma del dominio del capital. Las previsiones basadas en la objetividad, en la determinación condicionante de las contradicciones objetivas, las dejamos al determinismo histórico y a la ideología del socialismo. Aquí la crisis es una crisis de la relación, y sobre todo crisis en la relación. Será definitiva cuando la subjetividad obrera la haya definido. La crisis es un riesgo que afecta a la clase obrera y al proletariado. El comunismo no es inevitable. Por esta razón, somos hoy optimistas: la (116) contradicción entre forma-Estado y procesos de autovalorización proletaria nos muestra, cuantitativa y cualitativamente, una escisión en la relación del capital que es antagonística. Esta contradicción es irreversible. Es acumulativa. Es general. El capital corre el peligro de acostumbrarse a su propia crisis, con no poca mala conciencia la considera como un modo de su existencia. Pero no puede decirse lo mismo por lo que respecta a los obreros. La inversión directa e inmediata de los mecanismos de la reestructuración durante las coyunturas de lucha demuestra que la ciase obrera tiende a hacer políticamente simultáneos su propio ciclo y el del capital. Y en ocasiones, incluso a anticiparlo. Se trata de una "simultaneidad" muy diferente a la que desearían el capital y su ciencia. En efecto, es sobre la caída de la anticípacíón capitalista del ciclo respecto al ciclo de las luchas obreras donde se estabiliza la crisis. La comprensión obrera del ciclo precede y destruye la planificación capitalista, desestructura la forma-Estado y el sistema del capital. Esta es la crisis capitalista, según Marx. Lo es en los términos más ortodoxos, que prevén una conciencia y una alternativa en el modo de producir, en la expresión de la fuerza productiva, que prevén la subjetividad como clave del proceso. Sólo a la clase obrera contemporánea podía ofrecérsele la ocasión de aprovechar esta potencialidad antagonística del proceso: la ocasión la proporciona el cruce de las luchas con el desarrollo marginal del capital.

Ante esta presencia de la crisis, el capital responde acentuando la rigidez de sus propios mecanismos. La pura indiferencia del mando se transforma en brutalidad, se organiza en el chantaje de la destrucción nuclear.

He ahí, pues, que ha llegado el final del asalto al cielo. Una fuerza obrera que pone en juego al mismo (117) tiempo la íntima convicción de haber salido de la prehistoria, de haber recuperado los mecanismos de su propia reproducción, de haber conquistado su autonomía e independencia de valorización, de haber determinado una crisis fortísima del capital. Un capital que, en el mismo momento en que sufre esta tensión, refuerza las formas de su expresión, trágicamente, tanto por lo que respecta a la forma política en la que se exterioriza, como por lo que respecta al modo de producción que organiza.

Entre dos derechos iguales, decide la fuerza, decía Marx. En el marco de la estabilización de la crisis la violencia asume en efecto un valor fundamental. Constituye el equivalente estatal de la indiferencia del mando y, en todo caso, de su rigidez. Es, frente a esto, la cálida proyección del proceso de autovalorización obrera. Somos incapaces de imaginar nada más completamente determinado, más preñado de contenidos, que la violencia obrera. El materialismo histórico define la necesidad de la violencia en la historia: nosotros la cargamos en la moderna cualidad de la emergencia de clase, consideramos la violencia como una función legitimada por la exaltación de la relación de fuerza en la crisis y por la riqueza de contenidos de la autovalorización proletaria.

En la tradición socialista, la violencia, el uso de la violencia es un atributo del partido. El partido socialista es la institución de la violencia. Pero nosotros estamos en contra de esta imagen del partido y contra todas y cada una de sus actuales revivificaciones (ya sean obvias, conscientes o simplemente escuchadas): su monopolio de la violencia, su ser el complemento y no la antítesis determinada de la forma-Estado, ha determinado la posibilidad funcional de la represión de la violencia proletaria - aquí nace el Gulag. Estamos en contra de la concepción de la violencia que há (118) elaborado este partido. Para nosotros, la violencia se presenta siempre como síntesis: de forma y de contenido. Ante todo, como expresión del contrapoder proletario, como manifestación del proceso de autovalorización. Hacia el exterior, más tarde, como fuerza desestructurante y desestabilizadora. Por consiguiente, como fuerza productiva y como fuerza anti-institucional. Es, por lo tanto, evidente que la violencia proletaria no tiene necesidad de exhibirse de un modo ejemplar ni de elegir por sí misma objetivos ejemplares. Pero esto no basta. En la tensión que mana desde la composición de clase hacia la transición comunista, hacia la dictadura proletaria, la centralidad de la violencia se presenta también como síntesis de contenido y de forma; de forma exclusiva, excluyente del enemigo, y de racionalidad, medida, definición del rechazo del trabajo. La violencia es el hilo racional que liga la valorización proletaria a la desestructuración del sistema, y esta última a la desestabilización del régimen. La violencia es proyecto revolucionario efectivo porque la deseabilidad del contenido se ha transformado en forma del programa, porque este último se está convirtiendo en dictadura.

¡Basta ya de hipocresías burguesas y reformistas contra la violencia! Que el sistema capitalista se basa sobre la violencia y que esta violencia no tiene nada que envidiar a la proletaria, lo saben hasta los niños. No es casual, pues, que todos los anatemas burgueses y revisionistas contra la violencia se basen en la amenaza de una violencia mayor. Y todo ello contra los marxistas, cuya doctrina constituye precisamente la superación de la violencia de la historia del único modo que les es posible a los hombres y a las clases superarla: asumiéndola. Asumiendo la violencia y dominándola en el tejido de las relaciones sociales, llevándola de nuevo - no sólo por lo que respecta a la (119) fase y al método de la transformación social, sino sobre todo en la fase de la dictadura comunista - a su contenido, al modo de producción colectivo, haciéndola inmanente al mismo. Pero la hipocresía no lo admite. Pues bien, hablemos con claridad de nuestra violencia proletaria como un ingrediente necesario, central del programa comunista.

Hablemos de ello con claridad porque si la violencia, si su ejercicio proletario, constituye la eficacia de la autovalorización proletaria, sólo podemos producir y reproducir el esfuerzo de legitimarla. Legitimar a la violencia es, para los burgueses, construir órdenes jurídicos, económicos, administrativos. Todo orden social burgués es una legitimación de la violencia. El desarrollo capitalista era el manantial "racional" de la legitimación de la violencia en los diferentes órdenes. AI entrar en crisis la ley del valor, la violencia capitalista y los órdenes que la hacen funcional ya no hallan ninguna esfera de explicación ni de credibilidad. La violencia ya no está mediatizada, ya no está racionalmente legitimada: los órdenes sobreviven como pura violencia, desestructurados. ¡Nosotros, la clase obrera y el proletariado, hemos producido esta desestructurada insensatez del poder! Frente a ello, actuando por la desestructuración del adversario, se desarrolla la autovalorización: en la carencia de la más mínima homología con el adversario, en el descubrimiento de la racionalidad del desarrollo del trabajo vivo contra la muerte del capital, en la manifestación de la riqueza de posibilidades y cualidades de la vida colectiva. Pues bien, es esta racionalidad del trabajo vivo, es esta intención cualitativa que fundamenta la praxis colectiva, es, pues, esta racionalidad de las necesidades fundamentales lo que determina la legitimidad de nuestra violencia. Una violencia no homologable a la capitalista porque la racionalidad que la rige es absolutamente (120) distinta, alternativa, proletaria. (Pero, dicho esto, procuremos no confundir una vez más la determinación proletaria de una nueva racionalidad suprimiendo sus características funcionales, y cayendo con ello en un nuevo irracionalismo, o bien negando - lo que constituye el equivalente del error precedente - la especificidad de la función de la violencia). Una violencia contraria a la capitalista, encaminada a destruir el sistema y el régimen del capital, basada en la autovalorización de clase - y no igual en intensidad, sí no más fuerte, más eficaz que la capitalista. Es una condición esencial para triunfar. Una condición obvia. Todo el proceso de autovalorización determina y está en el interior del esta violencia, tanto en sus aspectos cualitativamente distintos como en sus aspectos cuantitativamente más intensos. Por consiguiente, no se trata de oponer el terror al terror, y quien se divierte al imaginar al proletariado tratando de construir una bomba atómica portátil no es más que un provocador. Se trata de oponer al terror una labor de sabotaje y de reapropiación de conocimiento y de poder en el circuito total de la reproducción social, que le devuelva al capitalista la posibilidad del terror como una condición suicida.

Pero, ¿cómo evitar que en la dictadura comunista la violencia resurja como un atributo alternativo a la traición y a la restauración? Pues, precisamente, negándole una existencia separada. La violencia es un elemento de la racionalidad de los procesos de la autovalorización. Nada más. El partido, las funciones de violencia de vanguardia que hay que atribuirle, la contradicción que esta emergencia provoca, todo esto ha de estar subordinado, no dialécticamente sino violentamente, al poder obrero y proletario, a la organización directa de los procesos de autovalorización. En la historia de las revoluciones proletarias, siempre que la (121) relación entre gestión partidista del poder y poderes de la organización proletaria se invierte, y la primera función asume un carácter preeminente, en este preciso momento la revolución termina. Es lo que pasó en la Unión Soviética y en China. Y lo que no pasará en nuestro caso. Porque la historia del proceso revolucionario, entre nosotros, muestra ya una composición de clase que asume cada vez más, frente a toda función separada, un poder de crítica y de destrucción. La lógica de la separación se mantiene vigente sólo durante el proceso de autovalorización obrera y, en la medida misma en que está vigente, lo convierte en la fuente exclusiva del poder proletario.

Desde este punto de vista, debemos comenzar la discusión sobre la constitución de la dictadura comunista. Dejemos ya de proponer retorcidos programas: no es precisamente en el terreno de los programas donde el proyecto hallará las mayores dificultades. Por otra parte, en el ámbito del programa poseemos algunas poderosas ideas-guía, como la práctica del rechazo del trabajo y su proyección en términos racionales como ley y medida de la transición, como el desarrollo de la hipótesis innovadora, etc. Es tarea del proletariado deshilvanar estas propuestas directamente en el seno de la lucha. El máximo esfuerzo debe hacerse ahora en el terreno estructural, constitucional. Como siempre, naturalmente, en el terreno de masas, confrontando la práctica y las instituciones de la lucha con el proyecto global. Empecemos: muchos descubrimientos - pronto lo veremos - ya han sido realizados. ¿Por qué no han sido teorizados? A menudo, porque la práctica ha sido muy transitoria y la experiencia muy precaria. Pero, ¿acaso cuando, en las luchas de los primeros años de este siglo, nacieron los Soviets, acaso aquella experiencia de gobierno obrero no fue precaria y transitoria? En realidad, si no (122) hemos empezado a experimentar colectivamente y a profundizar el discurso constitucional sobre la dictadura comunista, ha sido porque nos lo han impedido la repetición de viejas jaculatorias dogmáticas o bien la fuerza ideológica dei revisionismo. Unas y otra hacían increíble la creación de proyectos en el terreno del comunismo. Ya basta, es hora de empezar. La riqueza de nuestra imaginación revolucionaria debe verificarse en la discusión de masas, en la verificación práctica de las masas. Excavemos en el interior de la independencia de la lucha proletaria. 

También esto constituye uno de los momentos del asalto al cielo. Un momento fundamental. ¡Que nos acusen de "racionalismo" después de haber maldecido tanto nuestro "irracionalismo"! O que hagan lo contrario, ¿a nosotros qué nos importa? Lo que nos importa es otra cosa. Es el estar en el interior de esta felicidad que produce la lucha independiente del proletariado, es descubrir la densidad de su proyecto, es el fundamento racional, deseable, que da solidez a nuestra experiencia teórica y práctica.

El dominio y el sabotaje. El sabotaje es, por consiguiente, la clave fundamental de racionalidad que poseemos a este nivel de composición de clase. Una clave que permite desvelar los procesos a través de los cuales la crisis de la ley del valor ha ido progresivamente impregnando toda la estructura del poder capitalista, privándola de toda racionalidad interna y obligándola a convertirse en espectáculo eficaz de dominio y destrucción. Una clave que permite, por otra parte, identificar, al propio ritmo de la desestructuración capitalista (pero no de un modo homólogo), la capacidad de la lucha proletaria para hacerse independiente, para proceder al proceso de su propia autovalorización, para transformar el rechazo del trabajo en medida del proceso de liberación. La forma del dominio (123) capitalista se desarticula ante nosotros, la máquina del poder se vuelve a poner en marcha. El sabotaje acosa a esta irracionalidad del capital imponiendo ritmos y formas y en última instancia su desorganización. El mundo capitalista se nos revela como lo que es: una red destinada a bloquear el sabotaje obrero después de haber sido una máquina de producir plusvalía. Pero una red que está ya demasiado agujereada. La correlación de fuerzas se ha invertido: la clase obrera, su sabotaje, son la fuerza más alta, y sobre todo la única fuente de racionalidad y de valor. De ahora en adelante ya no es posible, ni siquiera teóricamente, olvidar esta paradoja producida por las luchas: cuanto más se perfecciona la forma del dominio, más vacía es, cuanto más crece el rechazo obrero, más pleno está de racionalidad y de valor. La fuerza, la violencia, el poder, sólo pueden medirse desde esta ley. Y es sobre esta ley y sobre la serie de corolarios que de ella se deducen, donde deben asentarse la organización, el programa y las previsiones de los comunistas. Nuestro sabotaje organiza el asalto al cielo. ¡Y al final habrá desaparecido este maldito cielo!

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